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Bellezas de Túnez

No está pasando sus mejores momentos, pero Túnez es un país rico en cultura, historia y lugares interesantes que visitar. Desde Cartago hasta el fabuloso Coliseo de ‘El Jem’, pasando por las playas de Monastir o Sousse, el país mediterráneo es un sitio vacacional a menudo subestimado que ofrece múltiples contrastes paisajísticos. Lugares que ahora apenas tienen turistas, pero cuyo encantado ningún atentado puede anular. Hoy nos paseamos por Túnez, un país acogedor que solo piensa en volver a la normalidad.
Y empezamos por el lugar más importante históricamente hablando de la zona: la Cartago Romana, la Cartago espléndida que resuena en nuestra cabeza de las lecciones de historia. En la antigüedad fue una magnífica ciudad que inspiró leyendas y levantó muchas envidias. No es difícil de entender cuando estás allí. Construida en un emplazamiento de gran belleza natural nada más entrar en el recinto se disfruta de una de las mejores vistas panorámicas de la ciudad.
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Su fuente de riqueza era la flota y el comercio. Sus fundadores, los fenicios, comerciantes que durante mucho tiempo dominaron el Mediterráneo. Pero cuando llegaron los romanos arrasaron totalmente el lugar. Por desgracia los vándalos hicieron tiempo después lo mismo, así que en la actualidad no quedan muchas ruinas que ver. Un paseo por el recinto permite hacerse a la idea perfectamente de lo que debió de ser la metrópolis en sus tiempos de esplendor. Sobre todo al visitar las Termas de Antonino. Los romanos escogieron la costa para instalar un gran complejo de baños, los mayores fuera de la capital del Imperio. Estaban al lado del mar, pero hay que recordar que los ciudadanos del Imperio no practicaban la ‘Thalasso’. El agua lo traían con un enorme acueducto del que actualmente apenas quedan algunos restos. De las espectaculares termas ahora quedan solo los restos, fundamentalmente los cimientos y los sótanos reservados a los esclavos. Y sin embargo a mi me parece la parte más impresionante de la visita… Poder pasear por aquel lugar es un privilegio, sobre todo cuando te encuentras con las columnas de 15 metros que sostenían el ‘frigidarium’. Solo el capitel pesa 8 toneladas…
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La entrada y la salida de las ruinas es el escaparate de lo que nos vamos a encontrar durante todo el viaje: puestos cerrados, persianas bajadas y unos pocos comerciantes desesperados que intentan vender lo que pueden a los pocos turistas rezagados que llegan. Nada que ver con la actividad que desbordaba la zona hace solo unos meses. Eso es quizá lo que más impresiona a quién vuelve a Túnez tras haberlo conocido hace años. El silencio. El vacío. La poca actividad que se ve en sitios imprescindibles para el turista.
Lo mismo ocurre con El Bardo, el museo que contiene la mayor colección de mosaicos romanos del mundo. Son más de 1.000. Provienen de suntuosas villas Africanas y llaman la atención por su extraordinaria calidad: realizados con piedras muy pequeñas y de distintos colores que han sido traídas desde todas las partes del Imperio.
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Pero el Bardo no es solo un museo, es uno de los mejores palacios de Túnez.  Antigua residencia oficial de los reyes, conserva fabulosas salas que parecen sacadas de un libro de cuentos: la de recepción con columnas y un techo en estuco de estilo árabe fabuloso; la de música, un espacio de ocio y lujo para escuchar conciertos a la que no le falta ningún detalle; las habitaciones del harén, lugar prohibido para los hombres donde convivían las esposas y concubinas del Sultán en estancias majestuosas...
