Bares que son salvavidas en los pueblos de la España vaciada
Hasta 2.669 municipios en España tienen un solo bar, que se convierten en el centro neurálgico del pueblo. “Si no existiera este bar habría que inventar algo parecido”, dicen los usuarios. Nuestro experto gastro, Antonio Hernández-Rodicio, nos lo cuenta
El restaurante en un pueblo de 100 habitantes en el que Adela te da de comer sus guisos en el salón de su casa
La sociología ha producido importantes reflexiones en torno a la importancia de los bares en la vida de la gente. Bares como ámbitos estratégicos de la socialización y el ocio, bares como palancas para la cohesión de un barrio o una comunidad, bares como lenitivos para la soledad. Bares para brindar y bares para llorar. Bares, qué lugares.
Lo que no ha estudiado la ciencia es el bar convertido en salvavidas, que es la expresión máxima de la utilidad de estos establecimientos. En España hay 163.491 bares y 81.080 restaurantes y cafeterías. Parafraseando la copla popular -aunque generalmente se atribuye a Lope de Vega o Quevedo- se proclamaría eso de “España, nación bravía, mil tabernas y una sola librería”. Pues en la llamada España vacía no hay ni bares ni librerías. Bueno, tampoco hay colegios ni hospitales ni servicios básicos en los municipios más despoblados.
La España vacía repoblada por inmigrantes
La Estrategia Nacional para la equidad territorial y el reto demográfico concluye que hay 2.669 municipios en nuestro país que sobreviven con un solo bar. Y aquí va el dato: en 1.321 localidades no queda ninguno. Error grave sería confundirse y pensar que la vindicación de un bar se apalanca en una aspiración hedonista, en la farra y la fiesta. En los pueblos más pequeños, en los que la población no alcanza ni el centenar de habitantes, el bar adquiere la condición de centro estratégico, un alcance mucho más chispeante que el de las burbujas.
Allí ocurre todo: el ocio, la compañía, los talleres pedagógicos, las manualidades, la discusión política o deportiva, es donde se ejercita la memoria compartida de un pueblo que ya casi no es y sirve de ambulatorio móvil, es la exigua librería, el lugar donde se da el parte del tiempo, se juega la partida de mus o se ve un partido de fútbol por televisión. El lugar donde discurre la vida y la muerte. Pero solo se anotan los decesos, difícilmente nacen nuevos vecinos en aquellos predios desolados, fríos y alejados de las rutas de navegación.
Esos bares que resisten a duras penas son el sitio donde los alcaldes pasan lista y certifican si el censo ha disminuido. El war room de la España vacía y desolada. La machadiana España yerma del éxodo y el adiós, la que más de un siglo después de publicarse Campos de Castilla, sigue sin saberse si espera, duerme o sueña. Y sin embargo, muchas personas se agarran a sus casas, sus recuerdos, sus pueblos y su chimenea. Y a sus bares cuando los hay. Y cuando los hay son un salvavidas. Literalmente.
Inmigración a la España vaciada
De un vistazo rápido y por las conversaciones con habitantes en la llamada España vaciada salta rápido a la vista un dato: la progresiva llegada de personas inmigrantes en aquellas tierras. Muchos de sus establecimientos están gestionados por rumanos, húngaros, peruanos, colombianos, argentinos, marroquíes, ucranios, senegaleses, venezolanos, polacos o cubanos, entre otras nacionalidades.
Puro paradigma y pura paradoja de la España del siglo XXI: durante la reconquista, Fernando III o Alfonso X repoblaban España con castellanos viejos; ahora Castilla la vieja se repuebla con inmigrantes jóvenes. Algunos llegaron a través de sus parejas, otros agarrándose al clavo ardiendo de un proyecto vital. Muchos simplemente huían de cualquier horror. Los datos oficiales indican que entre 900.000 y un millón de personas nacidas en el extranjero se están instalando en las zonas más despobladas de España, casi un 10% de la población. Un éxodo que está revitalizando pueblos que tenían colgado el cartel de cierre.
Castro de Fuentidueña, rollito de repollo rumanos
Castro de Fuentidueña es un pueblo de la provincia de Segovia que tiene censados a 40 habitantes. Inviernos largos de heladas, nieblas y silencio. Veranos cortos y calurosos. Cuando más gente reúne, durante unos días, es con la celebración del Segurock, un festival de música punk-rock que arrastra en verano a unas 4.000 personas.
