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La cárcel, ¿reinserción o castigo?

La finalidad de las prisiones ha ido cambiando a lo largo de la historia. Ha pasado de ser un lugar en el que esperaban los condenados antes de ser juzgados a un espacio de castigo en sí mismo. Michel Foucault explica en su obra 'Surveiller et punir' (Vigilar y castigar), que fue durante el siglo XIX cuando la cárcel adquirió esta última finalidad. De alguna forma, era la manera coercitiva menos agresiva para castigar al delincuente y, sobre todo, de mantenerlo alejado de la sociedad.  
Con el tiempo, diferentes trabajos, como el realizado por Gille Chantrauine en su obra 'Sociología de la experiencia carcelaria', abogaban por la 'humanización' de la vida en prisión. Dejaron de propinarse castigos físicos, pero los derechos de los reos seguían siendo vulnerados continuamente. Poco a poco se fue tomando conciencia de que el preso debía cumplir una pena directamente proporcional al daño causado. Una vez pasado el tiempo dispuesto, podría quedar en libertad. De esta visión se dio un salto y las prisiones pasaron a ser lugares de reeducación.
 
Aunque esta sea la tendencia actual, queda mucho todavía por hacer en el campo de la reinserción. La sociedad, si hablamos de los países con sistemas democráticos y que respetan, en teoría, los derechos humanos, considera que el delincuente debe pagar por lo que ha hecho. Esa es la finalidad fundamental, y dependiendo del grado del delito, muchas personas consideran que debería, incluso, morir. Algo, que por otro lado, ya se hace en EE.UU con la pena de muerte. De esta manera, la idea de que un reo pueda cambiar y rehacer su vida es, en realidad, lo que menos importa.
 
Eso supone dilapidar el futuro de miles de personas que podrían contar con una segunda oportunidad así como reconocer que el sistema falla, porque no beneficia a nadie, ni a víctimas ni a verdugos. Así lo ve Julián Ríos Martínez, especialista en Derecho Penitenciario en la Universidad Pontificia de Comillas. "El castigo deshumaniza. Con él, ni la víctima ni el delincuente encuentran lo que merecen". Lleva años luchando por los derechos de los presos y asegura que, a su modo de ver, "es innegociable la dignidad de toda persona al margen del delito cometido". Y para ello, pone en práctica lo que llama "mediación penitenciaria" entre delincuente y víctima, que consiste en sustituir el castigo por el diálogo. Aunque es difícil que las víctimas colaboren, cuando lo hacen, se sienten recompensadas.
 
Al hablar de casos en los que el acusado presenta problemas psiquiátricos, la cosa se agrava más si cabe. La presencia de especialistas es insuficiente en las cárceles lo que hace que, a menudo, no se elabore un diagnóstico correcto de los presos con problemas psicológicos y así como de su evolución. Son los grandes abandonados, el 'bicho raro' de la penitenciaría que, al no responder a criterios fácilmente cuantificables por la ley, se ignoran. Es lo que le pasa a Andrés Rabadán, que tras pasar catorce años en la cárcel, más de la mitad del total de su pena, pudiendo ya acceder al tercer grado, jamás ha gozado de un permiso penitenciario. Hace más de diez años que no necesita medicación y ha conseguido rehacer su vida con una mujer. Ejemplos de que, a pesar de que nadie contara con ello y de que en las cárceles españolas la reinserción sea 'la última opción', él lo está logrando. Si bien dilucidar si merece la libertad por ello requiere de la reflexión y el juicio de especialistas, sí, al menos, debería poder ver alguna vez la luz del sol junto a su pareja. Algo que Julián Muñoz ha podido hacer después de tan sólo dos años en la cárcel.