En memoria de Iván, de Dehesa de los Canónigos: cuando también el vino llora

Nuestro experto, el Correcaminos Gastronómico, homenajea a "un hombre bueno" y a su familia, fallecidos en un accidente de tráfico
La historia de Iván Sanz Cid, el bodeguero fallecido junto a su mujer y dos de sus hijos en Palencia: hace un año falleció también su padre
Salta una alarma en el teléfono móvil, uno la lee una y otra vez, esperando descubrir un error, un malentendido, una rectificación imposible. Pero no. La tragedia permanece ahí, inmóvil, devastadora, como un viñedo al que una helada inesperada le hubiera arrebatado todas sus primaveras.
Ayer se han apagado demasiadas luces de golpe. Iván Sanz Cid, su esposa Irene y dos de sus hijos han emprendido un viaje del que nadie regresa. Solo la pequeña de la familia, de apenas nueve años, permanece aferrada a la vida y mejorando en una habitación de hospital, mientras todos los que les queremos elevamos por ella el más humilde y sincero de los deseos: que encuentre cada vez más fuerzas para seguir viviendo.
Con Iván no desaparece únicamente el director general de Dehesa de los Canónigos. Se marcha un hombre bueno. De esos que entendían que una bodega no se sostiene solo con grandes vinos, sino con la hospitalidad, con la palabra cumplida, con la elegancia discreta y con el respeto por quienes cruzaban el umbral de su casa.
Tuve el privilegio de formar parte de esa familia del vino cuando me hicieron padrino de la vendimia de 2016, a propuesta de mi querido Pepe Ribagorda. Desde entonces nunca dejé de sentir que en Pesquera de Duero había una casa donde siempre me esperaba una sonrisa, una conversación sin prisa y un abrazo sincero.
Hace apenas un año despedíamos a Luis Sanz, el patriarca que convirtió un sueño familiar en una de las grandes bodegas de la Ribera del Duero. Pensábamos que el tiempo, poco a poco, iría cicatrizando aquella herida mientras Iván y Belén continuaban su legado con la serenidad de quien sabe que cuidar una viña es también cuidar una memoria. Nadie podía imaginar que el destino iba a mostrarse tan despiadado.
Siempre he pensado que las bodegas tienen alma. Que entre sus muros permanecen las voces de quienes las levantaron y de quienes las hicieron crecer. Hoy imagino el silencio de Dehesa de los Canónigos como nunca antes. Las barricas seguirán respirando. Las cepas volverán a brotar. Habrá una nueva vendimia. Pero habrá también un vacío que ningún gran vino podrá llenar. Porque el vino tiene la extraña virtud de conservar la memoria.

Cada botella futura llevará, de algún modo, un poco de Iván. Su manera de recibir, de escuchar, de creer que el vino solo alcanza sentido cuando reúne a las personas alrededor de una mesa.
Hay tragedias que nos recuerdan lo frágiles que somos. Bastan unos segundos para que el calendario deje de importar y toda una vida se convierta en recuerdo. Entonces comprendemos que lo verdaderamente valioso nunca fueron los premios, ni las puntuaciones, ni los reconocimientos. Lo importante eran las personas. Siempre fueron las personas.
Hoy lloran la Ribera del Duero, el mundo del vino y lloramos todos cuantos tuvimos la fortuna de cruzarnos en el camino de esta familia extraordinaria.
Y mientras el dolor resulta imposible de abarcar, solo queda abrazar con el pensamiento a su madre Mari Luz, a la familia entera, a todos quienes hoy sienten que una parte de su vida se ha quebrado para siempre. Y pedir, con la esperanza intacta, que la pequeña de la familia encuentre el camino de regreso a la vida.
Dicen los viejos viticultores que las cepas más profundas sobreviven a los inviernos más duros. Ojalá esa verdad también alcance hoy a quienes permanecen. Descansen en paz. Y gracias por tanta bondad compartida.
