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Alain Prost

Era un conductor metódico. Pilotaba como pasando las páginas de un manual. Le llamaban, de hecho, "El profesor". Y como los mejores intelectuales, cuanto más mayor, mejor. Se coronó campeón por última vez casi a los cuarenta.
La carrera de este francés estuvo marcada por su rivalidad con Ayrton Senna. El malogrado astro brasileño. Eran cerebro contra corazón. Prost era un estratega meticuloso, de conducir con la mente puesta tres curvas por delante. Senna, un latino, improvisaba. Era aguerrido. Dos estilos frente a frente.

Aunque ambos tuvieron ocasión de abandonar sus principios para conducir con las tripas. Sucedió en dos ocasiones, cuando se impidieron que su rival lograra pasarles estrellando su coche contra a propósito. Primero lo hizo Prost y se llevó el mundia, por qué no repetirlo Senna, pensó. Y así fue. También logró el título.

Su último título lo logró en 1993. Lo hizo tras un breve retiro por desmotivación en las filas de Ferrari. Recalando en Williams ganó a lo grande y puso fin a una carrera meteórica. La del gran piloto de los ochenta.1
Todo comenzó en 1980. McClaren fichaba a una joven promesa que había marcado las diferencias en los karts y en la Fórmula 3. Tras debutar y conseguir cinco puntos, pasó a Renault donde se hizo como piloto. Aprendió a ganar y a sufrir.

Ahí llegaron los primeros grandes premios. Como no podría ser de otra forma, su primer GP fue el de Francia. Tuvo una trayectoria un tanto errática, pero en 1985 por fin llegó a lo más alto, de donde nunca quiso volver a bajarse.

Consiguió cuatro títulos mundiales, 51 grandes premios y 33 poles. Sin contar los momentos memorables de sus piques con Senna.

Prost fue un piloto de extraordinarias facultades para una época en la que la Fórmula 1 todavía no estaba tan en manos de la tecnología. De hecho, las nuevas normas persiguen devolver el deporte más importante del motor a esta época dorada de grandes pilotos y grandes emociones.