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Menos mal que estamos vacunados de (casi) todo

Esta mañana nos hemos encontrado en nuestras bandejas de correo un mail de la Producción un tanto alarmante. "Medidas preventivas contra el dengue", rezaba el asunto. Por lo visto la temporada de lluvias que atravesamos hace que aumente el número de mosquitos, que actúan como jeringuillas voladoras llevando muestras de la enfermedad desde un ser humano hasta otro (puaj). Eso hace que durante estos meses aumenten las posibilidades de pillar la enfermedad tropical. El dengue, en tres palabras, es una "gripe muy chunga". O como me la ha definido hoy nuestro médico, "una gripe quebrantahuesos". Pero bueno, todo está bajo control. Lo único que tenemos que hacer es incrementar el uso de repelente, insecticidas y otras medidas anti-jeringuillas voladoras. Y de repelente estamos más que surtidos por la producción. Éste es nuestro almacén:
Es lo que tiene el trópico y trabajar en Supervivientes. Mientras que en una oficina de España el mayor miedo es coger un poco de frío con el aire acondicionado, o que la mayonesa de la pulga que te tomas en el descanso del café haya conservado la cadena de frío o no, aquí nuestras preocupaciones empiezan por el dengue y terminan por la malaria, recorriendo un bonito tramo intermedio plagado de intoxicaciones por agua, picaduras de mosca amarilla, insolaciones y otras imprevistas respuestas de nuestros cuerpos a estas condiciones extremas.
Pero que no cunda el pánico. A la isla hemos venido supervacunados contra todo. Semanas antes de nuestra partida, el médico del programa nos recomendó una serie de vacunas para que llegáramos a Nicaragua lo más protegidos posible. Ahora mismo casi ni recuerdo cuáles nos pusimos, pero la del tétano, el tifus y el cólera, seguro.
De la del cólera, de nombre Dukoral, me acuerdo especialmente porque es una vacuna que se toma bebida en dos veces y todo el mundo avisaba de lo horrible de su sabor. Antes de tomarla me tapé la nariz, los ojos y hasta casi las orejas, para mutilar al máximo los sentidos con el fin de que mi cuerpo percibiera lo menos posible ese líquido que todo el mundo definía como repugnante.
Cuál fue mi sorpresa cuando, al tragarlo, advertí un sabor afrutado de lo más agradable. Como además la solución llevaba bicarbonato y era gaseosa, prácticamente parecía que estaba tomando un refresco. Primero abrí un ojo. Luego el otro. Luego me destapé la nariz y las orejas. Acabé relamiéndome de lo rico que me supo el chupito de toxinas. Y es que la Fanta Roja que venden por aquí sabe mucho peor y no te inmuniza contra nada. Si los creadores del Dukoral me hubieran grabado durante la ingesta, podrían haber utilizado mi imagen para un cartel publicitario. Algo como esto:
Una vacuna que divide al equipo del programa es la de la malaria. Consiste en tomarse unas pastillas con una frecuencia semanal. Pastillas que no sientan muy bien al estómago. Precisamente por esos efectos secundarios (amén de que la producción nos aconseje tomarla), somos muchos los que hemos optado por no hacerlo. Y es muy curioso escuchar a un pro-Resochín discutir contra un anti-Resochín. El otro día, caminando, me enzarcé en un entretenido debate con un guionista. "Pero si aquí no hay malaria", decía yo. Vaya por delante que en el fondo no tengo ni idea. "Dios mío, pero si estamos rodeados de ella", objetaba el guionista. Después se dio un manotazo en un brazo para matar un mosquito y me mostró el cadáver en la palma de su mano. "¿Ves? Seguro que tenía malaria. Menos mal que estoy vacunado", dijo. Y añadió: "con todos los que te están picando a ti, te deben quedar unos días de vida". Espero que no tenga razón.
El caso es que el otro día tuve que hacer mi primera visita al Doc, que es como llamamos al médico. El mismo que atiende a los concursantes. ¡Qué emoción ser auscultado por el mismo fonendoscopio con el que se ha inspeccionado la faringitis de Perdi! Resulta que una noche de éstas llegué a la marca de los 39º de fiebre. Sin ningún otro síntoma. A base de paracetamol la temperatura se normalizó a la mañana siguiente, pero como por estas tierras se hace aún más importante aquello de "más vale prevenir que curar", decidí visitar al Doc para que me diera su opinión. Ésta es su consulta:
La misma coqueta estancia de madera en la que se comunicó a Román que debía abandonar el concurso. Allí el Doc me hizo una de esas revisiones que hacen los doctores ("di ah, respira por la boca, súbete la camiseta, que no se te caiga el termómetro, sigue esta luz") y dictaminó que, si la fiebre no proseguía, no habría de qué preocuparse. "Esperemos que no seas el primer caso de malaria de la historia de Supervivientes", bromeó. O decidí pensar que bromeaba. Porque en ese momento me acordé del cadáver de mosquito en la palma de la mano del guionista y de sus palabras. "Te deben quedar unos díaaaaaas de vidaaaaaa", resonó el eco de su voz en mi cabeza. Pero parece que no. La fiebre no ha regresado y vuelvo a estar tan sano como una manzana. O como un mango, que es más de aquí. Por cierto que el Doc, tras la consulta, me regaló precisamente una bolsa de mangos. Eso, mi médico de cabecera de la Seguridad Social, no lo hace.
Otro peligro local es la rabia. Esa enfermedad tan típica de los perros aunque no exclusiva de ellos. Y Corn Island está llena de perros y gatos callejeros. Que además no tienen muy buen aspecto. Por eso procuramos no acercarnos a ellos. Son tantos los perros y tan penoso su aspecto en muchas ocasiones, que la gente del equipo nos referimos a ellos como perros-zombies. Porque si vas de noche por uno de estos caminos oscuros de la isla, alumbrando tu paso con una linterna, y escuchas cerca un ladrido amenazador, la cosa da miedito.
Y si se te ocurre dirigir el haz de luz al origen del sonido, la imagen que descubres es digna del videojuego Resident Evil: unos ojos verdes te escrutarán desde la irregular silueta de un can lleno de manchas, marcado por las heridas, con el pelo a trasquilones, y cara de no haber probado el Dog Chow en meses. Lo mejor entonces es agachar la cabeza y proseguir tu camino disimulando el nerviosismo mientras piensas:  "¿Me puse en Madrid la vacuna de la rabia? Ains, no me acuerdo. Lo que sí recuerdo es lo rico que estaba el Dukoral. Mmmm, me tomaría ahora mismo un chupito de su refrescante sabor a frutas".
Los gatos que no nos preocupan son los que acaba de adoptar el Departamento de Producción. Dos cachorritos que aparecieron por el hotel y que ahora se pasean tan campantes por entre los teclados de los ordenadores de la oficina. No me ha quedado muy claro si se llaman Tigre y Dragón, o Mía y Tuya, porque cada una de las chicas del departamento me ha contado una historia diferente. En lo que todo el mundo sí coincidía era en exclamar al verlos: “qué monooooos”.