Toros

El vestido de torear: las luces de un pasado que es presente

La Maestranza de Sevilla ordenó en 1732 vestir "de encarnado y blanco"

Cincuenta años después, 'Costillares' reformó el traje de Luces

Oro y plata, la alquimia y el brillo de los metales hechos seda, compiten con los colores bajo el sol de los ruedos. En lo alto, el negro, enmarcando la tez que se adivina tensa en el oscuro callejón. El torero acaricia recamados bordados del capote de paseo. Un pañuelo rasga el viento. Suena el clarín, desafiante. Y comienza el paseíllo. Tres trajes de luces pisan la arena, tres símbolos de la liturgia taurina que no ha cambiado, apenas, en tres siglos.
Así son los trajes de luces. Vïdeo: Informativos Telecinco
Y dos son los nombres que fijaron lo que hoy llamaríamos el diseño del vestido de torear: Joaquín Rodríguez, Costillares y Francisco Montes, Paquiro. Mucho antes de eso, los lidiadores de a pie, que en realidad ayudaban por obligación a la lidia de los toros a caballo, la que practicaban -como deporte- los caballeros, vestían su ropa habitual: la de los criados, los pajes de finales del siglo XV o principios del XVI.



Y es que el toreo en esa época no estaba considerado como una profesión. Pero todo empezó a cambiar cuando el toreo a pie empezó a imponerse a la lidia a caballo, y especialmente cuando, ya en el siglo XVII, aparecen las cuadrillas de profesionales contratados para la fiesta.



Los navarros fueron los primeros en formar esas bandas y distinguirse por su vestimenta. Les diferenciaba de los 'ventureros', aquellos que toreaban por puro placer en cualquier festejo. Las clases altas, los aristócratas, abandonaron la lidia a caballo y el toreo a pie comenzó a ser la fiesta más popular por excelencia y a reglamentarse.



Mucho tuvo que ver en ello el diestro rondeño Francisco Romero, nacido a principios del siglo XVIII, a quien se le atribuye la invención de la muleta. Iba para carpintero, pero como tenía una habilidad innata para sortear las embestidas de las reses, se convirtió pronto en un aclamado matador.



Y así vestía Romero en su primera salida a una plaza para enfrentarse a un toro con estoque y muleta: calzón y coleto -vestidura que cubre el cuerpo ciñéndolo hasta la cintura- de ante (el material utilizado en este momento, por su dureza, a la vez que flexibilidad) cinturón ceñido y mangas acolchadas de terciopelo negro.



En 1730 la Maestranza de Sevilla vestía a todos los que formaban parte de la corrida y en 1732 ya fija que "los que han de estoquear en la plaza se vestirán uniformemente de encarnado y blanco". Pero esto sólo pasaba, así de reglamentado, en la Plaza de Toros de Sevilla. Fuera de este coso, que eran junto con Madrid, Granada y Aranjuez las cuatro plazas de toros estables en España en ese momento, los toreros tenían cierta libertad en los colores y adornos de sus trajes, siempre que fueran sobrios.



Costillares: verónicas y volapiés envueltos en plata



Sin embargo, en 1793 Joaquín Rodríguez 'Costillares' va a cambiar las cosas. Muchas, aún siguen vigentes en nuestros días. 'Costillares' nació en el sevillano barrio de San Fernando, el mismo en el que vieron la luz Cúchares y Pepe Luis y Manolo Vázquez, y no sólo pensó en el traje de torear. Inventó nada menos que la verónica, y también se le atribuye la creación del volapié.



A tamaño torero no le podía pasar desapercibido que para mejorar la lidia a pie y darle la importancia que tenía, hacía falta reglamentar muchos de sus aspectos. De él partió la iniciativa de que los toreros pudieran utilizar un ribete de galón de plata, que lucían los picadores, mucho más considerados que los matadores hasta ese momento. Lo pidió a la Real Maestranza y ésta accedió.



'Costillares' reformó enteramente el traje de torear. Desaparecen las mangas de terciopelo negro y las medias, de seda, adoptan colores más claros que el rojo. La chaqueta, un poco larga, con el mismo corte que las que llevaban los manolos a finales del siglo XVIII, tiene vueltas -también de seda- más claras que el tono del traje. Estaba ribeteada de un galón de plata que hacía ondas y abrochaba con una botonadura de filigranas en el delantero.



Todo el cuello iba festoneado de trencilla plateada, al igual que la abertura de las mangas, estrechas, y con botones pequeños. Las hombreras, también llamadas charreteras, estaban formadas por cintas de raso anchas entrelazadas. El chaleco, la chupa, estaba hecho del mismo tejido, el raso, y bordado. Sobre ella, el matador se ceñía una faja de seda de un tono más claro que el traje, con rayas al estilo militar.



