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Sexto día de alerta sanitaria: La teoría de la conspiración

Fuimos a una de las zonas marginales de la ciudad. Viviendas improvisadas con concreto y lámina. Ahí, como en el resto de la gran urbe, sólo algunos llevan la mascarilla y muy pocos niños salen a la calle. Pero en ese barrio la gente dice que está olvidada por el gobierno, que ninguna autoridad sanitaria se ha acercado hasta ahí. Lo que ellos saben es por la televisión y por el otro terrible virus que ataca la ciudad: el de los rumores. A pesar del interés internacional, de las declaraciones de diversos mandatarios, del préstamo de 25 millones de dólares otorgado por el Banco Mundial para afrontar la epidemia y de la explicación de los científicos acerca de la naturaleza de la cepa de este virus, un gran porcentaje de la población cree en alguna teoría la conspiración. 
La fantasía opera así: Un mesero piensa que el narcotráfico es perfectamente capaz de desarrollar un virus como este y luego soltarlo, así nomás, para desestabilizar al gobierno. El taxista, que me llevó en la mañana, me dijo que él cree que el gobierno puede estar exagerando para distraer al pueblo de algo más importante. Está claro que además de la epidemia nos azota la desconfianza, la sospecha. Pero con casi todos los comercios cerrados (quitando los supermercados y el comercio callejero), tenemos ya otra real y enorme preocupación: la economía. Comenzamos a dimensionar los daños colaterales de la influenza porcina.