Cierra Lúa: se apaga la luz, pero no lo vivido
Lúa, pese a su cierre, seguirá siendo un lugar al que volver sin necesidad de volver
De ruta por Sacha, Don Giovanni y El Bohío
“La vida es una serie de despedidas pero también de nuevos comienzos”, Alice Munro.
Hubo una vez un rincón donde Galicia no era una coordenada, sino un estado del alma. En una ciudad acostumbrada a que las persianas bajen con el mismo ruido que suben otras nuevas, el cierre del restaurante Lúa no suena a fracaso, sino a final de capítulo. De esos que te obligan a cerrar el libro un segundo, mirar al techo y respirar hondo. A veces, las estrellas deciden completar su ciclo para no convertirse en costumbre.
Manuel Domínguez, ese artesano de la sencillez sofisticada, ha decidido apagar los fogones. Y con ellos, se va una forma de entender la vida: sin estridencias, con la humildad del que sabe que un pulpo bien cocido es más elocuente que cualquier discurso de vanguardia.
Durante sus más de veinte años de vida, Manuel cocinó con una idea muy simple y muy difícil: hacer las cosas bien. No “diferentes”, no “modernas”, no “virales”. Bien. Que es casi una palabra revolucionaria en estos tiempos.
“Lúa ha sido mi casa, y una casa no se abandona: se deja descansar”, me dice con esa serenidad que solo tienen quienes han dado todo lo que tenían. “He sido feliz aquí. Muy feliz. Pero también estoy cansada. Y el cansancio, cuando es honesto, también es una forma de verdad”. Añade Mary (María, su jefa de sala y alma gemela). “No me voy triste”, insiste Manuel. “Me voy agradecido. A los clientes que confiaron, al equipo que creyó, y a una ciudad que me permitió cocinar como soy”. Manuel, no habla desde el balance de resultados, sino desde el poso que dejan los años. Sus declaraciones destilan esa mezcla de gratitud y melancolía propia de quien lo ha dado todo en la despensa del espíritu.
El sentimiento de la despedida
Dicen que la gastronomía es el arte de lo efímero, aquello que desaparece para transformarse en recuerdo. Al pensar en el vacío que nos deja Lúa, resuenan las palabras de Jorge Luis Borges: "Uno llega a ser parte de los lugares que amó".
Lúa ya es parte del ADN emocional de Madrid.
El pasado 31 de enero estuve en la jornada de cierre, fue como ver partir un barco desde la orilla de un sueño. Escribió Fernando Pessoa: "Llega un tiempo en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares".
Para los que fuimos habituales, este restaurante fue un refugio. No íbamos allí a comer; íbamos a ser comprendidos. Cada plato era un verso libre, una confesión de amor a la tierra de O Carballiño servida bajo la luz tenue de Chamberí.
Dice un viejo proverbio africano que “los que caminan juntos mucho tiempo nunca se olvidan”. Y eso es exactamente lo que nos va a pasar, que no sabremos olvidarlo porque en este espacio nos pasaron demasiadas cosas bonitas.
Esa noche se apagaban para siempre sus luces, pero no su memoria.
Cerró, sí, pero nos deja un territorio entero de recuerdos: platos que fueron viaje, copas que fueron conversación, silencios que supieron a emoción, conspiraciones de sagrada trastienda, tantas cosas que nacieron allí, en aquellas mesas; en las que podías coincidir con un político, un actor, un periodista, un pintor, un médico eminente, un empresario o un chef afamado. Fue también una embajada gallega en la que se empadronaron sentimentalmente unos cuantos.
En Lúa celebramos encuentros, sellamos amistades, descorchamos botellas importantes y otras que lo fueron sin saberlo. Hubo primeras y últimas veces, confidencias al final del servicio, sobremesas que se hicieron eternas sin darnos cuenta.
Fue en este lugar donde uno entraba cansado y salía mejor persona. Donde la cocina era excelente, pero lo verdaderamente extraordinario era la sensación de estar en casa. Una casa con luz suave, con platos honestos, con abrazos entre bambalinas.
Lúa ya no está, pero no se ha ido. Se queda en nosotros, en nuestra memoria gustativa y sentimental. En cada conversación que empiece con un “¿te acuerdas cuando…?”. En cada brindis que aún nos sepa un poco.
Me gustaría dar las gracias por todo lo que vivimos allí. Por lo que comimos, por lo que bebimos, por lo que nos dijimos. Por habernos hecho felices tantas veces sin hacer ruido.
Los restaurantes pueden cerrar sus puertas, pero los lugares donde fuimos felices se quedan abiertos para siempre.
Y Lúa, para nosotros, seguirá siendo exactamente eso: un lugar al que volver sin necesidad de volver.