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Arzobispo de Tánger pide el fin de la violación de derechos en la frontera, "tolerada por los poderes públicos"

El arzobispo de Tánger, Santiago Agrelo, ha pedido que se esclarezcan los hechos ocurridos el pasado 15 de octubre cuando un joven fue filmado por una ONG local saltando la valla de Melilla, siendo golpeado por agentes de la Guardia Civil y siendo devuelto a Marruecos en aparente estado de inconsciencia, y que se ponga fin a la violación de derechos fundamentales "hasta ahora ignorada, si no tolerada, por los poderes públicos".
"La evidencia del daño injustamente causado, de la violencia gratuita ejercida, del trato humillante dispensado, exige que exprese, como obispo, la solidaridad de esta Iglesia con ese hombre, con todos los emigrantes, y nuestra comunión con él, y hace urgente que esta Iglesia reconozca públicamente a esos emigrantes, bautizados o no, como hijos suyos", ha reclamado en una carta publicada en la web de su diócesis.
Además, une su voz a la de las instituciones y personas que han pedido que "se depuren responsabilidades" sobre lo ocurrido el 15 de octubre y reclama que se autorice la presencia de observadores independientes que puedan informar sobre el respeto o la violación de los derechos que asisten a las personas en las fronteras.
En este sentido, lamenta que las autoridades de los Estados presten más atención a la impermeabilidad de las fronteras que al bien de las personas. "Lamentamos que a un hijo de esta Iglesia, que se hallaba en situación de manifiesta necesidad, se le haya tratado en la frontera de Melilla como nadie en su sano juicio hubiese tratado en ningún lugar a un animal herido", señala.
Además, denuncia la información "engañosa, interesada y continuada" que ha hecho "posible" e "incluso normal" esa escena de "violencia gratuita y de indiferencia colectiva" que se ha visto, a su juicio, en la frontera de Melilla.
Para Agrelo, el "egoísmo", la "arrogancia" y la "crueldad" han transformado las fronteras en "vallas con cuchillas, en barreras que se pretende infranqueables para los empobrecidos de la tierra, en escenario para una trama de privaciones, enfermedades, heridas y mutilaciones, en cementerio de vidas jóvenes y de esperanzas legítimas", en "estructura de muerte que muchos quisieran opaca porque la quieren impune".
"Nuestras fronteras son cementerios que nunca se cierran; sólo ignoramos cuál será el próximo nombre o el próximo número que se ha de escribir en su lista de muertos", ha advertido.
Esta violencia, según ha precisado, hace que la Palabra de Dios proclamada en la liturgia, resuene "casi como un sarcasmo" en los oídos de los oprimidos y "como una blasfemia" en los oídos de Dios --Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios--.
Por ello, ha apuntado que si la Iglesia se pone del lado del que oprime, la palabra de Dios sonará "sólo a sarcasmo y blasfemia", mientras que si se pone del lado de los oprimidos, será una palabra pronunciada "para enjugar las lágrimas de los pequeños".