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¡El especial musical del Superviviente 19!

En una entrada anterior del blog dejé caer la idea de que Malena y Sonia podrían montar un dúo musical aprovechando su paso por Supervivientes. Pues bien, el pasado viernes por la noche, pude asistir al posible nacimiento de dicho conjunto.
Malena y Sonia, que bien podrían formar el grupo Solena (mezcla del nombre de ambas que además contiene la palabra Sol), se pasaron la noche cantando juntas grandes éxitos de hoy y de siempre. "Tengo el corazón contento", "Mujer contra mujer", "Rayando el sol"... Y cantándolos bien: con sus coros, sus armonías, y todo eso. De hecho, la propia Sonia llegó a gritar, literalmente, "¡vamos a hacer un grupo!", a lo que Malena respondió, "sí, las Spice Girls españolas".

Me he tomado la molestia de hacer unas fotos del momento (¡exclusiva! ¡material inédito!), para que permanezcan en la hemeroteca de telecinco.es por si de verdad se convierte este instante en el del nacimiento del grupo del verano.

Hasta he ideado una portada para el posible single:

Vaya, mientras escribo esto, escucho por el walkie-talkie en la reunión de redacción que Malena y Sonia prosiguen con su idea de montar el grupo, pero que ya se han buscado su propio nombre. Adiós a Solena. Con lo bonita que había quedado la portada… Ellas quieren llamarse Las Survivors. ¿Cuál nos gusta más?
La música, no sólo la de Sonia y Malena, es algo que está muy presente en Corn Island. Eso sí, limitada prácticamente a dos géneros: el Reggae, y el Country. ¿Y qué pasa con el reguetón? ¿Y la bachata? ¿No hay en la isla? Pues sí que lo hay. Pero mucho menos de lo que cabría esperar. Aunque en un laborioso proceso de investigación he encontrado esta joya en la tienda de cassettes de Brig Bay:

Que el reggae suene en una isla de estas características resulta bastante apropiado, porque el ritmo de vida del lugar tiene mucho del perezoso compás de la música jamaicana. No es raro el día que salgo de la cabaña, descubro que el sol brilla, el mar es azul, las palmeras se mecen con la brisa de la mañana y, sin querer, empiezo a tararear esa canción de Bob Marley que dice "the sun is shining, the weather is sweet here" (el sol brilla, el clima es dulce por aquí). Y eso que, en general, el reggae no es una música que me guste. Pero aquí es difícil huir de él y acaba atrapándote.
Te subes a un taxi y lo primero que escuchas es "No woman no cry". Bueno, lo segundo, porque lo primero es el "hey man" del taxista que dota a la escena de aún mayor autenticidad. "Pues este Supervivientes en Jamaica está resultando muy entretenido", le dije el otro día en broma a un compañero cuando subimos a un taxi, "a ver si el próximo año vamos a Nicaragua".
También, si vas andando por la calle, de la mayoría de casas que tengan aparato de música (y cuando lo tienen, lo tienen enorme), saldrá música reggae. Creo que no existe mejor banda sonora que el reggae para un paseo por Big Corn Island. Oliendo la humedad, el sol y las múltiples hogueras, y viendo a las familias sentadas en el porche de sus casas: el padre tumbado en la hamaca meciéndose al ritmo de Sean Paul, la abuela en una mecedora quedándose traspuesta con la poca brisa que se levanta, la madre jugando de rodillas con el niño pequeño, que corre descalzo por el barro detrás de un perro atravesando las sábanas húmedas que cuelgan del tendedero, y los hermanos mayores apoyados en el marco de la puerta intentando aprovechar al máximo el aire de un ventilador oxidado que une el sonido de sus aspas y su giro quejumbroso al de los instrumentos de la canción en cuestión.
E incluso cuando voy al comedor a desayunar, es reggae lo que sale de este pedazo de altavoz que tenemos. No bromeaba cuando decía que aquí los aparatos de música son como las cucarachas: tamaño XXL.
Y aunque el reggae hable muchas veces de paz, amor y buen tiempo, también existen canciones de contenido más chungo. Cuando aún no te has tomado tu primer café, escuchar letras como la de “Bad Boys”, un hit muy pinchado en el comedor, puede quitarte la ilusión de vivir y tentarte a una vida de vicio y desolación (¡pues ahora me tomo tres cucharadas de azúcar! ¡Y doble ración de Nutella! ¡A vivir el lado salvaje de la vida!).
Pero bueno, nada que no anime la tradicional bienvenida a mi departamento: "cintaaaaa, cinta de la nocheeee". Y es que ya tengo identificadas a las camareras del comedor, que son una muestra perfecta de la realidad musical de la isla. Una, pincha siempre reggae. Y la otra, pincha siempre country. Una de las dos, además, pincha de vez en cuando "¿Y quién es él?” −ya me ha tocado encontrarme a guionistas y editores cantándola a pleno pulmón mientras esperan que salten las tostadas−, pero todavía no sé cuál de las dos es. Seguiré investigando.
El country, la música típica del oeste y las zonas rurales de Estados Unidos, es la otra banda sonora permanente en Corn Island. Cómo ha llegado a tener tanto calado en una isla perdida del Caribe es algo que nadie ha sabido explicarme más que con un "porque nos gusta". Y gusta tanto que las discotecas de aquí dedican al género una de las dos noches grandes de cada fin de semana. Hagamos un inciso para matizar lo que aquí entendemos por discoteca. Este es el Nico's, uno de los templos de la noche cornisleña.

Imaginadlo de noche, totalmente oscuro, con una luz de neón azul emergiendo del interior, flashes constantes de colores, y decenas de personas agolpándose a su alrededor. Pues ése es nuestro Amnesia. Nuestro Kapital. O nuestra Posada de las Ánimas, para que nos entiendan los seguidores de Mujeres y Hombres y Viceversa. En la isla, las noches fuertes del fin de semana, los días que se sale, son los jueves y los domingos. Según me han explicado varios locales esto es así por temas religiosos. Aquí se aglomeran varias confesiones, y los días principales de misa son los sábados y los domingos. Así que nadie sale en viernes o sábado para poder ir a la iglesia en plenas facultades. Los días de resaca (“goma” lo llaman aquí) quedan así reservados para el viernes y el lunes. Pues bien, de esos dos días fuertes, el Nico's, por ejemplo, dedica todas las noches de los jueves a la música country. Los domingos programa reggae.
A mí el country me fascina desde siempre, y creo que no existe mejor música para los atardeceres. Concretamente, para ese momento del día que los franceses llaman "La hora azul" y que los fotógrafos valoran especialmente. El momento mágico en que no es de día ni es de noche. Cuando no hay sombras. Que es también cuando mejor suena una voz femenina sobre una steel guitar cantando sobre amores imposibles, bares, granjas y hombres y mujeres llenos de tentaciones.
Puede que no me convenza del todo empezar el día con el ritmo reggae de un taxista. Pero me encanta recibir la noche escuchando el country lejano de algún vecino. Sobre todo si la escucha se acompaña con un vaso de té helado en la mano, el olor de una parrilla cercana, y el sonido del suelo de madera del porche crujiendo bajo mis pies cuando me asomo para entornar los ojos y despedir el día distinguiendo entre las hojas a la primera luciérnaga de la noche.