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El trágico final del Duque

Cuando estaba a punto de alcanzar la libertad, Morón dispara a Duque por la espalda. Esta vez la bala le hiere de muerte, pero para el narco arrepentido no es un final triste, sino el mejor que él podría esperar: estar en los brazos de Catalina.
"No siento dolor, sólo quiero quedarme así para siempre, en los brazos de Catalina". Éstas son las palabras con las que el Duque se despedía de este mundo; no pudo articularlas, las heridas de las balas eran tan profundas que su boca, su lengua, sus cuerdas bocales ya no seguían las órdenes de su cerebro. No pudo expresarle a su amada lo feliz que era por hallarse en sus brazos, en su corazón; no le contó que ése era su paraíso, permanecer así toda la eternidad, aunque fuera en el instante previo a la muerte.
El último pensamiento de un hombre es, para hinduistas y budistas, determinante en el destino de su alma; si es así, su espíritu estará unido al de Cata en la próxima vida. Quizá, entonces, tras la redención, la ley del karma les dé una nueva oportunidad y les permita encontrarse de nuevo sin odio, sin ansia de poder, sin codicia, sin más aspiración que disfrutar del amor, que exprimirlo al máximo, que sentirlo, que vivirlo. Quizá, entonces, sus respectivas almas estarán preparadas para superar el ciclo de vidas finitas y llenas de sufrimiento y unirse así a lo infinito, y llegar así al Nirvana.
Las muertes que había provocado y el dolor imposible de arrancar que había sembrado en los corazones de quienes sobrevivían a sus órdenes no podían quedar impunes; él era consciente de que acabaría pagando por todo el daño hecho.
1 Encontró el amor y, gracias a él, descubrió que la fiera que todos veían escondía a un hombre ; el Duque desapareció, permitiendo así que volviera Rafa, aquel niño cuya inocencia había sido asesinada por sus padres. Nunca nadie, ni siquiera ellos, le había querido y él creó su propia coraza ante el odio y la indiferencia. Esa coraza lo encumbró a lo más alto; tenía poder, fama, dinero y los había conseguido dejando un reguero de sangre tras de sí.
Cuando conoció a Catalina quiso recuperar su inocencia, su humanidad, y se lavó las manos de esa sangre, pero no consiguió despegársela del todo de su piel. Demasiados muertos, demasiados heridos; todos, pesaban en su espalda. En el círculo en el que se había metido, no cabía otro final. Tras los disparos, estaba muriendo, pero él se sentía lleno de vida. Cuando poseía todo lo material que había deseado, se sentía muerto, pero ahora, feliz por amar y saberse amado, no necesitaba nada más que estar con ella, con la niña convertida en mujer que le miró con otros ojos, que vio lo que había dentro. Estaba a punto de morir, sí, pero ya había alcanzado el paraíso: los brazos de Catalina. La eternidad le espera, pero ya no estará sólo nunca más.