Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios, analizar y personalizar tu navegación, mostrar publicidad y facilitarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si sigues navegando por nuestra web, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí.

Crítica de Divergente: Distopía descafeinada

Protagonizada por Shailene Woodley llega Divergente. La película, dirigida por Neil Burger (El ilusionista) aterriza en los cines dispuesta a repetir el éxito de otras sagas de literatura juvenil que saltaron a la gran pantalla como Los juegos del hambre o Crepúsculo.
Basada en la primera de las obras que componen la trilogía literaria de Veronica Roth, Divergente nos presenta otra sociedad futura post-apocalípitca en la que un poder totalitario rige los designios de sus habitantes. En este contexto distópico, una joven heroína se levanta contra orden establecido y hará temblar los cimientos del sistema. Les suena, ¿verdad?
En esta ocasión ella es Beatrice Prior (Shailene Woodley) y el escenario un Chicago futurista, surgido tras la gran guerra, en el que la sociedad está dividida en facciones que representan distintas virtudes y valores: Cordialidad, con pacíficos agricultores que se dedican a trabajar la tierra; Verdad, formada por gente ecuánime y sin pelos en la lengua que se encarga de impartir justicia; Erudición, donde están los más sabios, unos intelectuales algo redichos y ladinos; Osadía, los guerreros más arrojados y también los más molones que van de un lado a otro corriendo y saltando como si vivieran dentro de un vídeo de la MTV; y Abnegación, los más modestos que entregan su vida a los demás y que, por su bondad, son a quienes les corresponde gobernar en beneficio de todos.
LA PIEZA QUE NO ENCAJA
Precisamente a este último grupo pertenece Beatrice, Tris para los amigos, una joven que debe elegir a cuál de estas facciones quiere dedicar su vida. Su familia y sus seres queridos están en Abnegación, pero su cuerpo le pide marcha y enrolarse en Osadía. Ella también quiere hacer cabriolas y al ritmo de los tambores cual estrella de Mayumana.
Y para más inri, las pruebas que deberían decirle qué camino seguir no son concluyentes: ella es Divergente, no encaja en ninguna de las facciones, y debe ocultarlo si no quiere que su vida corra peligro.
La inevitable comparación de Divergente con su referente más inmediato, Los juegos del hambre, puede establecerse perfectamente en un cara a cara entre sus dos protagonistas: La Tris de Shailene Woodley, es más sosa, insustancial y carece del carisma que hace de la Katniss de Jennifer Lawrence un personaje con más empaque, casi magnético.
La protagonista, al igual que la propia trama de Divergente, es mucho más ingenua, descafeinada e insípida que la de las novelas de Suzanne Collins y, por extensión, su carga subversiva resulta mucho más anodina. En este Chicago vallado por dentro y por fuera, las diferencias no vienen impuestas por el dinero y clase social, sino por las aptitudes, los malos son los que piensan y coger las armas para ejercer el monopolio de la violencia en defensa del orden establecido es lo más 'cool' entre la juventud.
Y encerrados en la falta de energía de la trama de Divergente, que desencadena en un guión plano, predecible y que hace aguas en muchos momentos, están los personajes de Divergente. Y en una historia que carga contra un orden social basado en estándares invariables, llama la atención que todos ellos, y sus comportamientos, están plagados de estereotipos. Incluso los de sus presuntamente "divergentes" protagonistas.
LA ESFORZADA HEROÍNA
Shailene Woodley está totalmente entregada a la causa. El trabajo de gran revelación de Los descendientes es muy voluntarioso, pero sin gancho y su interés amoroso, Theo James (Cuatro) transmite de todo menos eso, interés.
Entre ambos se crea una relación que huele a plástico desde el inicio y que desencadena en un torpe y demasiado mojigato romance. El empaque lo debería poner Kate Winslet, que ejerce de elegante mala con unas formas que recuerdan enormemente a las de Jodie Foster en Elysium, otra distopía con más chispa.
Pero no todo son lamentos durante los a todas luces excesivos 140 minutos de Divergente. Desafortunado a la hora de trazar lazos entre los protagonistas, Burger cumple en las secuencias de acción y los juegos mentales tienen lugar en la mente de la protagonista. Además recrea con gran acierto los escenarios del ruinoso Chicago surgido de la Gran Paz y los diferentes ambientes en los que se mueve cada una de las facciones.
Divergente acaba de arrancar y, tras el chasco inicial, todavía hay mucho margen para remontar el vuelo. Ya únicamente el título de la próxima, Insurgente, hace albergar más esperanzas en Tris y su hasta ahora demasiado mansa fábula futurista.