 
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Sin embargo ninguno de estos lugares son ahora los más buscados. Ahora mismo lo más fotografiado son los disparos del ataque terrorista del 18 de marzo del 2015… Ese día un grupo de hombres armados entraron en el reciento y la emprendieron a tiros contra los visitantes. 19 personas murieron, entre ellos un pareja de jubilados españoles. Una placa a la entrada los recuerda con nombres y apellidos. El episodio está todavía demasiado reciente y las impresionantes imágenes del pánico que se vivió retransmitidas por todas las televisiones del mundo vuelven a cobrar vida…
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Varios disparos han quedado incrustados en las vitrinas como recordatorio de la criminal acción de la que casi ningún vigilante quiere hablar. Todos buscan pasar página y olvidar. El museo está vacío, las pisadas retumban en las galerías y los despidos amenazan al personal. El Bardo espera tiempos mejores para poder mostrar a todos los visitantes su pasado de riqueza y esplendor.
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Una riqueza que todavía se puede ver perfectamente en Sidi Bou Saïd, un pueblo bicolor que es, sin lugar a dudas, uno de los más bonitos de todo Túnez. Se creó en torno a la mezquita de un santo sufí del siglo XIII. Y hoy es un sitio delicioso pintado en blanco y azul y lleno de buganvillas. El centro es muy pequeño, en realidad estaríamos hablando de una plaza empedrada llena de comercios, restaurantes, heladerías y tiendas de recuerdos. Pero en ella sobresale un café en el que hay que hacer una parada, el ‘Café de las esteras’. Aquí pasaban horas y horas los artistas que  se refugiaron en Sidi Bou Saíd, entre ellos Paul Klee, August Macke o Michel Foucoult. El obligatorio subir hasta su terraza desde la que se divisa toda la calle principal y tomar un té con piñones mientras se ve la vida pasar…Hasta hace no mucho estas calles estaban siempre llenas. El bullicio de los autobuses de visitantes se sentía durante todo el día. Recuerdo que lo más curioso eran las galerías de arte que se distribuían por la calle principal que lleva al puerto. Hoy están todas cerradas. A cal y canto. En el ‘café des Nattes’ apenas hay turistas.  En las calles se ven más vendedores que otra cosa.
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El antiguo Coliseo de El-Jem es probablemente el edificio más espectacular e inolvidable del viaje. Su forma, su grandeza, su belleza, recuerdan batallas de otros tiempos, las que se aprenden en los libros de historia y en las películas de gladiadores de Hollywood. Era el tercero más grande del orbe romano: 138 metros de longitud, 30 de alto y 30.000 espectadores de capacidad, muchos más de los que en aquel momento vivían en los alrededores . Se cree que fue construido por el procónsul de África, Gordiano, un terrateniente local que después se alzó contra el Imperio. Las piedras para su construcción se trajeron de una cantera a 30 kilómetros.
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La parte sur del Anfiteatro está muy bien conservada, así que entrar en él es sentirse esclavo o gladiador romano dispuesto a pelear con las fieras. Es fácil imaginar a la gente rugiendo y a las gradas enfervorecidas. Se puede pasear por los subterráneos por donde se paseaban los campeones
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Los gladiadores eran una clase especial. Solían ser grandes atletas que cuando alcanzaban el status de ‘estrellas’ veían su nombre escrito en los alrededores del Coliseo ante de un gran combate. Disputaban 3 o 4 al año, no más. Pero para ellos se entrenaban a conciencia. La mayoría de los gladiadores de Roma eran criminales, esclavos capturados o cristianos abocados a pelear por su vida. Se especializaban en el manejo de diferentes armas, y conforme a eso recibían diferentes nombres. Los más frecuentes: los ‘reciarios’ que combatían con los instrumentos de los pescadores, un tridente y una red; y los ‘tracios’ que iban armados de un escudo, normalmente rectangular, y una espada corta destinada a atacar la espalda del adversario.
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Entrar en la arena de ‘El Jem’ es visualizar luchas de este tipo tantas veces vistas en las películas… Ahora desfilan los escolares. Tampoco hay muchos turistas en este impresionante edificio rodeado de soportales y talleres de mosaicos donde los artesanos reproducen con pequeñas piedras escenas de la antigua Roma.