Costello Market no es otra cosa que una asamblea de bares de barrio, un ágora popular donde la autenticidad se defiende en cada barra
De ruta por las Rías Baixas: cuatro restaurantes que recomienda un gallego
Paseamos el Matadero de Legazpi bajo un cielo madrileño que no perdona; un azul de cuchillo, gélido y seco, que parece querer cuartear el ánimo. Decía Carlos Oroza que "el norte es el lugar donde el pensamiento se hace cristal", y ciertamente, entre los muros de ladrillo visto y las naves de hierro, el frío nos empujaba a buscar refugio en la calidez de la memoria comestible.
Cruzamos al Costello Market, que no es otra cosa que una asamblea de bares de barrio, un ágora popular donde la autenticidad se defiende en cada barra. Es el refugio de Mon Tapias y los hermanos Marín, donde la música y el sabor se dan la mano. En cualquier momento, en una esquina estratégica, puede alzarse un pequeño telón y la magia se desata: aparecen, Andrés Suárez, Iván Ferreiro o cualquier otro cómplice de la canción, para improvisar un miniconcierto que transforma el almuerzo en un asalto al corazón.
El recinto es una suerte de ecosistema industrial que respira vanguardia sin perder el alma de mercado de abastos. Allí conviven la hamburguesería de culto, el altar de las gildas —donde el vinagre es religión— y el bar de siempre, ese de caña bien tirada y charla infinita.
En este escenario, el espacio de DVigo se despliega como un solista privilegiado; un rincón híbrido, urbano y vibrante donde la identidad gallega encaja con una naturalidad pasmosa. Una liturgia sin artificios, directa al mentón.
La Mesa: Un mapa de mordiscos y sentires
En DVigo se habla claro. No hay disfraces ni folclore de postal. Lo que hay es un relato honesto que nace de la memoria y se sirve con la precisión de la morriña bien entendida. Es Galicia sin filtros. Empezamos con el pulpo, tratado con un respeto casi religioso. No es solo un cefalópodo; es una seda marina que se deshace en el paladar, ofreciendo esa resistencia elástica justa que precede a la rendición total. Tiene la raíz y la retranca de “Canto de serea”, aquella canción de Magín Blanco. Como escribiría Ledicia Costas: "Hay sabores que son como el mar cando ruge: indomables pero necesarios".
Llegó entonces el jicho, un bocadillo de calamares que desafía la hegemonía castiza: de una jugosidad insultante, envueltos en un rebozado que es puro encaje, escoltados por una mayonesa de lima que aporta el brillo cítrico necesario para limpiar la grasa y elevar el bocado. Un clásico con un giro brillante, como en “Turnedo” de Iván Ferreiro.

Pero el corazón latía fuerte con el Príncipe de las Bateas. Un homenaje a Iago Aspas que es, en sí mismo, una bendición celtista. Es un bocadillo con alma de fútbol y Moaña, equilibrado, astuto y con un final que te deja pidiendo el descuento. Una arquitectura de contrastes que resume el espíritu de la ría: la melosidad marina de los mejillones, el crujido adictivo de las patatas chip y el latigazo punzante de las piparras. Como apunta la escritora Leila Guerriero sobre los gestos que definen a un hombre, este plato define a una tierra: es la sencillez elevada a la categoría de épica. Pura poesía de puerto, a lo Andrés Suárez en su “Canción para mi público”.
La contundencia llegó con los callos (A Rebolos), un himno necesario como “Miña Terra galega” de Siniestro Total. Gallegos hasta la médula, con el garbanzo tierno pero entero y un picante que no agrede, sino que susurra; un calor que te reconcilia con el invierno de la meseta.

Y un fin de fiesta que parecía acunado por la versión pop de “A Santiago vou”, la zorza con patatas (Riquiña): carne adobada con maestría, vibrante de pimentón, escoltada por patatas fritas de verdad, de esas que crujen y saben a huerto.
El Líquido: Cuesta de las Vírgenes 2020
Un cuvée cincelado para Mon. Al acercar la copa, uno entiende que el vino no es solo uva, es geografía líquida. Tiene la verticalidad de quien sabe de dónde viene. En nariz es una danza de granito y fruta madura que aún conserva el frescor de la altitud. En boca es sápido, con esa acidez nerviosa, casi eléctrica, que estructura el trago y lo alarga hasta el infinito. No es un vino para sedientos, es un vino para buscadores. Hay una tensión mineral que te amarra a la tierra mientras el paladar se llena de volumen. Es la pureza de la viña interpretada desde el afecto.
Salimos de nuevo al frío, pero con el cuerpo blindado por la zorza y el alma templada por el vino y el eco de una guitarra acústica. Como dejó dicho Bernardino Graña: "O mar non ten fronteiras, e nós levámolo dentro". Vigo, a veces, está a la vuelta de una esquina madrileña, en Legazpi.

