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James Rhodes: "No hablé de los abusos hasta los 31 años y si lo hubiese hecho en España, no habría pasado nada"

El pianista James Rhodes (Londres, 1975) y autor del libro 'Instrumental' (Blackie Books) ha desgranado este martes en Madrid su historia personal como superviviente de los abusos sexuales que sufrió a manos de su profesor de gimnasia en el colegio desde que tenía 5 años y hasta que cumplió los 10, violaciones reiteradas de las que sólo se atrevió a hablar cuando ya había superado la treintena. Recuerda que en España, para entonces, el delito habría prescrito.
"Yo no hablé hasta que tenía 31 años. Si lo hubiese hecho en España, no habría pasado nada, incluso aunque ese profesor siguiese dando clases", ha afirmado durante una ponencia ofrecida en el congreso 'Sin Cicatrices' sobre violencia contra la infancia organizado por Save The Children y la Universidad Pontificia de Comillas para denunciar la prescripción de estos delitos que dice, "dejan un legado para toda la vida".
Compara legislaciones y cuestiona cómo es posible que en algunos países tenga una mayor pena amenazar de muerte a alguien que violar a tu propia hija. Denuncia la indolencia de una sociedad que "no escucha y no sabe escuchar" y la complicidad de quien aún siendo testigo, guarda silencio. En eso, afirma, las cosas "están mejor en España", donde con la Ley de Protección de la Infancia se introdujo la obligación legal de denunciar cualquier manifestación de violencia contra un niño de la que se tenga conocimiento.
"En Reino Unido un profesor abre la puerta del aula, ve que hay otro profesor violando a un niño de siete años y puede simplemente cerrar la puerta, darse la vuelta y marcharse", ha explicado, para incidir en que de hecho, "si va y habla con el director, será visto como un chivato, estará solo, no tendrá protección legal en absoluto, probablemente perderá su empleo y no habrá garantías de que se haga nada al respecto".
Él tuvo ese testigo y se calló. Años después vio en la prensa la mención que hizo Rhodes a las violaciones que sufrió en el colegio en una entrevista y se puso en contacto con él. Le dijo que "sabía lo que estaba pasando y no hizo nada", que se sentía "culpable" y que quería ayudar. Su testimonio fue determinante para impulsar la detención del pederasta, que 34 años después de que comenzasen los abusos, trabajaba como monitor de boxeo de niños de 10 años. Dice que si no lo hubiese mencionado a aquel periodista, el profesor seguiría abusando de niños.
Habla además de penas "ridículamente pequeñas" por violar a un menor, de la manipulación del lenguaje --"cuando un tío de 40 años penetra por la fuerza a un niño pequeño no es un abuso, eso es una violación"-- y carga contra la prensa "que publica fotografías de actrices de 12 años con frases como 'qué caderas más bonitas' o 'luce guapa y sexy' y en la página siguiente hablan de un caso como el de los Maristas y dicen que es terrible".
De su historia, deja un relato sin adornos, que incide en las secuelas de pasar por algo así. "Quizá la gente piensa que una vez el abuso físico ha parado, el abuso ha terminado. Lo triste es que es sólo el comienzo. Hay un legado del abuso que dura décadas. Yo creo que durará el resto de mi vida", ha señalado. Se refiere a un bagaje lleno de capítulos de autolesiones, intentos de suicidio, depresión, abuso de drogas y de alcohol y cirugías. Necesitó tres para "reparar los daños" que el profesor le infligió en el la espina dorsal y poder caminar con normalidad.
"Lo físico no es lo peor. El dolor es inimaginable pero no es lo peor. Lo peor es la soledad. La soledad y el agotamiento de cuando tienes 6 años y estás solo porque no se lo puedes contar a nadie y estás agotado porque duermes tres horas cada noche por culpa de unas pesadillas terribles y muy vívidas, como si fuesen reales", ha añadido. Quedan además la vergüenza y la culpa: "Tengo que admitir que tengo 41 años y sigo pensando que algo hice mal, que hay algo malo en mi".
"La vida es una carrera de obstáculos, eso es así. Pero cuando has sufrido abusos sexuales de niño, tienes que recorrer el camino con una pierna menos y una mochila cargada de piedras. Es mucho, muchísimo más duro", ha afirmado. Las suyas, reclusión en instituciones mentales contra su voluntad, alucinaciones, hiper reacción ante determinados ruidos, una vida "en constante alerta", confusión, anorexia y todo tipo de desórdenes emocionales: "Son las cosas que forman parte de mi historia, que pertenecen a mi vida hoy en día. Mis cicatrices".
Afirma que eso de que "el tiempo lo cura todo" es "completamente mentira". "Si tienes suerte y mucho apoyo, puedes tener la oportunidad de tener una vida y es lo que yo he estado intentando. Siento un poco como que mi vida acabó cuando empecé a ser violado y han tenido que pasar 20 años para poder intentar construir una nueva. Se podría con terapia, con ayuda. No todo sería perfecto pero sí lo suficientemente bueno. A veces estoy bien pero tengo que reconocer que estoy mal", ha comentado.
EL PIANO, EL REFUGIO
En su caso, han sido "la creatividad y mucha terapia" lo que le han permitido sobrevivir, aunque en determinados momentos, como cuando su hijo alcanzó la edad a la que él comenzó a ser violado, "colapsa". Cuenta que "tocar el piano es bueno porque es capaz de arrastrar todo eso" y afirma que es "lo único" que tenía de pequeño y lo único que "nunca" le ha "decepcionado". "Cuando escuchaba a Bach o a Chopin me ayudaba a ver que si existían esas maravillas, el mundo no era tan malo, quedaba esperanza", ha añadido.
De hecho, su relato vital se construye en la obra 'Instrumental' a golpe de pieza musical, de Bach a Schubert, pasando por Ravel o Beethoven. "La música es el único lugar que no lo es y al que puedes ir y simplemente cerrar los ojos y escuchar (...) Es lo único que no debería cambiar todo lo demás, tiene que ser diferente", dice, en relación al protocolo que suele envolver la puesta en escena de la música clásica y que él siempre se ha saltado.
Para Rhodes, "todo el mundo es bienvenido" a la música clásica y por eso la interpreta en festivales y en horarios poco usuales, lo hace a oscuras, para que el auditorio se deje llevar en lugar de releer el libreto, y ofrece primero una introducción en la que explica quién y cómo era el maestro que compuso cada pieza porque quiere "que la gente vea a estos genios como seres humanos".
"Si voy a tocar una pieza de Bach no quiero que la gente piense que es un viejo que vivió hace 300 años, no es nada romántico. Es un hombre cuyo hermano murió cuando tenía 4 años, su madre cuando tenía 9, su padre cuando tenía 20, la mitad de todos los hijos que tuvo murieron y su mujer, el amor de su vida, falleció repentinamente. Si saben todo eso, entonces entenderán que es un hombre que arrastró su pena toda la vida (...) Eso es mucho más importante que decir que una pieza se hizo en re menor", ha destacado.