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Obligadas a criarse en España, forzadas a volver a Tinduf

Refugiados saharauis en TindufReuters

Polvareda, alboroto en medio del desierto y muchos niños subiendo en un autobús. A la pequeña Zhara, de 6 años, una mujer le pega en la camiseta un trozo de papel con su nombre. No alcanza a comprender quién ha decidido que debe pasar el verano lejos de los campamentos de refugiados de Tinduf (suroeste de Argelia), lejos de sus amigos, su familia, su gente, su vida.

"Yo no quería venir a España ni en verano. Para mí era una locura. Era tan pobre, pero tan feliz", recuerda esta joven saharaui de 23 años que pasó parte de su infancia y su adolescencia en un pueblo de Huelva y que pide que utilicemos un nombre ficticio para referirnos a ella y a los familiares que cita en su relato.
Al igual que otros casos conocidos recientemente de jóvenes saharauis retenidas por sus familias en Tinduf, como Mayuba Mohamed, que consiguió escapar y regresar a España, o Maloma Morales, que sigue en los campamentos, a Zhara su familia también intentó alejarla de una vida en España que se había apartado de la tradición saharaui y musulmana.
Cuando Zhara se montó con 6 años en aquel autobús que la sacaría por primera vez de los campamentos, lo único que la consolaba era saber que se iba a encontrar con Alberto, un amigo español de su familia con el que habían pasado algunos veranos los hermanos de Zhara y que les había visitado en su casa del campamento de Smara.
Después de pasar tres o cuatro veranos consecutivos en Huelva con la misma familia, sus papás "de acogida" le propusieron quedarse en España, como estaban haciendo otros niños, para que pudiera estudiar y tratarse los problemas de estómago que entonces padecía, fruto de una úlcera.
"No recuerdo cuál fue mi reacción en ese momento, pero sí recuerdo que durante meses lloré desconsoladamente. Estuve un tiempo sin querer hablar con mis padres biológicos. Yo no quería cambiar mi vida y me obligaron a cambiarla. Ese dato es muy importante. Te obligan a cambiar de vida y luego intentan arrebatártela. ¡Es duro!", denuncia.
Al año de residir de forma permanente en España, su padre biológico se instaló a pocos kilómetros del pueblo de Zhara y comenzó a arreglar papeles para traerse al resto de la familia, primero a sus otros hijos y finalmente a la mamá de Zhara. "Nos veíamos de vez en cuando", recuerda Zhara de esa época.
"Digamos que mi forma de hacer las cosas les ha empujado a venir, a estar más cerca de mí para evitar que haga lo que hace cualquier persona normal y corriente. Para ellos que yo me ponga minifalda, que me pinte los labios, que tenga una pareja que no sea musulmana es un pecado", explica.
Esta joven de fuerte carácter tuvo una adolescencia rebelde. Su relación sentimental con un joven de la zona le generó serias discusiones con sus dos familias. Su madre adoptiva acabó echándola de casa al cumplir los 19 y su familia biológica intentó alejarla de ese chico enviándola a pasar una temporada con su tío en el Sáhara Occidental ocupado por Marruecos, donde ya estaba su hermano.
SIN DNI NI PASAPORTE
Al llegar a la casa de su tío en El Aaiún, éste le pidió el DNI y el pasaporte. "Fue la última vez que vi mi documentación", cuenta Zhara, que enseguida comprendió lo que ocurría al escuchar una conversación entre su tío y su padre.
Zhara se percató de que su padre tenía intención de ir al Sáhara Occidental para, sospechaba, llevarla de vuelta a Tinduf. Así que le robó a su hermano 300 euros, y con una mochila de cuero como único equipaje, cogiendo un autobús tras otro, huyó a Tetuán sin documentación alguna.
Allí la acogió un amigo de su exnovio. Zhara acudió al Consulado español, pero desde allí no podían ayudarla porque su pasaporte era argelino. Arranca aquí una rocambolesca historia, más propia de un guion de cine, hasta que la joven consigue pisar de nuevo territorio español.
Zhara convenció a su padre biológico para que le devolviera su documentación --le citó en Tánger-- pero en el encuentro ella sospechó de una furgoneta negra que vio aparcada cerca y huyó del padre, pero esta vez con la documentación en sus manos.
Intentó entonces cruzar a España por Ceuta, pero al mostrar su pasaporte saltaba una denuncia puesta en El Aaiún alertando de que se encontraba desaparecida. La única alternativa que le quedaba a Zhara era recurrir a las mafias que trafican con inmigrantes.
CRUZAR LA FRONTERA EN EL MALETERO
Acompañada de un hombre al que contrató un miembro de la familia de acogida de Zhara, la joven viajó a Nador, ciudad fronteriza con Melilla, y pasó la aduana escondida en el maletero. En el segundo control a las puertas de la ciudad española, ya pudo mostrar su documentación española.
Terminada la aventura, la joven le dejó claro a su padre que no iba a dejar de quererle ni de cuidarle, pero le pidió de manera taxativa que no la engañase más. Para recuperar la confianza de su hija, su padre le sacó el pasaporte español.
En la actualidad, Zhara visita los campamentos unas dos veces al año. "Ya no intentan ni retenerme porque saben que no pueden. La mayoría de las veces que voy no aviso y tengo mi pasaporte en un sitio seguro", admite.
A Zhara le han preguntado en multitud de ocasiones si se siente saharaui o española. "No he echado raíces en ningún sitio. Soy saharaui y lo seguiré siendo quiera o no quiera. Pero también me siento española, porque me crié en España. Cuando pienso, pienso en español, no en saharaui. Soy una persona del mundo. Así me considero", responde.
Conoce cuatro casos cercanos de jóvenes como ella que, tras pasar años en España, están retenidas en Tinduf por sus familiares. De una de ellas, que vivió una temporada en el mismo pueblo de Huelva que Zhara, no sabe nada desde hace tiempo.
"Los saharauis no entienden que ellas quieran seguir estando fuera, no entienden ese amor que se construye entre un niño y su familia de acogida, a la que ven como un instrumento. Para ellos el amor existe cuando hay lazos de sangre. Y eso no es así. A veces no hay lazos de sangre y hay mucho más amor", opina.
"Tampoco entienden que alguien se pueda enamorar de verdad porque para ellos el amor viene después del matrimonio", continúa Zhara, que aprovecha para mandar un mensaje a esos padres que retienen a sus hijas en los campamentos.
"Lo que quisiera que entendieran esos padres que les impiden volver porque creen que así evitan que hagan algo malo es que ellas no van a hacer nada malo. Una persona, esté donde esté, va a hacer lo que quiera. Da igual que esté tapada con una melfa en el Sáhara, en Pekín o en España. Si se lo intentan prohibir, antes lo van a hacer. Que yo me pinte o me ponga minifalda no me hace menos mujer ni menos persona. Ni el hecho de que me ponga melfa me hace más", arguye.
Zhara está convencida, porque así lo ha vivido ella en primera persona, de que unos padres pueden conservar el amor de sus hijos y dejarles al mismo tiempo que sean ellos quienes elijan "dónde y cómo vivir su vida". "Que se lo permitas no te va a arrebatar su amor ni su presencia cuando sea debido", asegura, al tiempo que reconoce que para la cultura saharaui supone una "vergüenza" que "se hable de su hija y se sepa que quiere volver".
Preguntada si el pueblo saharaui tiene miedo de dejar marchar a sus jóvenes para no perder población, Zhara llama la atención sobre el hecho de que "nadie ponga el grito en el cielo" cuando quien se queda en España y se casa con una mujer cristiana es un hombre saharaui.