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Quiero ser Sara Montiel

'Hormigas blancas' ha dedicado, por fin, un programa a Sara de España.  Y como no podía ser de otra manera, serán dos las noches que se centre en la artista. Porque Sara Sarísima no hay una sino dos, tampoco más. La hecha a sí misma y la deshecha, la versión original y el segundo intento, la voz limpia y el aliento cansado, la belleza inevitable y el ineludible retoque, los labios jugosos y el aceitoso 'lipstick'.
Pero en la primera noche hormiguera, será el turno de María Antonia, la hija del campesino; de María Alejandra, la joven promesa y de Sara Montiel, la mujer que se convertiría en la primera leyenda española. Tres en uno, porque cuando Sara era Sarita se llamaba a sí misma como le daba la gana, mucho antes de que se empeñara en ser la mayúscula y chirriante diva; el breve tiempo en que consiguió vivir como una leyenda.
1 Nos centraremos, pues, en la mejor de las dos; en la única de verdad, en la joven. Ella fue la primera española con rostro de virgen y morro de ramera. Cada vez que hablaba prometía una caricia y tenía una caída de ojos a cámara lenta que aún no se ha superado en la gran pantalla.
Cuando las españolas más libertinas se atrevían a fumar su primer Celta, ella aprendía a aspirar puros habanos siguiendo las instrucciones de Ernest Hemingway. Llegó aHollywood cuando los hombres eran unos señores que se llamaban Gary Cooper ('Veracruz'), Burt Lancaster, Denise Darcel, Charles Bronson, Joan Fontaine, Anthony Mann (con quien se casó), Marlon Brando o James Dean (que aparecía junto a ella en la fotografía con la que la prensa americana anunció su muerte). Se acostó con todos los que pudo y regresó a la España franquista sin despeinarse el cardado y dispuesta a rodar en suelo patrio lo que ya no grabaría en Los Ángeles.
Se sentó a fumar en una 'chaise longe' a lo 'último cuplé' y con el humo, se lo fue tragando todo. Todo el cine español de una época de rancio abolengo en la que no le quedó otra que ponerle la carne, la piel y el alma a una retahíla de  estereotipos baratos. Fue la violetera, la chica de alterne, la vedette, la chacha, la prostituta, la dama... A lo mejor por eso el temperamento se volvió cañí y empezaron a brillarle más los pendientes que los ojos.
Y, sin embargo, quién no pagaría con varios días de su vida por meterse por unas horas en el cuerpo de aquella primera Sara Montiel. De la mujer que enseñó a todo el mundo cómo se lleva un salto de cama, la española que posaba en liguero y transparencias con el pecho a punto de estallar y el gesto paralizado en el día de su primera comunión. Quién no quisiera hablar una sola vez desde el hechizo de aquella voz que lo cambiaba todo, como si pusiera una moqueta de terciopelo rojo allá donde se escuchaba. Y, por Dios, qué mujer no desearía tener ese abanico de pestañas para darle aire a Marlon Brando o Gary Cooper.
Lo dicho, aunque sea por un día, quiero ser Sara Montiel. Al menos hasta que la segunda entrega de Hormigas obligue a descubrir que a veces las más grandes leyendas se conforman con convertirse en prosaicas divas.