Gastronomía

La gente que paga para que otros cocinen para ellos son más felices: ¿estamos de acuerdo?

Cocinando en pareja. (Getty Images)
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Durante los últimos días se han visto titulares con una frase que, a todas luces, suena provocadora, casi como a meme: “las mujeres que no cocinan tienen matrimonios más felices”. Pero, cuando se rasca un poco, hay una distorsión de los estudios existentes para dar con un titular que llame la atención. Las investigaciones lo que en realidad dicen es algo mucho más interesante, que las parejas que 'compran' tiempo de calidad para compartirlo, dejando de hacer ciertas tareas, incluida la cocina diaria, declaran tener relaciones más satisfactorias. Y eso sí lo acaba de respaldar la ciencia.

La profesora de Harvard Business School Ashley Whillans acaba de sintetizarlo sin rodeos con una concienzuda investigación en la que demuestra que “gastar dinero para eliminar una tarea que consume mucho tiempo, como cocinar, puede predecir de forma significativa mejoras en la relación de pareja”. No se trata de demonizar la dedicación a la cazuela, que puede ser muy satisfactoria, sino de cuestionar que alguien viva encadenado a los fogones día tras día.

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El estudio de Harvard

Todo se resume en que discutir por las tareas del hogar es habitual y las parejas que compran servicios que ahorran tiempo, ya sea de limpieza o comida a domicilio, afirman estar más felices en sus relaciones de pareja.

Detrás del texto divulgativo hay un trabajo de lo más profundo: el estudio “Buying (Quality) Time Predicts Relationship Satisfaction”, publicado en abril de 2025. Aquí, se analiza la relación entre las “compras que ahorran tiempo” y la satisfacción con la relación a través de varias investigaciones. La primera de ellas es un panel longitudinal de 11 años en Reino Unido, en el que se demuestra que aumentar este tipo de compras predice incrementos a largo plazo en la satisfacción de pareja.

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En la segunda, se hace un seguimiento diario de seis semanas con parejas con dobles ingresos, descubriendo que en los días en que las personas hacen compras que ahorran tiempo, se reportan niveles más altos de satisfacción con la relación que su media habitual, incluso controlando otros factores. 

Otras investigaciones del estudio explican por qué: esos servicios son más beneficiosos cuando la pareja convierte ese “tiempo ganado” en tiempo de calidad compartido, con mejor estado de ánimo y sensación de apoyo mutuo.

¿Menos cocina, más tiempo juntos?

El mensaje no es nuevo en la trayectoria de esta investigadora. Ya en 2017, otra pieza de Harvard trataba la compleja relación entre felicidad y tiempo: “seríamos mucho más felices y saludables si aflojáramos con cocinar, fregar y hacer la compra, y dedicáramos algo de dinero a liberarnos de estos problemas cotidianos”.

Sin embargo, la investigación más reciente da un paso más, ya que no solo habla de satisfacción vital, sino también de satisfacción de pareja. En definitiva, las compras que ahorran tiempo permiten gestionar mejor el estrés diario de las tareas del hogar y predicen una mayor satisfacción en la relación a corto y largo plazo, sobre todo en parejas de dobles ingresos, que están sometidas a más presión. Y esto incluso aunque suponga un gasto extra para las personas en la relación.

La cocina es mucho más

Esta frase, tan rotunda como provocadora, rebosa todo tipo de matices. Porque reducir la cocina a una simple tarea mecánica es ignorar que, para millones de personas, cocinar no es solo un castigo doméstico, sino un lenguaje cultural, un espacio creativo y, en muchos casos, un refugio emocional.

No es casual que la Unesco esté a punto de reconocer la cocina italiana como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad: la pasta fresca, los rituales culinarios, las técnicas transmitidas durante siglos… nada de eso cabe en una lista de “tareas del hogar” que quitan tiempo y generan estrés.

La contradicción aflora justo ahí: ¿cómo puede la ciencia afirmar que externalizar las tareas y cocinar menos mejoran los matrimonios, y al mismo tiempo queremos reconocer que la cocina es una de las expresiones culturales más ricas del planeta? La respuesta está en la diferencia entre cocinar por obligación y cocinar por elección.

Al final, los estudios que relacionan satisfacción vital y felicidad de pareja no hablan de renunciar al arte culinario, sino al peso invisible de la carga diaria: decidir cada menú, comprar cada ingrediente, cocinar con prisa, limpiar después… No es que cocinar sea malo, sino que cargar solos con la cocina cotidiana es lo que erosiona una relación.

La cocina cultural, la que se reivindica, la que se disfruta, la que la Unesco protege, es otra cosa. Es la cocina que se hace cuando hay tiempo, cuando hay ganas, cuando existe un deseo estético o afectivo detrás. Esa cocina nunca ha sido el problema. El problema es que, durante décadas, ha coexistido con su versión menos poética: la cocina como tarea invisible que recae de manera desproporcionada sobre las mujeres.

Por eso, cuando se habla de “las mujeres que no cocinan son más felices”, en realidad hablamos de mujeres que no están obligadas a cocinar para sostener el funcionamiento de la casa. Mujeres que pueden decidir si hoy preparan una receta de su abuela, porque quieren, o si piden comida, contratan un menú de comida semanal o delegan la cena en su pareja, porque también pueden querer eso.

En otras palabras: la felicidad no nace de abandonar la cocina, sino de liberarla del deber. Devolverle su condición original de arte, cultura y disfrute.

Precisamente en el mismo momento en que la cocina italiana avanza hacia el reconocimiento internacional de la Unesco, este matiz importa más que nunca: si la cocina es cultura, debe hacerse desde la libertad, no desde la carga. Y toda relación que reparta esa libertad de manera justa tiene más posibilidades de prosperar que aquella en la que una sola persona se queda atrapada entre fogones por obligación, no por pasión.