Iba enlazada al lado izquierdo del cuerpo y los dos extremos de la tela caían con adornos de pequeños flecos sobre el calzón. Debajo de la chaquetilla -ya adornada con alamares metálicos- y encima de la chupa con pasamanería de oro, lucían chorrera y pañuelo sobre ella. Lo que hoy llamamos taleguilla, el calzón, era corto ya, pero algo más ancho que el actual, aunque también se cerraba debajo de las rodillas con botones y aberturas. El calzado, una zapatilla plana y con lazos o una hebilla como adorno, es prácticamente similar al de nuestros días.



Tal es así como luce 'Costillares' en los retratos que, dicen, Goya pintó de este maestro, y en ellos se puede apreciar algo fundamental en la vestimenta del torero: el tocado de la cabeza. En esa época utilizaban la típica redecilla de malla negra que envolvía el cabello, largo y a menudo recogido en una coleta. Éste se trenzaba y se sujetaba con una peineta a la altura de la nuca, probablemente con la intención de proteger esta parte de la cabeza de posibles golpes. A veces, la redecilla se sujetaba con un pañuelo rematado con un gran lazo de seda negra en lo alto de la cabeza.



Y con Montes se hizo la luz



Unos pocos años más tarde es el diestro chiclanero Montes quien introduce diversos cambios en el traje de luces. Salta a los ruedos con todas las novedades de pasamanería de la época y con las lentejuelas -las luces- más novedosas; le añade alamares y borlas, o machos, que van tanto apretando la pernera de la taleguilla como en la chaquetilla. Las hombreras tienen toda la importancia a la hora de enriquecer y recargar el vestido de torear. La chaquetilla se acorta, y se quitan los vuelos de la casaquilla, tanto como para dejar que se vean dos o tres dedos de la faja en la cintura.



También se abre por las sisas, para facilitar los movimientos de los brazos y se añaden dos bolsillos con sendos pañuelos. El raso sigue siendo el tejido elegido, en especial uno denominado tabinete -mezcla de algodón y seda- para las partes bordadas de chaqueta y taleguilla. Otras partes de ésta son de punto de seda torzal, para que se ciña perfectamente a la pierna. El chaleco se borda también por el delantero y se le adorna con alamares, de metal con baño de oro.



Es en 1830 cuando se suprime la redecilla y surgen las primeras monteras, de gran tamaño, mucho más altas que las actuales y adornadas con borlas a los lados. Esta prenda, tan única y característica de la tauromaquia, también se atribuye a Francisco Montes, 'Paquiro'.



Corría ya el año 1835 cuando este matador adaptó los tocados que se utilizaban entonces y la reformó completamente. Estaba adornada con cordones y pasamanería negra y rematada a los lados con borlas. Su forma y volumen está ahora mucho más suavizado, menos exagerado. Están realizadas en astrakan en cordoncillo de seda y las más artesanales, hechas completamente a mano en morita, una seda de cárieles.



El largo mechón de pelo que en tiempos goyescos formaban un moño de gran tamaño en la nuca fue, con el transcurrir de los años, reduciéndose hasta la castañeta que, hoy postiza y hecha de cordón de seda negro, siguen utilizando los toreros actuales que la sujetan con un pasador. Cuentan las crónicas que fue Juan Belmonte el primer espada que no quiso dejar crecer un mechón de su pelo para hacerse la coleta. Desde entonces se utiliza la castañeta, excepto en las corridas goyescas, como la tradicional de Ronda, en la que se lucen redecillas.



Las corbatas, lógicamente, también han cambiado. Antes se llamaban pañoletas y eran anchas, ahora es una tirilla de seda estrecha o corbatín, que muchos matadores, los que más cuidan de la ortodoxia en la vestimenta, igualan con el color de la faja, elemento que cambió en 1925. Hasta esa fecha era de seda y para ponerla, el torero la sujetaba por un extremo y el mozo de espadas por otro, mientras el diestro se enrollaba en ella. Método complicado sin duda, que fue cayendo en desuso y quedó reducida a una tira del tamaño de una vuelta de cintura.



La camisa era, y es, blanca. Llevaba cuatro ojales en el cuello de los que pendía un pasador de filigrana cordobesa o charra. La pechera iba bordada y almidonada. Ahora, la pechera de la camisa lleva jaretas y bordados, está confeccionada en batista y tiene dos cintas que la sujetan a fin de que no se salga de la taleguilla con los movimientos del torero durante la lidia.

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