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Una broma mortal

Vivir muchas veces es sinónimo de improvisar. Lo hacemos porque a pesar de nuestro deseo de controlarlo todo, la casualidad y el azar nos obligan a actuar ante la sorpresa y nuestra reacción no es siempre la esperada. Mirada desde fuera incluso nos parece incomprensible, sobre todo cuando esta reacción provoca la muerte de alguien. En ese momento, nos gustaría ser invisibles, desaparecer. Hasta que la grabación de una cámara nos devuelve a la realidad.
Asesinato de Charo Endrinal
 
María del Rosario Endrinal lleva una vida acomodada. Tras un desengaño amoroso, intenta rehacer su vida con Luis, su nuevo compañero sentimental. En 1995 participa en un programa de televisión dónde cuenta cómo sobrevive a un accidente en alta mar cuando viajaba, con su nuevo amor, en un velero cerca de las islas Baleares. Diez años después, su vida da un vuelco.
 
María del Rosario es ahora una indigente y se dispone a pasar la vida en un cajero automático y no se imagina lo que está a punto de suceder. La cámara de seguridad de la oficina 880 de la Caixa, enfoca la puerta de la entrada. Es una noche especialmente fría en Barcelona, el termómetro marca 4 grados centígrados. Charo, como la llaman en el barrio, entra en el cajero con una expresión que denota frío. Los clientes que entran en el cajero la miran de reojo incluso, alguno da media vuelta.
 
Sus últimos momentos de vida 
 
A la 1:38 minutos de la madrugada dos jóvenes de 18 años, Ricard y Uriol, entran por primera vez en el cajero. Ricard hace un gesto por el mal olor y se dirije hacia Charo mientras que Uriol sujeta la puerta. Instantes después salen corriendo aunque no podemos ver lo que ha sucedido. Uriol vuelve y supuestamente, la insulta y comienza a lanzar objetos sobre la indigente. Charo intenta cerrar la puerta con todas sus fuerzas. Forcejea con ellos mientras que Uriol intenta asustarla y se burla de ella. Al final consigue cerrar el pestillo y les dice adiós con la mano.
 
Los jóvenes se van de copas por la zona con otros amigos y tres horas más tarde vuelven al mismo cajero con Juanjo, un joven menor de edad que utilizan como cebo para que Charo abra la puerta. Éste se limita a sacar dinero y unos momentos después entran en el cajero Ricard y Uriol, que esperaban fuera, con unos tubos de cartón. Los tres se dirigen hacia Charo supuestamente con intención de agredirla pero, la acción está fuera del objetivo de la cámara. Vuelven a salir, pero la tortura de Charo aun no ha terminado.
 
Ricard, Uriol y Juanjo entran de nuevo en el cajero, se están divirtiendo. El menor observa la situación tapándose la cara desde la puerta. Se acerca el momento final. Juanjo aparece con un bidón azul con una etiqueta de disolvente. Le sigue Ricard mientras Uriol se queda fumando en la puerta. En seguida, el menor sale del cajero y se produce la explosión. Ricard es el último en salir aunque la cámara no lo capta ya que el fuego corta la señal. La grabación de la cámara de seguridad del cajero se convierte en la pieza clave para buscar a los presuntos responsables de la brutal agresión.
 
En busca de los culpables
 
Rosario Endrinal que padece quemadura de segundo y tercer grado, muere dos días después en el hospital. Mientras, la policía evita que la noticia llegue a la prensa hasta la detención de los presuntos culpables. Los mossos montan un operativo en el barrio para encontrar a los tres jóvenes. La operación se cierra con rapidez durante el fin de semana y tres jóvenes del barrio son identificados y detenidos.
 
Conocida la identidad de los tres detenidos, las miradas de la prensa se centran en la historia personal de Charo, una mujer sofisticada y de buena posición económica que llegó a abandonar todo por amor y se marchó a vivir al sur de Francia antes de terminar sola y abandonada en las calles de Barcelona.
 
La condena
 
Juanjo, menor de edad en el momento de los hechos, es el único de los tres jóvenes que tiene una condena firme. Las pruebas son contundentes y no quiere pasar por el mal trago del juicio. Acepta la pena máxima por asesinato, ocho años de internamiento y cinco años de libertad vigilada. Es el único que responde al interrogatorio policial en el que asegura que su única intención era tirarle disolvente a la indigente y pegarle un susto. Además, acusa a uno de los mayores de edad de tirar el líquido y prenderle fuego. Uriol y Ricard siguen hoy pendientes de juicio por asesinato con alevosía y ensañamiento. Ambos tiene ahora 20 años y la broma les puede costar 25 años de cárcel a cada uno.