La Capa o comer en un sitio auténtico
Tres jóvenes rescataron del cierre un local en Carabanchel lugar para salvar del olvido los platos de toda la vida
Taberna La Yesca, donde la cocina de caza es un arte
Bajo la sombra de las nuevas galerías, los estudios creativos y los proyectos que han cruzado el río Manzanares buscando espacio y autenticidad, sigue latiendo Carabanchel, enseñándonos un Madrid antiguo, cordial y reconocible. Un Madrid que aún conversa en la barra, que prolonga las sobremesas y que no considera la hospitalidad una estrategia de negocio sino una forma de educación sentimental.
En una calle discreta, cerca de la Glorieta del Marqués de Vadillo, se encuentra La Capa. Un nombre que parece extraído de una novela de Ignacio Aldecoa o de alguna de aquellas películas en blanco y negro donde todavía era posible entrar en un bar para refugiarse del mundo.
Este lugar es el milagro de tres jóvenes —Arturo Romera, Antonio Tapia y Martin Philllipe See— que, cansados de morder el polvo de la precariedad en la hostelería de diseño, decidieron rescatar una vieja cafetería mítica del distrito y hacer algo que hoy resulta casi revolucionario: no borrar la memoria del lugar. Mantuvieron el alma de antigua de este local de los años sesenta, conservaron el neón, los muebles, la atmósfera y, sobre todo, la sensación de que allí había ocurrido mucha vida antes de que ellos llegaran.
Su propósito no era construir un restaurante de moda, sino devolverle al barrio una casa de comidas contemporánea con espíritu de siempre. Aquí no hay doble turno caprichoso ni ínfulas analógicas de neón fosforito; hay un mostrador sin egoísmo y una barra dispuesta a la confidencia. Entrar en La Capa al mediodía evoca el latido urbano que tenían las míticas canciones de Vainica Doble. La residencia de un costumbrismo doméstico, levemente excéntrico, donde el aperitivo adquiere la solemnidad de un rito sagrado.
Un menú corto y de gran precisión
La comida comenzó con una gilda. Pocas elaboraciones explican mejor la felicidad. Todo está ahí: sal, vinagre, mar y huerta. Una miniatura perfecta. Como aquellos temas musicales de tres minutos que parecían contener una vida entera. Pensé también en Los Secretos y en esas melodías que siguen acompañándonos décadas después sin haber envejecido un solo día.
Luego llegó la ensaladilla rusa, esta exige respeto: cremosa, equilibrada, elegante sin pretenderlo; con un refrescante toque cítrico. Como esos personajes secundarios de las novelas de Natalia Ginzburg que terminan quedándose con toda la historia.
El crudo de albacora aportó la nota marina y contemporánea. Limpio, preciso, delicado. Un plato que parecía recordar aquella observación de Josep Pla según la cual la cocina alcanza la excelencia cuando consigue que nada distraiga del producto.
Y entonces aparecieron las kokotxas al pilpil con huevos fritos. La yema se mezclaba con el pilpil formando una salsa casi imposible. El Cantábrico abrazando la despensa castellana. La tradición vasca encontrándose con el huevo frito de toda la vida. Comprendí entonces por qué este plato se ha convertido en uno de los emblemas de la casa. Aquí se cocina para hacer feliz.
El vino y el final dulce
Mientras tanto, en las copas, aparecía uno de esos vinos sorprendentes: Vertiente de las Ánimas 2023, elaborado por Las Pedreras, en Villanueva de Ávila, en pleno Alto Alberche de la Sierra de Gredos con la serenidad de quien conoce bien la montaña. Garnacha de altura, granito, viento y luz. Olía a jara después de la tormenta, a fruta roja recién recogida y a piedra caliente cuando cae la tarde. Su paso por boca era ligero y profundo a la vez. Como algunos poemas de Emily Dickinson. Como ciertas piezas para piano de Mompou. Un vino sin maquillaje, de esos que no quieren parecer importantes porque ya lo son.
No es casual que La Capa haya convertido el vino en una de sus grandes banderas. Sus propietarios defienden precios honestos y una selección donde conviven pequeños productores y etiquetas singulares sin convertir la carta en un ejercicio de exhibicionismo. El vino aquí sigue siendo lo que siempre debió ser: una conversación.
Llegó después el helado de Mariluz y Paula. Los nombres propios siempre mejoran los postres. Los convierten en recuerdos. Mientras lo probábamos recordé una frase del enorme narrador argentino, Héctor Tizón. “La memoria no guarda los hechos; guarda la emoción de los hechos”. Eso era exactamente aquel helado: un final dulce, una emoción.
La tarde siguió avanzando. Nadie parecía tener prisa. En La Capa la sobremesa sigue siendo un derecho y no una molestia logística. En una ciudad dominada por reservas cronometradas y dobles turnos, aquí todavía se entiende que comer es también conversar y por ello se ha convertido en uno de los lugares más queridos de Madrid. No sólo por la cocina. Ni siquiera por la excelente bodega. La hostelería consiste en cuidar a la gente.
Al salir, Carabanchel seguía allí. Con sus vecinos, sus terrazas, sus conversaciones y su dignidad tranquila. El mismo barrio que hoy atrae artistas, cocineros y creadores porque aún conserva algo que en el centro de muchas ciudades ya se ha vuelto escaso: autenticidad.
La Capa es la prueba de que todavía existen lugares donde la memoria se sienta a la mesa, el vino acompaña la conversación y Madrid sigue pareciéndose a sí mismo. Como escribió Andrés Trapiello: “Las ciudades verdaderas son las que conservan sus barrios”. Carabanchel, afortunadamente, sigue conservando el suyo.