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Estamos todos muy a favor de Angelino

Señoras, señores, amiguitos todos:
Hace unos días estuve en la grabación de Las gafas de Angelino. ¡Las gafas de Angelino! ¡Snif! Y tal y pascual.
Carmen Alcayde y ese joven no se merecen el público que tienen. Y cuando digo que no se lo merecen no es que no se lo merezcan ellos, es que no se lo merece NADIE.
La voz omnipotente que sale de los altavoces del plató y da indicaciones antes de comenzar cada grabación ordenaba cosas y ellos hacían la contraria. ¿Que apagasen el móvil? Hablaban por él. ¿Que se callasen? Elevaban el tono. Temí que la voz ordenase que no se asesinasen entre ellos, por si sacaban las guadañas.
-¡Carmen! –chillaba alguien entre el público-. Echas de menos a Jorge Javier, ¿no?
¡Y el pobre Angelino estoico e impertérrito!
-Qué va –respondió ella muy digna-. Hablamos mucho, más que cuando trabajábamos juntos -¡ja!.
-¡Angelino! –grita otro-. ¿Te llamas de verdad Angelino?
-¡A lo mejor se llama Angel-Lino! –responde otra voz.
-Ja, ja, ja –ríen al fondo.
-“…y en caso de incendio” –continúa la megafonía-, “salgan todos con calma siguiendo las indicaciones del personal de seguridad”.
-Uhhh –esta vez soy yo el que piensa en alto.
-¡Carmen, me tienes enamorado! –grita otro.
-Gracias, sí, pero vamos a empezar ya –responde ella.
Angelino me cae muy bien. En algunos medios lo han puesto verde y él allí estaba, feliz, hablando con un par de amiguitos que había invitado al plató y preparado para otra emisión. Ahora que el programa se va al limbo de las producciones que nunca subieron del 15%, debería quedar como una figura mítica, que es en lo que se convierten las personas que duran un mes en televisión. Los que se pasan la vida siendo líderes de audiencia consiguen la fama, pero los que vienen y se van por donde habían llegado se ganan misterio. Y el misterio, sobra decirlo, nos gusta mucho más en la tele, un medio donde hasta el último centímetro de rodapié está debidamente iluminado y visible.
El plató de Las gafas de Angelino está pegadito al de Está pasando, y cuando digo pegadito quiero decir que si un día el cámara se equivoca y abre plano un centímetro de más veremos a Jaime Peñafiel estudiándose su guión. Mientras el programa comenzaba pregunté a la de seguridad de por allí si podía sentarme en el asiento que suele ocupar Lucía Riaño. Sobra decir que me sentí muy importante y tal. Y entonces –no fue justo entonces, pero permítaseme esta licencia dramática en la que jugamos con el tiempo-, justo entonces, cuando devolví la vista a Carmen y Angelino, estaban diciendo:
-Buenas tardes, esperamos veros a todos mañana, ¡os queremos!
¿Cuándo había durado aquello? ¿Tres minutos?
-¿Ha acabado? –repetí en alto a un sonidista o algo así que estaba a mi lado, que asintió con la cabeza.
Y me di cuenta de que a lo mejor se han inventado una nueva manera de eliminar un programa.
No lo cancelan, lo difuminan.
Sirva la siguiente conversación ficticia como ejemplo de mi teoría:

PRESENTADOR CON UN PIE EN LA COLA DEL INEM: Oiga, ¿es cierto que se van a cargar ustedes mi programa?
DIRECTIVO MUY ILUSIONADO ANTE LA IDEA DE TRABAJAR CON UN PRESENTADOR NUEVO: ¡Nada más lejos de la realidad! Lo que vamos a hacer es mucho más bonito: notará usted que su programa se irá haciendo cada día más cortiiiiito, cortiiiito, hasta ser un frame perdido en el éter de las ondas catódicas.
PRESENTADOR CON UN PIE EN LA COLA DEL INEM: O sea, que en nada estoy despedido.
DIRECTIVO MUY ILUSIONADO ANTE LA IDEA DE TRABAJAR CON UN PRESENTADOR NUEVO: Estas semanas recuperará paulatinamente tiempo personal para ir haciendo todos esos recados que tenía pendientes. Desaparecerá y nadie notará que se ha ido.
PRESENTADOR CON UN PIE EN LA COLA DEL INEM: Peor me lo pone : (

Me fui cabizbajo, pensando en el destino de Angelino en la televisión (porque Carmen Alcayde es una estrella y se las arreglará). Por el camino, y por llevar yo unas gafas parecidas a las del muchacho, pero en mi caso graduadas, me dijo uno del público que se había escondido entre bambalinas para hacer un chiste final:
-¡Buh! ¡Mira el hermano de Angelino! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja, ja ja!
Pero yo ya me alejaba meditabundo del plató como para alegrarme ante la comparación.
Después acabó mi jornada tal que así: me encontré a Mercedes Milá, que tiene un popular blog dos o tres códigos HTML’s más allá del mío y le dije:
-Oye, un día podías hacer un poco de publicidad de mi humilde bloguito.
-Te haré publicidad cuando te la merezcas, chaval –respondió.