El resto del año el desamparo y la nada son la norma. El único y último bar es El rincón de Melinda. Al frente está Melinda Varga, nacida en Rumanía. Tuvo un bar en Madrid hasta que la pandemia se lo llevó por delante. “Un primo de mi pareja me sugirió que cogiera este y así lo hice”. Paga al ayuntamiento 100€ de alquiler mensual. “Estoy aquí porque me faltan diez años para jubilarme y espero aguantar en el bar”. Con el verano sube la actividad y la población se triplica.
Contrata a una camarera extra desde mayo a septiembre. El bar no tiene cocina diaria, solo trabaja por encargo. Y su clientela no es exactamente del pueblo, sino de otras localidades cercanas como Cantalejo, Sacramenia y Torre Aladra. Cuando llaman los clientes para reservar mesa para el día siguiente pacta el menú con ellos. Oreja guisada, callos, rabo de toro, tortilla de patatas, ensaladilla rusa y quizás algún plato rumano como los rollitos de repollo.
“Cada vez tengo más gente que viene de otros sitios, hay poca oferta en la zona y esto corre de boca en boca”, dice, “aquí vienen todos a jugar a las cartas, a hacer tertulias incluso a celebrar cumpleaños o celebraciones escolares”. Melinda está pendiente de acogerse a las ayudas de la Comunidad de Castilla y León, que concede hasta 3.000 euros anuales para sufragar el agua, la luz, la calefacción, internet y alguna plataforma de tv a locales de municipios que solo tengan un bar que haga, además, la función de centro de ocio y convivencia.
A 15 kilómetros, en Calabazas de Fuentidueña, con solo 23 habitantes, resiste el Tele-club, el bar del pueblo, autogestionado por los vecinos: cogen las bebidas y dejan el dinero en una caja. Ese es el patrón más repetido a lo largo y ancho de la España más despoblada. La confianza mutua es la moneda de curso legal.
Labajos, bar municipal
Caso singular es el de Labajos, en Segovia. El único bar se llama Las escuelas y lo gestiona directamente el ayuntamiento. Tiene 109 habitantes la localidad, la mayoría con más de 70 años. Hasta la pandemia, el bar estaba integrado en una asociación cultural. Pero aquello se fue al traste con la Covid-19. Después llegaron dos personas de Tarragona para hacerse cargo del local, pero duraron apenas un mes.
“Como no quedaba otra, el Ayuntamiento decidió gestionarlo”, explica la alcaldesa, Margarita Meroño (PP). Al frente del establecimiento está la mujer que se encarga de la limpieza del ayuntamiento, quien emplea media jornada adecentando las instalaciones municipales y las horas restantes atendiendo el bar.
“Abrimos tres horas los domingos para que la gente vaya de misa a tomarse el vermú y después se echan la partida”, explica la alcaldesa, quien es funcionaria de la Comunidad de Madrid. Teletrabaja, salvo dos días a la semana en los que acude a su puesto de empleo.
“El bar es clave para saber qué ocurre en el pueblo. Aquí te enteras de si falta alguien, de quién está ingresado en un hospital. En el bar se hacen los talleres de memoria, manualidades. Es un aula social…tenemos entretenidos a los más mayores y ayudamos a que socialicen”. La alternativa es la soledad más absoluta, ancianos desconectados del resto del mundo, en sus casas. Todo el pueblo está integrado en un grupo de wasap que maneja la alcaldesa.
“Ellos avisan cuando quieren ir a pasar dos horas al bar y se les abre, servicio a la carta”. Margarita Meroño lleva ya doce años de alcaldesa. Toda su familia es del pueblo y ella ha pasado media vida allí. Su permanencia en la alcaldía, no remunerada, no es más que un mero compromiso con sus vecinos.
“Esta última vez me presenté porque teníamos dinero para hacer una piscina y sabía que o la hacíamos nosotros o nadie se dedicaría a eso. Cuando la Inauguramos había gente que lloraba. Era como un sueño cumplido”.
La localidad sube hasta las 300 personas en los meses de verano. Su máximo histórico se fija en octubre: unas 2.000 personas acuden a su feria del garbanzo, una legumbre que cuenta con marca de calidad certificada. “En este pueblo era normal que en las herencias se dejaran tierras de garbanzos como algo con mucho valor”, dice la alcaldesa. El bar ni da ni quita dinero –“con las horas que abrimos a la semana tampoco genera gastos”-, así que los exiguos ingresos pagan los exiguos gastos.
