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Mi primera vez lésbica

Cuatro chicas se atreven a echarle cara y contarnos su primera vez con una mujer.
Pato . 29 años. Psicóloga. Sevilla.
Le gusta: "Llevarme un termo de café al parque y tomarlo mientras mi perro juega"
María de la Rosa . 25 años. Ingeniera de Telecomunicación. Madrid.
Le gusta: "¿Lo que más? Viajar".
 
Lara Martínez. 22 años. Estudiante de derecho y económicas. Madrid.
Le gusta: Tocar la guitarra eléctrica, sobre todo "Karma Polis", de Radiohead.
olerlo todo
Emocionalmente yo estaba extasiada, me sobraba el resto del mundo que no fuésemos nosotras dos. La verdad es que pocas veces he vuelto a sentir lo que ese día. La gente tiene miedo del estigma: si te acuestas con una chica parece que se te viene encima todo el mundo lésbico. No cambias por ello, o dejas de ser o te vuelves nada. Cuanta más naturalidad más gratificante va a ser. Y si no, ¡siempre hay una segunda!.
Lo más divertido fue el desayuno del día siguiente, nosotras sin dormir y mi madre diciendo, 'qué, ¿os vais a clase, no?' ¡Mamá, no leas esto!".
 
 
Fue muy espontáneo
Técnicamente fue un desastre
No tuve problemas para saber qué había que hacer, fue cuestión de intuición y deseo. Además ella era muy abierta y muy expresiva y la comunicación no fue un problema.
"Por mucho que me hubiera documentado en libros (el maravilloso "Manual de Sexo Lésbico" y en alguna que otra peli sobre cómo practicar sexo con mujeres (que si tribadismo, cunnilingus y demás artes del tocamiento), cuando llegué cual novata al momento en cuestión se me había olvidado todo y sólo pude dejarme llevar.
Ella, altísima, experimentada y algo más atrevida. Yo, un retaquillo, nerviosa y patosa. ¡Imagínate el show! Llevábamos quedando unas cuantas veces sin haber llegado más allá, pero las dos sabíamos que esa noche iba a ocurrir. La tía presumía de que daba buenos masajes y a mi ese día me dolía la espalda mogollón. Habíamos salido de fiesta, la acompañé a su portal como otras veces y entonces se ofreció para darme un masaje. Y yo, que me moría porque ella me tocara, aunque sólo fuese la espalda, la dije que sí. Esa noche no había padres en la casa.
El masaje dejó de ser masaje cuando sus manos, por casualidad, se encontraron con mis pechos. A partir de aquí, tengo algunas lagunas, sólo recuerdo pechos rozándose, manos, besos, lametazos, pezones a tope, bragas por los aires... Todo iba súper bien hasta que me metió (del tirón, y sin previo aviso) dos dedos en la vagina de una forma un poco bestia y empezó a moverlos muy bruscamente: Me bajó todo el rollo. Vamos, la delicadeza no era lo suyo, porque le molaba el sexo más duro y a mí no tanto, la verdad. Así que no, esa noche no tuve un orgasmo. Una pena... pero en las siguientes veces mejoró mucho. ¡Viva la comunicación!".
Alba Vicente. 27 años. Periodista, terapeuta ocupacional y peluquera canina. Madrid.
Le gusta: "Leer y escuchar la radio, enterarme de cosas curiosas que luego cuento a mis amigos en plan Frikiepedia y se parten de risa".
"Fue a los 21. No estaba nerviosa, pero sí sorprendida porque mi cuerpo iba solo. No pensaba lo que tenía que hacer, salía. Aparte, estaba totalmente enamorada de la chica con la que pasó, así que estaba muy a gusto.
Fue muy intenso, con mucha conexión entre lo que estaba sintiendo y lo que estaba haciendo. No tuve problemas a la hora de saber qué había que hacer. La primera vez que me vi delante de una vagina (antes había estado con chicos) me resultó muy natural. Sabía lo que me producía placer a mí y, aunque igual no es exactamente lo que le produce placer en la otra, todo es muy intuitivo. Tienes tus manos, tus dedos y tu boca y vas jugando, pero eso no es sólo porque sea una chica, sino porque estás pendiente de la otra persona".