La historia detrás de los helados más codiciados de Oviedo: "El de turrón no se toca"

Jesús Valdés es la quinta generación de la empresa que funcó Diego Verdú en 1878, todo un referente en el mundo de los turrones de Jijona, primero, y de los helados (desde hace más de un siglo)
El heladero asturiano que hace auténtico arte: "Buscamos la mejor materia prima, esté donde esté"
La historia que os traemos hoy arranca en 1878, cuando un joven de 17 años llamado Diego Verdú Monerris salió de su Jijona natal rumbo a Asturias con un objetivo muy claro: ganarse la vida vendiendo los turrones y dulces navideños que fabricaba artesanalmente en su tierra durante los meses de julio y agosto. Poco tiempo después, aunque seguía pasando tiempo en ambas ciudades, abrió las puertas su primer local en Oviedo, en la calle Fruela esquina calle Pozos, aunque no tardaría en mudarse a la calle Cimadevilla, que es donde hoy sigue en pie la casa madre.
A partir de ese momento, sus turrones se fueron haciendo cada vez más populares, lo que le llevó, a finales de los años 30, a plantearse la posibilidad de abrir durante todo el año en la capital asturiana. Fue entonces cuando comenzó a trabajar el mundo de los helados y a elaborar su famosa nata montada, una tradición que han mantenido los descendientes de Diego Verdú Monerris hasta hoy.

Actualmente es la quinta generación quien mantiene vigente ese recetario al que han ido incorporando nuevos sabores de helados y productos como los turronitos, que ya podemos considerar un clásico de la Navidad. Nos lo cuenta precisamente Jesús Valdés, tataranieto de Diego Verdú, que lleva 17 años en la empresa y aprendió el oficio gracias a su tío, Vicente López, que falleció hace tres años. Con su madre, María Remedios López (cuarta generación), ya jubilada, es Jesús el encargado de custodiar todo ese legado turronero y heladero en cada uno de los locales, puestos y stands con los que cuentan en territorio astur. También se ha propuesto, poco a poco, llevar esas codiciadas creaciones artesanales, con casi siglo y medio de historia, a otras zonas de Asturias como Gijón o Avilés. Y, como era de esperar, sus helados y turrones siguen causando furor allí donde van.

Antes de meternos con vuestros helados, vayamos al turrón. ¿Se siguen haciendo en Jijona como antaño?
Así es. Todo esto empezó en un pequeño obrador que tenía Diego Verdú, mi tatarabuelo, en Jijona. Un obrador, por llamarlo de alguna manera, porque estamos hablando del año 1878 (risas), así que seguramente fuera la cocina de su casa. Y ahí hacía su pequeña producción, que la traía a Oviedo, la vendía y luego estaba aquí un tiempo para después marcharse otra vez a Jijona. Y más adelante, sobre julio o agosto, empezaba a preparar otra vez toda la temporada de Navidad. Pero, con el paso del tiempo, como cada vez sus productos eran más demandados, tuvo que profesionalizarse un poco, así que se juntaron cinco o seis socios para formar una pequeña fábrica que estaba a la entrada de Jijona. En realidad, al principio, no era más que un local con unas máquinas, pero hoy en día ya es una nave industrial donde se elabora todo el turrón. Y nosotros somos socios de esa fábrica, seguimos manteniendo nuestras acciones y hacemos nuestro turrón allí, que es donde están nuestras raíces. Y usamos la misma materia prima que entonces: la almendra marcona entera de calibre 14-16, miel de azahar de romero de la zona de Alicante... Y ese turrón que elaboramos allí se trae aquí, a Oviedo.