La limpiadora/camarera/cocinera, a tiempo parcial, una señora rumana casada con un lugareño, no cocina. Lo más que ofrece es alguna tapa de ensaladilla, algo hecho en la freidora y sándwiches mixtos. “Pero lo que más se venden son bebidas”. Una cuarta parte de los habitantes de Labajos son rumanos, húngaros y peruanos. El bar es el universo donde se reúnen todos. “Si no existiera este bar habría que inventar algo parecido”, afirma la alcaldesa.
Valtorres, donde el frío deja a la gente en casa
Valtorres, en la provincia de Zaragoza, solo tiene a 68 personas empadronadas. Su único local, Bar multiservicios de Valtorres, lo gestionaba hasta hace un año Miriam Nefariti, una marroquí nacida en Tánger, quien lo dejó porque los inviernos eran imposibles. “En verano más o menos sacas algo pero en invierno estás perdiendo el tiempo.
En el pueblo hay sobre todo abuelos y abuelas que iban al bar pero no consumían nada. Charlaban, tomaban café, jugaban al mus, pero nada de nada. La caja a cero. Y cuando hacía mucho frío ni siquiera salían de casa”. Miriam es cocinera, estudió hostelería en Tánger y en España. Ahora es cocinera en un colegio en Calatayud, comarca a la que pertenece Valtorres. Durante su tiempo en el bar ofrecía un mix de platos fáciles (sándwiches, bocadillos, hamburguesas o pizzas) y algunos platos marroquíes como la pastela, “aunque solo por encargo previo”.
Espinosa de Cervera (Burgos)
En Espinosa de Cervera (Burgos), de 81 habitantes, el único bar lo gestiona un matrimonio cordobés, que parece haber encontrado la paz en aquellas tierras del Cid. La concienciación llega desde todos lados. El foro NESI, que impulsa proyectos transformadores con impacto social, ha puesto en marcha la iniciativa BarES bajo el principio de “salvemos el último bar del pueblo”. Trabajan por la supervivencia de estos establecimientos desde 2024 utilizando una plataforma colaborativa.
Están tratando de unificar soluciones y servicios para posibilitar la apertura de establecimientos en los centenares de pueblos donde aún no hay un solo bar. Se trata de facilitarles los servicios financieros, la paquetería, la compra de productos de alimentación o la contratación de servicios de energía. Algunas grandes empresas ya están implicadas en la iniciativa
Narros del Castillo, donde canta el gallo
Hay pueblos en los que, aunque hay más de un bar, funcionan ordenadamente. Es el caso de Narros del Castillo, en Ávila. Hay tres bares. Pero uno solo abre en verano y algunos fines de semana. Otro que solo abre por las mañanas. Y un tercero que tiene el turno de noche. Son las leyes no escritas de la supervivencia. El Gallo Kiriko abre de 7.00 a 16.00. Es bar y tienda de comestibles, como esas tiendas de abarrotes que refulgen en medio de la pampa argentina, donde es posible comprar una aspirina, un bote de tomate o una soga de esparto.
Su propietario es Rubén Sánchez. Nació en Guadalajara, pero llegó a Narros por su expareja. Iba al pueblo a veranear. Al final, se quedó y acaba de cumplir nueve años en el sitio. Empadronados hay 140 habitantes pero en realidad solo unos 60 viven durante todo el año. Rubén hace de todo: atiende el bar, la tienda, repone, cocina, hace las compras y atiende lo que haya que atender. “Estoy solo, esto no da para otra nómina. Es una locura, pero vamos tirando con las comidas de los obreros, los desayunos y los fines de semana con las paradas de los moteros que van en ruta”, explica Rubén.
En la zona hay mucha construcción e industria, también granjas de pollos y pavos. “El bar es el centro neurálgico, todo el mundo para aquí por la mañana. Si el alcalde tiene una reunión la hace aquí, si los agricultores están esperando un pedido están esperándolo aquí, si alguien tiene un trato cita aquí a lo otra parte”, dice Rubén, quien construyó el establecimiento pieza a pieza: “lo hice todo, lo construí, lo monté, lo habilité y ahora lo trabajo”.
No descarta abrir otro local por la zona pero dice que es difícil porque no hay camareros disponibles. Mientras, en El gallo kiriko trabaja los asados, las chuletas o la tortilla como especialidades de la casa en un entorno que mira a cada bar como el náufrago a su tabla.