Suelos de madera y vistas al jardín: las claves de la cocina de Blanca Romero
La actriz ha creado un espacio donde el lujo no está en lo ostentoso, sino en la madera, la luz y las vistas
La cocina con vistas al jardín de Garbiñe Muguruza: con isla y distribución práctica
En el corazón verde de Villaviciosa, donde el paisaje asturiano se despliega en toda su intensidad, se alza la casa de Blanca Romero como un refugio sereno, sofisticado y profundamente conectado con su entorno. Una casa distribuida en dos plantas, con cinco habitaciones que orbitan alrededor de un salón de grandes dimensiones concebido para ser vivido, compartido y disfrutado sin prisas. Desde este núcleo central, la mirada se escapa inevitablemente hacia el exterior, hacia un jardín que parece fundirse con el paisaje natural.
Pero si hay un espacio que resume a la perfección esta filosofía de vida es, sin duda, su cocina. Una estancia que no solo cumple una función práctica, sino que se convierte en el alma silenciosa de la casa. Conectada directamente con el exterior, esta cocina se abre al jardín como si quisiera formar parte de él, difuminando los límites entre interior y naturaleza.
Tradición asturiana y modernidad
El diseño de esta cocina es un ejercicio de coherencia estética. Todo en ella responde a una lógica visual que conecta con el resto de la vivienda, creando una narrativa fluida donde cada estancia dialoga con la anterior. Aquí, los electrodomésticos panelados en madera oscura juegan un papel fundamental, se integran de forma casi invisible, evitando interrupciones visuales y reforzando esa sensación de continuidad que tanto define el espacio.
La funcionalidad, sin embargo, no queda en segundo plano. Todo lo contrario. La cocina cuenta con una despensa independiente y una sala de plancha, dos espacios que revelan una planificación minuciosa orientada a facilitar la vida diaria.
Este equilibrio entre estética y practicidad remite inevitablemente a la arquitectura indiana, tan presente en Asturias. Ese estilo que mezcla influencias coloniales con tradición local se percibe aquí en la concepción del espacio. El resultado es una cocina que se mueve entre dos mundos, el rústico y el moderno. Y lo hace sin estridencias, con una naturalidad que resulta especialmente atractiva.
Las paredes, recubiertas de baldosas en un delicado color verde mint, aportan frescura y personalidad. Este tono, suave, pero con carácter, actúa como hilo conductor del espacio. Frente a él, los muebles de madera oscura crean un contraste elegante y sofisticado, generando una tensión visual que enriquece el conjunto.
El suelo de madera, cálido y acogedor, refuerza ese aire hogareño que lo envuelve todo. No es un detalle menor: el pavimento juega un papel clave en la percepción del espacio, aportando continuidad y confort.En el centro de la estancia, una gran mesa redonda se convierte en protagonista absoluta.
Luz y vistas
Si el diseño define la estructura de la cocina, la luz es, sin duda, su alma. La entrada de luz natural en esta estancia es simplemente espectacular. Grandes ventanales se abren al jardín, permitiendo que el exterior forme parte del interior de manera casi orgánica.
Esta conexión visual con el paisaje no solo amplía el espacio, sino que transforma la experiencia de habitarlo. Cocinar aquí no es una tarea cotidiana, sino un placer sensorial. La vista se pierde en el verde del jardín, en ese “puro campo” que transmite calma y serenidad.
La luz, cambiante a lo largo del día, va modulando el ambiente. Por la mañana, entra suave y delicada, acompañando los primeros cafés. Al mediodía, se intensifica, llenando la estancia de energía. Y al atardecer, se vuelve cálida, envolviendo el espacio en una atmósfera íntima y acogedora.
Este juego de luces no solo embellece la cocina, sino que también resalta los materiales, los colores, las texturas. La madera adquiere profundidad, el verde mint se vuelve más vibrante, los detalles decorativos cobran vida. Pero más allá de lo estético, hay una dimensión emocional. Las vistas al jardín invitan a detenerse, a respirar, a desconectar del ritmo acelerado del día a día. Es un lujo silencioso, pero profundamente valioso.
Además, esta conexión con el exterior invita a prolongar la vida hacia fuera. Comer en el jardín, tomar algo al aire libre, disfrutar del entorno… todo parece más accesible cuando la cocina actúa como puente entre ambos mundos.
Conexión con el comedor
Justo al lado de la cocina, dos grandes puertas de cristal marcan la transición hacia el comedor. No es una separación abrupta, sino un paso natural, casi imperceptible. El cristal permite mantener la conexión visual, reforzando esa idea de espacio abierto y fluido.
El comedor se presenta como una prolongación lógica de la cocina, pero con identidad propia. Aquí, las paredes adquieren protagonismo gracias a un papel pintado de motivos florales que introduce un aire romántico y delicado. El color verde, presente también en la cocina, actúa como punto de unión entre ambos espacios. Este recurso no solo aporta coherencia estética, sino que también crea una sensación de continuidad muy agradable. Todo está conectado, todo forma parte de un mismo relato. En el centro del comedor, una gran mesa rectangular se convierte en el punto de encuentro.