¿Y en qué momento descubrís que podéis abrir otra línea de negocio dedicada a los helados?
Fue cuando empezó el boom de los helados en Jijona, entre 1910 y 1920. En aquella época empezaron a llegar allí máquinas de hacer helado. De hecho, la cuna del helado artesano en España sigue siendo Jijona y la Asociación Nacional de Helados Artesanos está precisamente allí. Y lo que pasó es que, tanto mi padre como mi abuelo, y otros tantos, decidieron que en mi invierno elaborarían el turrón y en verano harían helado. Pero, claro, la manera de hacer helado entonces era muy rudimentaria. No había congeladores, así que el helado que hacían tenía que ser vendido en el día, en horas te diría... Porque no aguantaba, no se podía conservar, de ahí que la producción fuera tan limitada. Los sistemas eléctricos tampoco eran lo que son ahora. Era muy complejo hacer helado antes. De hecho, mi madre todavía me ella se acuerda cuando, siendo pequeña, traían los bloques de hielo enormes para ir picándolos y mezclarlos con sal para meterlos en los envases y se mantuviese la temperatura del agua hasta que se derritiera. Era muy rudimentario. La primera pasteurizadora automática, que aún la conservamos, es del año 70 o así.

Nada que ver con los sistemas que encontramos ahora en cualquiera de vuestros locales.
Así es, tanto en la tienda principal, que está en la calle Cimadevilla, cerca del ayuntamiento, como en la de la calle Milicias Nacionales. Son los dos locales que tenemos en Oviedo, además del puesto del Campo de San Francisco, que lo abrimos después de la guerra y no ha dejado de funcionar desde entonces. Recuerdo que, cuando yo era pequeño, el kiosco que se ponía ahí era desmontable y se guardaba en casa de mi abuela. Y, bueno, además de ese, tenemos otros dos kioscos más en Oviedo.
¿Y nunca os habéis planteado salir de Oviedo?
Hemos preferido quedarnos aquí porque lo tenemos muy controlado y estamos muy contentos aquí. Ten en cuenta que nos conoce mucho la gente. Aunque, a decir verdad, el año pasado hicimos una réplica en Gijón del stand que está permanente en El Corte Inglés de Salesas. También empezamos a ir con nuestro food truck a las ferias de muestras, al festival Metrópoli y a otros festivales que hay en verano. En realidad, es un camión de helado, pero yo lo llamo food truck (risas). Y la idea, porque hemos cambiado mucho en los últimos cuatro o cinco años, es poder abrir en Gijón o Avilés si se presenta la oportunidad. Porque también hay que tener en cuenta que el helado es complicado de transportar. Aquí estamos haciendo una media de unos 800 o 900 litros de helado al día, pero es un volumen que aquí lo podemos manejar bien. Porque luego, además, también hacemos para restauración y tiendas que nos compran.

En todo este tiempo habrá sabores que se han mantenido y que ya serán los clásicos de Diego Verdú Monerris.
A mí me enseñó mi tío, cuando ya estaba a punto de jubilarse, a hacer helados, y trabajé con los sabores de siempre hasta que llegó un momento en el que me dio por indagar un poco. Recuerdo que me solía decir: "Con los helados que hacemos, tenemos de sobra (risas)". Pero yo era joven y me picaba la curiosidad, así que empecé a formarme comprando libros. Primero compré el que tienen todos loe heladeros, que es 'Los secretos del helado', de Angelo Corvitto, que es como la Biblia de los helados artesanos. Y me lo estudié de arriba a abajo antes de empezar a formular mis propios helados, que eran muy distintos a los que solíamos tener nosotros: turrón, vainilla mantecado, chocolate con leche, limón, fresa, avellana, nata con nuez, tutti frutti, nata montada, fresa... Y el de turrón, por supuesto, pero no teníamos mucho más. Así que yo me di cuenta de que, cambiando la formulación de los helados, podía conseguir mejores texturas, más durabilidad, más cremosidad y más sabor.
¿Y qué pasa a partir de ese momento?
Pues que empezamos a usar un poco más de dextrosa, un poco más de dextrina, fibras tipo goma guar, goma garrofín, inulina... Antes el helado se hacía simplemente con leche en polvo, leche entera y azúcar... El único helado que no tocamos fue el de turrón, porque no se puede tocar. Bueno, lo único que hemos cambiado es que ahora le echamos más turrón (risas). Pero es que es un helado que la gente lo asocia mucho a la infancia, a algo de toda la vida... Con el de avellana, por ejemplo, sí que puedo de repente coger una avellana de Reus o de Piamonte, pero el helado de turrón no se toca (risas).
