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Juventud 2.0 en La Habana

La suerte estaba echada, no había ya vuelta atrás. No es que los tiempos estén cambiando en Cuba. De alguna manera ya lo habían hecho. Y basta mirar a las nuevas generaciones de la isla para darse cuenta.
La juventud cubana que vibraba hace sólo dos semanas en el Malecón de La Habana con DJ Diplo y sus colegas de Major Lazer es la misma juventud que lo hace en Buenos Aires, en Madrid, en Sidney y, desde luego, también en Nueva York, en Chicago y en Miami. Ya no quedan islas en este mundo, posiblemente sólo en Corea del Norte, y menos de lo que le gustaría a Kim-Jong Un. Por eso, este deshielo con Estados Unidos, esta apertura al mundo, este volver al redil del mercado mundial se ha hecho cuando era claro, evidente y diáfano que los jóvenes cubanos iban a estar conectados al mundo por mucho que les prohibieran el acceso a internet.

He estado tres veces en Cuba en los últimos quince meses. Ya en la primera ocasión me sorprendió que todos los chicos tuvieran móviles de última generación aunque, para usarlos, se vieran obligados a ir a las puertas de los grandes hoteles de La Habana para rebañar los restos de wifi. Hoy ya hay puntos de acceso gratuito distribuidos por el centro de la ciudad. Es una manera de reconocer que no se puede luchar contra el espíritu de los tiempos, y menos hoy en día. Los jóvenes con los que hemos hablado en esta víspera del histórico viaje de Obama coinciden en lo mismo: Estados Unidos ya no es el ogro, ni una amenaza. Y lo dicen mientras se ajustan sus gorras con las barras y estrellas, inconscientes de que ese simple gesto era impensable hace sólo unos pocos años. 

Hoy el sueño del Dorado, que aquí está a sólo 150 kilómetros de distancia, vuelve a estar permitido en los pueblos y ciudades de Cuba... Ése es el gran cambio.