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La seguridad de EEUU y el orgullo de Cuba

A nosotros un americano de dos metros borracho sí se atrevió a lanzarnos un pedo a la cara en el ascensor del hotel de la prensa. Pero con Cuba su gobierno está teniendo más cuidado.

La Habana no está tomada al asalto por la seguridad de la Casa Blanca, como sí se toman ostentosamente todas las ciudades en las que pone un pie el presidente de los Estados Unidos. Habría sido todo un shock para el país que ha plantado cara durante 60 años a la primera potencia del mundo ver su capital convertida, aunque sólo fuera momentánea y justificadamente, en un pasacalles militar “yanqui”. Innecesario, además, en un lugar del mundo con mil problemas pero en el que la inseguridad, el terrorismo o la fragilidad del estado no figuran entre ellos.

De la misma forma que un encuentro de Fidel Castro con un presidente de EE.UU. –por mucho que sea el pragmático y moderado Obama, “el negrito” como lo llaman aquí- es pedir demasiado, una imagen de este tipo también lo es. Resultaría, ya digo, humillante para el gobierno de Raúl Castro, y también para una población que ha hecho de la resistencia al bloqueo y a la presión una de sus señas de identidad.

Así que ayer la zona de la embajada americana en el Malecón de La Habana presentaba el mismo aspecto que cualquier sábado por la noche. Es decir, estaba rodeada por una hilera interminable de jóvenes cubanos charlando animadamente y bebiendo ron frente a la brisa del Caribe. Impactante. Y lógico también.  Cuba no iba a permitir otra cosa. Al menos de momento…