El año en que la música, la cocina y la tormenta bailaron juntos en PortAmérica

La música también puede cocinarse y la cocina, cuando encuentra su ritmo, acaba pareciéndose mucho a una gran canción
En memoria de Iván, de Dehesa de los Canónigos: cuando también el vino llora
PontevedraPortAmérica es uno de esos festivales que se recuerdan siempre por un concierto, una canción o una fotografía que termina siendo la postal del verano. Pertenece a esa categoría distinta: la de los lugares donde sientes que el tiempo ha encontrado una forma amable de detenerse. No es únicamente un cartel de artistas, ni una sucesión de cocineros de prestigio, ni un recinto perfectamente organizado entre los viejos muros de la Azucreira de Portas. Es, sobre todo, una manera de entender la vida.
Cada julio, durante tres días, Galicia deja de ser solamente un territorio para convertirse en un estado de ánimo. Este año volvió a ocurrir.
Las miles de personas que caminaron por la hierba del recinto no iban únicamente a escuchar a Dani Martín, Hombres G, M-Clan, Amaia, Rigoberta Bandini, Eliades Ochoa o a Xoel López. Iban a reconocerse en una comunidad efímera donde la música, la cocina y la conversación vuelven a encontrarse en la misma capacidad creadora. Un festival donde un plato puede emocionar tanto como un estribillo y donde un chef recibe el mismo aplauso que un guitarrista. Esa sigue siendo la gran genialidad de PortAmérica: haber entendido que la cultura nunca viaja sola. Su empresa productora, Esmerarte, ha sabido generar esa sensación, que durante unas horas el mundo resulte un lugar más habitable.

Música y cocina a la vez
Si el festival tiene un corazón, este late en el Showrocking, la verdadera joya de la corona y el lugar donde PortAmérica se desmarca de cualquier otro evento del planeta. Bajo la mirada hospitalaria de Pepe Solla, los fogones dejan de ser un espacio reservado para convertirse en un escenario más del festival. Allí los chefs cocinan a la vista de todos, sin solemnidad, compartiendo el mismo aire que los músicos y el mismo entusiasmo que el público. La gastronomía deja de ser un complemento para convertirse en un lenguaje capaz de dialogar de igual a igual con las canciones.
Hay algo profundamente democrático en esa manera de entender la cocina. Imagínense esto: chefs con Estrellas Michelin y Soles Repsol de ambos lados del Atlántico sudando la camiseta a ritmo de rock, despachando tapas de autor a precios accesibles mientras los propios músicos bajan del escenario para mezclarse con ellos o marcarse un concierto acústico sorpresa entre fogones. Es un laboratorio de alta cocina sin etiquetas ni manteles largos, donde el humo de las brasas se mezcla con los acordes de las guitarras y el maridaje perfecto no son solo el vino y la cerveza, sino la propia música. Una experiencia sensorial salvaje que demuestra que un buen plato puede ser tan revolucionario como un solo de guitarra.

Un viernes de transistores, goles y nostalgia
El viernes dejó una de esas estampas que sólo entienden quienes viven el deporte con la misma intensidad que la música. Mientras M-Clan rugía con su electricidad clásica y su blues de carretera, en los bolsillos, en los corrillos de la Azucreira muchos ojos buscaban también las pantallas donde España peleaba frente a Bélgica por seguir avanzando en el Mundial. Había quien celebraba un gol con un abrazo y quien volvía inmediatamente a cantar la siguiente canción. Nadie sintió que estuviera traicionando ninguna pasión, porque el verano tiene esa capacidad de reconciliarlo todo: la épica de un estadio y la electricidad de un concierto.
Fue un ejercicio de doble atención hermoso: cantar "Carolina" de memoria mientras se contenía el aliento por un contraataque. La épica del grupo murciano sirvió de banda sonora perfecta para una noche en la que la euforia colectiva acabó estallando en dos campos distintos, confirmando que la felicidad de los días compartidos no se mide por lo que ocurre, sino por cómo lo recordamos juntos cuando el ruido se apaga.
Durante unas horas, las guitarras y el fútbol compartieron la misma respiración.

Después llegaron Hombres G, demostrando que hay canciones que no envejecen porque ya pertenecen a la memoria sentimental de varias generaciones. Se cantaban igual que hace cuarenta años, quizá con menos pelo y alguna arruga más, pero con la misma felicidad.
Crecer consiste en comprobar que esas canciones siguen sabiendo cosas de nosotros que nosotros mismos tardamos años en descubrir. Y eso era exactamente lo que ocurría frente al escenario: miles de personas descubriendo que aquellas letras habían sobrevivido intactas al paso del tiempo.
PortAmérica había decidido regalarnos una doble banda sonora.

El sábado bajo el cielo de plomo: tormenta y resurrección
El sábado decidió escribir otro guion. Cuando parecía que todo avanzaba con la normalidad de un festival perfecto, el cielo reclamó también su protagonismo. Llegó una tormenta de verano de las que sólo Galicia sabe interpretar. Primero el viento. Después la lluvia. Más tarde los relámpagos, dibujando por un instante un techo de luz sobre la Azucreira. Los truenos marcaron el compás del cielo mientras abajo la música se negaba a rendirse.
Richard Linklater suele decir que algunos momentos sólo existen porque alguien decidió permanecer en ellos en lugar de marcharse. Y nadie quiso marcharse.
Los impermeables sustituyeron durante un rato a las camisetas secas; las zapatillas aprendieron a convivir con el suelo mojado; las risas fueron más fuertes que la lluvia. El festival comprendió entonces que las tormentas también pueden formar parte del espectáculo. A veces basta con aceptar que hay días de julio que también saben llorar.

PortAmérica está construido precisamente sobre una materia invisible: la conversación mientras esperas un plato, el brindis improvisado con desconocidos, la sonrisa del cocinero que abandona unos minutos la cocina para escuchar una canción o ese paseo sin rumbo entre aromas y acordes cuando la lluvia cesa en su tecleo contra el suelo.
Después Dani Martín subió al escenario para cerrar el viaje. Entre canciones confesó que quería comprarse una casa en Galicia. Aludió a una cierta complicidad con Manuel Jabois. Nadie pareció sorprenderse. Hay lugares que terminan adoptando a quienes los pisan con el corazón abierto. Esta tierra posee desde hace siglos esa extraña capacidad para convertir a los visitantes en vecinos sentimentales. Uno llega creyendo que viene a pasar un fin de semana y termina imaginando cómo sería quedarse…
Alfredo Buxán escribió que “la belleza siempre encuentra una grieta por donde entrar”. En PortAmérica esa grieta puede ser una guitarra, una cuchara, un vino compartido o una conversación que se prolonga más de lo previsto mientras la noche avanza.
Y Lola Mascarell recuerda que “la felicidad necesita lugares donde regresar”. Tal vez por eso PortAmérica no es únicamente un lugar al que se va, permanece en la memoria de quienes estuvimos allí, aguardando pacientemente a que llegue la siguiente edición para volver a demostrar que la música también puede cocinarse y que la cocina, cuando encuentra su ritmo, acaba pareciéndose mucho a una gran canción.
PortAmérica es un territorio al que uno pertenece durante tres días. Y cuando las luces se apagan, los escenarios se desmontan y la Azucreira recupera el silencio, nos queda la certeza de que el verano ya ha escrito uno de sus capítulos más hermosos.

