Alimentación

Paula Gutiérrez y Javier Gil proclamados mejor cocinera y mejor camarero del año

Paula Gutiérrez, mejor cocinera del año. Cedida
Manuel Villanueva
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En el latido final de Alimentaria, cuando los pasillos ya empezaban a sonar a despedida y a promesa, la cocina volvió a recordarnos que no es solo oficio: es destino. Casi 110.000 almas —récord absoluto— han cruzado este año las puertas de este prestigioso certamen, como quien entra en una ciudad efímera donde todo sucede entre fogones, utensilios, copas y miradas cómplices.

Y allí, en ese territorio donde el tiempo se mide en reducciones y nervios, Paula Gutiérrez (Tayta Restaurante. 1 estrella Michelín, 2 soles Repsol), alzó el vuelo. Desde Salamanca, con el pulso firme de quien ha entendido que cocinar es también escribir en un idioma sin palabras, ha trazado su propia constelación convirtiéndose en la Cocinera del Año 2026. La suya es una cocina que no busca el aplauso fácil, sino la estela de la permanencia. Jorge Lengua (Llavor,) y Roger Julián (Simposio, ) completaron un podio que habla de diversidad, territorio y futuro. Brota de la tierra.

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Camarero del Año

En paralelo, en ese otro escenario donde todo sucede sin hacer ruido, Javier Gil (Restaurante Gaytán, Madrid. 1 Estrella Michelí, 2 soles Repsol), desde la liturgia silenciosa de la sala, demostró que servir es un arte invisible, pero decisivo, coronándose como Camarero del Año 2026. Y no es menor lo que representa. Porque, en ese espacio de belleza invisible y equilibrio, es el lugar donde la gastronomía se vuelve humana. Donde el plato encuentra su voz. Tras él, Sonia García (Estudio Gescahoteles, Santiago de Compostela) y Juan David Marco (Saddle, Madrid. 1 estrella Michelín, 2 soles Repsol), demostraron que el oficio de servir sigue siendo, en esencia, un arte mayor. No hay cocina sin relato, y no hay relato sin quien lo narre al comensal.

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Fue una jornada larga —más de ocho horas—, pero también breve, como todo lo que importa. Porque cuando el talento se concentra, el tiempo se pliega. Doce finalistas (seis para cada convocatoria), un jurado de élite y una tensión que no cabía en los platos. Y, sin embargo, todo fluía. Como si quisiera hacerse presente aquello que escribió Roberto Juarroz: “Lo profundo es el aire”. En ese aire compartido, la cocina respiraba.

Hubo técnica y precisión, pero sobre todo hubo verdad. Esa que no se puede impostar ni ensayar. Esa que aparece cuando el cocinero deja de competir y empieza a contar quién es. Quizá por eso, entre platos y bandejas, resonaba otra idea, casi cinematográfica, como salida de una escena de Isabel Coixet: “Todos tenemos una historia que contar, solo necesitamos a alguien que quiera escucharla”. Historias de esfuerzo, de aprendizaje, de caídas y de regreso.

Esta competición, organizada por Grupo Caterdata, volvió a demostrar que la gastronomía española no es solo presente brillante, sino también un semillero inagotable. Con el respaldo de instituciones como Alimentos de España, la Diputación de A Coruña, el Ayuntamiento de Alicante y la Generalitat Valenciana el concurso reafirma su papel como faro para quienes entienden este oficio como una forma de vida.

Al final, llegaron los aplausos. Y con ellos, esa emoción que no entiende de rankings ni premios. La emoción de saberse parte de algo más grande. Como escribió Ángel González: “Nada es lo mismo, nada permanece”. Y, sin embargo, algo queda. Siempre queda. El eco de los cuchillos sobre la tabla, el rumor de las copas al chocar, la certeza de que, mientras haya alguien dispuesto a cocinar y otro a sentarse a la mesa, el mundo seguirá teniendo sentido.

Y así, Alimentaria bajó el telón. Pero la historia —como el buen sabor— apenas acaba de empezar. El horizonte ahora se desplaza hacia Cambrils 2027, pero hoy, la gastronomía española descansa bajo el peso dulce de la excelencia alcanzada.