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"Narco-guerra" en México

La sangre brilla en la piedra rosa que levanta los edificios históricos de Morelia, la capital de Michoacán, uno de los estados más bellos y más violentos de México. El lugar donde nació el actual presidente de México, Felipe Calderón, fue el escenario elegido para iniciar la ofensiva contra los cárteles de la droga. 
A finales de 2006, apenas unas semanas después de su toma de posesión, el presidente ponía en marcha la “Operativo Conjunto Michoacán”, un despliegue sin precedentes de militares y policías para enfrentar a los narcos. Tres años y centenares de muertos después la guerra se ha recrudecido, no sólo frente a las fuerzas de seguridad sino también entre los propios grupos de crimen organizado que han depurado tácticas cada vez más sanguinarias y crueles. Además se cuestiona el papel de los operativos conjuntos (formados por militares, policías federales, estatales y municipales) a los que se acusa de perpetrar violaciones contra los derechos humanos. Sólo el año pasado se presentaron más de seiscientas denuncias contra los abusos de militares y policías. La población se ha habituado ya a que en las calles de las distintas ciudades del estado se den persecuciones, tiroteos o ajustes de cuentas.
Toda esta visibilización de la violencia ha provocado que los oficios que gestionan la muerte se hayan visto también obligados a adaptarse a las necesidades de los últimos tiempos: "hemos tenido que aprender a unir de nuevo los cuerpos. Si me lo traen desmembrado yo le coso la cabeza, los hombros, las manos, los pies y lo dejo como él estaba antes. Los familiares quedan muy agradecidos de verlo como él era", quien relata con la rutina del oficio es uno de los embalsamadores de Uruapan. Víctor Magaño y su hijo de diecisiete años han desarrollado una destreza absoluta en recomponer cuerpos desde que la Familia Michoacana y los Zetas empezaron a descuartizar al adversario como técnica de intimidación. “Muchas veces la cámara se nos queda pequeña. Sólo hay espacio para cuatro cuerpos y hay días en que mueren muchos más. Aunque no soy el único que trabaja aquí en Uruapan”.
Lo cierto es que Uruapan es una ciudad de 250.000 habitantes donde la disputa entre los grupos que controlan el tráfico de drogas llega a ser territorial: "se pelean barrio por barrio. Hay zonas que dominan los de la FM (La Familia) y otras donde los que mandan son los la última letra (Zetas)", nadie llama a los cárteles por su nombre, ni si quiera este periodista que guarda el anonimato por seguridad. Calderón está obsesionado con Michoacán, dicen los lugareños: "como no ha ganado aquí las elecciones no nos aguanta", dice un vecino de Morelia mientras se aleja por la hermosa calle de la catedral. La piedra rosa brilla. 
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