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Nadia Ghulam: "Si Europa reconstruyera las fábricas de Afganistán con lo que gasta en fronteras no tendríamos que huir"

La afgana Nadia Ghulam, que adoptó la identidad de su hermano muerto por una bomba para poder sobrevivir en Afganistán y mantener a su familia, observa con horror la respuesta de los gobiernos europeos al éxodo de refugiados sirios, pero también de su propio país y otras nacionalidades. "Si Europa reconstruyera las fábricas de Afganistán con lo que gasta en fronteras no tendríamos que huir", afirma.
Lo cuenta en una entrevista con Europa Press con motivo de la presentación de su segundo libro, 'La primera estrella de la noche' (Plaza y Janés) coescrito con Javier Diéguez y que narra su regreso a Afganistán ya como mujer, con su identidad real, la forma en que han de vivir las mujeres de su tierra, sus sufrimientos y sobre todo, sus conquistas. Es un homenaje, dice, a "las verdaderas valientes".
Ella, que huyó a España con ayuda de una ONG tras años fingiendo ser un hombre y habiendo sufrido un bombardeo en casa que le marcó el rostro para siempre, se define como inmigrante y dice que le "entristece" que Europa se empeñe en distinguir a refugiados de quienes no lo son porque al final, "nadie deja su tierra por gusto". Lo dice con conocimiento de causa porque, afirma, "para los afganos viajar es un gran trauma".
"Todos los que salen es por coacciones o porque no pueden mantener a su familia, porque no pueden estudiar o realizar sus ilusiones. Sufren bombardeos, secuestros, guerra y salen por distintas razones. Yo soy inmigrante pero mi país no tiene libertad y aunque no sale en las noticias, Afganistán sigue estando en guerra. Si no tengo libertad, no puedo estudiar y no puedo ayudar a reconstruir mi país sin estudios, hay que salir", explica.
Ella vivió en un campo de refugiados en plena guerra en Afganistán, después de perder su casa en la explosión cuyas secuelas aún está tratando con cirugía. Insiste en que lo único que está haciendo Europa por la gente que hoy pasa por una situación similar procede de la sociedad civil, porque "los gobiernos no están dando pasos importantes".
"Pongo la mano en el fuego a que si en mi país hubiera una mínima posibilidad de estudiar y tener un trabajo, si las fábricas que teníamos y donde producíamos de todo volvieran a funcionar, la gente no tendría que marcharse, pero hoy las posibilidades para los jóvenes son irse en una patera, echarse a las montañas, coger las armas, morir o robar", denuncia.
El Afganistán que dibuja en su novela es el de una familia traumatizada por la pérdida de un hijo en el que las historias de mujeres como su tía, que años antes huyó del marido que la maltrataba y empezó una nueva vida en otro lugar bajo el mismo niqab, conviven con las de jóvenes como su prima que se ven abocadas a un matrimonio concertado casi por pura superviviencia.
"Las mujeres allí son como los niños, que para todo necesitan a mamá y a papá. Tras 40 años de guerra, en Afganistán esa figura hoy es el hombre, es la protección, si te pasa cualquier cosa tienes que decírselo a un hombre, es imprescincible", explica. Por eso, cuando volvió ataviada con su velo integral en lugar del turbante masculino que lució durante años para poder moverse con libertad por Kabul, en su familia no entendían que se empeñase en mostrarse como la mujer que es. No dejaron de referirse a ella en masculino.
Narra que fue muy difícil mantenerse en aquella decisión, pero quería demostrar a sus hermanas que una mujer podía hacer "lo mismo que un hombre". Con todo, fuera de casa notaba la diferencia abismal de ser parte del "sexo débil". "Como un hombre en Kabul cogía mi bicicleta, iba a por pan, llegaba tarde y nadie se preocupaba, me iba a tomar algo con mis amigos... Como mujer, ves de repente que necesitas pan y somos cuatro mujeres y no hay ni una capaz de salir sin hacerlo acompañada. Me veía como en una jaula", afirma.
Para sus hermanas, su fortaleza es "cosa de magia", por eso Nadia se empeña en que tengan educación, les dará seguridad en sí mismas y podrán tener más independencia. Sin embargo, pese a que en Barcelona, donde reside con el matrimonio que la acogió, trabaja en casi de todo para poder enviar dinero a su casa, sus esfuerzos no han tenido el resultado que esperaba. Cuando volvió descubrió que una de sus hermanas ya estaba casada y la otra, prometida.
"Me puse a llorar, pero mi 'padre catalán' me hizo ver que mis esfuerzos no fueron en vano. Me esperaba mucho más, que acabaran una carrera, pero nada está perdido. Mis hermanas a pesar de todas las dificultades que una mujer casada puede tener, están ahora apreciadas por sus suegras porque saben leer y tienen un rol importante en la casa. Además, podrán ayudar a sus hijos a hacer los deberes e irán con ellos un paso más allá", explica.
Es, en su opinión, el quid de la cuestión, pues "destruir es muy fácil y construir es lo complicado". "Afganistán lleva 40 años de destrucción, necesitamos generaciones para reconstruirlo. A lo mejor yo no puedo verlo, pero quizá mis hijos o mis nietos sí. El cambio no es tan rápido", afirma.
Sin embargo, al menos en Kabul encuentra síntomas esperanzadores, como un grupo de mujeres jóvenes a las que tuvo oportunidad de conocer y que han rodado un documental sobre el acoso al que las afganas se ven sometidas cada día por las calles. Cuenta Nadia que en una escena se acercan a un grupo de hombres y ella en su sofá, temió por la seguridad de las chicas. Se llevó una sorpresa.
"Un hombre les gritó que no hicieran fotos porque luego las colgarían en Facebook y una de ellas contestó: 'No hacemos fotos, grabamos en vídeo y lo subimos a YouTube. Para mí fue una alegría, pegué saltos en mi casa, ¡No me lo podía creer! Las mujeres han avanzado un paso más que los hombres, ellos sólo sabían de Facebook y ellas ya estaban en Youtube", comenta divertida. Es el principio, afirma, pero ese círculo "hay que ampliarlo y hacerlo mucho más grande".