El hostelero español amigo de De Niro que solo contrata a camareros mayores de 50: "Los clientes flipan"

El empresario catalán sólo contrata a personal de sala de más de 50 años para su local, 'Entrepanes Díaz'
Los parados mayores de 52 años tienen tres veces menos probabilidades de volver a trabajar: cómo cambiarlo
En un mundo que cada vez funciona a más velocidad y en el que la inmediatez lo puede todo, la pausa se convierte en rara avis y la madurez parece más parte de un museo que de una realidad que idealiza la juventud. Pero siempre hay quien se rebela contra lo establecido y decide no dejarse llevar por la corriente. Y en el mundo de la hostelería ese es el caso de Kim Díaz.
Su nombre es ley en Barcelona desde hace más de dos décadas y cualquiera de sus proyectos es como una premier del mundo del cine que tan bien conoce. Sin embargo, nada como lo que ocurrió cuando se plantó frente a una realidad invisible e incómoda: el arrinconamiento sistemático de los trabajadores mayores de 50 años. Su respuesta no fue una proclama ni un discurso teórico; fue un local con alma, barra impecable y una plantilla curtida en mil batallas: Entrepanes Díaz.
Un local que lleva abierto más de una década y que tiene una curiosidad, que toda su plantilla de sala supera los 50 años. “En el año 2014 yo tenía 49 años y estaba entrando en los 50. A mi alrededor veía que mis amigos y mis conocidos también estaban en esa línea, y algunos ya empezaban a sufrir el no poder conseguir trabajo por nada”, rememora para Uppers sobre el inicio de su idea ‘revolucionaria’.
“Me reboté mucho porque pensé: "Ostras, esto es muy injusto". A una persona con experiencia, con vocación y totalmente competente, la sociedad le está diciendo que ya no vale por la edad. Ahí pensé: "No, voy a hacer un bar que tenga toda la plantilla en la sala con camareros mayores de 50 años"», recuerda este empresario catalán bregado en el mundo del cine y la publicidad.
A una persona con experiencia, con vocación y totalmente competente, la sociedad le está diciendo que ya no vale por la edad
Fue mucho más que una idea. Hasta el punto de que su propia iniciativa le desbordó: “hice una convocatoria en el periódico La Vanguardia y se presentaron, para mi sorpresa, 161 personas, de las cuales tenía que elegir a cinco. Lo que al principio iba a ser una buena acción, la verdad es que después se convirtió un poquito en un momento complicado porque solamente podía elegir a cinco”.
Las diferencias generacionales
Su apuesta no fue algo casual. Fue una decisión para demostrar al mundo que la madurez está infravalorada. Y lo hizo por convencimiento: “Cuando trabajas en la hostelería te das cuenta de que abunda mucho el que no tiene nada y, para trabajar, se pone de camarero. Ahí hay una gran diferencia vocacional. Yo tengo muchos valores en mi grupo y en mi vida: la educación, la puntualidad, el aseo, la profesionalidad... Y estos chicos que a veces corren hoy en día por aquí pues no los tienen y se piensan que la hostelería es otro tema. Nuestro mundo es un mundo maravilloso: nos dedicamos a cuidar personas. Y estos profesionales de 50 años tienen clarísimo que ellos están al cuidado de las personas, no al servicio”.
Kim recuerda con cariño todo lo que ha recogido en esta década de Entrepanes Díaz. Imágenes que se quedan en su cabeza guardadas como postales de un viaje increíble. Las mismas que algún cliente ha mandado a sus camareros cuando estaban de vacaciones. “Les dicen que se acuerdan mucho de ellos. Es algo muy bonito”, recuerda y se emociona.
La cara de los chicos trabajando juntos, el volver a crear un equipo, el compartir con compañeros una aventura... es alucinante
Una sensación que también le invade cuando recuerda las caras de quienes han encontrado una segunda oportunidad cuando menos lo esperaban: “La cara de los chicos trabajando juntos, el volver a crear un equipo, el compartir con compañeros una aventura... es alucinante. Yo flipaba muchísimo. La verdad es que creo que nunca he sido tan feliz en ese sentido, porque los veía y pensaba: «Qué guay haber contribuido a todo esto»”.
Sin embargo, ningún recuerdo como cuando la mujer de uno de esos camareros le dio las gracias por esa nueva oportunidad laboral: “De pronto te viene la mujer de uno de ellos y te dice «Gracias por devolverme a mi marido a casa». Y tú te quedas pensando: ‘¿Cómo? ¿Qué me está diciendo?’. “Sí, mi marido hacía tiempo que había dejado de ser el que yo conocí, porque estaba quemado, estaba traumatizado por ir cada día a buscar trabajo y no encontrarlo. Poco a poco iba perdiendo esa personalidad que tenía cuando yo lo conocí y gracias a ti ha vuelto”. A mí eso, qué quieres que te diga, me emocionó muchísimo. Es una pasada”.
Su decisión es también una reivindicación contra un mundo que vive obsesionado con la edad y con la juventud. “Creo que nos estamos confundiendo hace ya mucho en muchas cosas. La prueba está en cómo va la sociedad: se está convirtiendo en una sociedad muy cruel y la gente no valora tanto. Pero realmente no es así, porque cuando ves la reacción de mis clientes al ver a alguien veterano como ellos cuidándolos... Hasta la fecha no hay nadie que no flipe con cómo les cuidan”.
“Hoy en día a la gente joven estos valores les cuesta asumirlos. Se piensan que ser camarero es una humillación. Al final es un oficio muy importante que se trata de cuidar a las personas. Ante eso, muchas veces hemos conseguido que un mal día se convierta en un día chulo precisamente por eso: vas a un bar malhumorado y, si el camarero lo hace bien, igual hasta tienes suerte y sales de ahí riéndote de la vida”, sentencia un Kim Díaz al que la hostelería le llegó casi por casualidad.
Robert De Niro y el 'no' a Rosalía
Tras más de media vida dedicado al cine y a la publicidad, Díaz decidió dar un giro a su vida en busca de un horario más tranquilo para estar más con su hijo. “Entonces pensé —error mío, que me tiré de patas hasta el fondo— en crear el Bar Mut. Fue un proyecto que triunfó muchísimo desde el primer día y, en vez de pasarme 10 horas de trabajo, me pasaba 16. Pero también disfrutaba tanto que no me importaba hacer las horas que hiciera”.
Ese bar, el Mut, sigue siendo hoy una referencia en la Ciudad Condal y la génesis de mucho más que vino después: “Hubo un momento, cuando llevaba cinco años con el Bar Mut, en el que hice un club que se llamaba Mutis. Me tocó la lotería y con ese dinero monté este club. La lié gorda porque, al estar en un piso, empezaron a pasar muchas cosas: se acercaron muchos artistas de Hollywood y españoles, y empecé a crear una comunidad muy divertida. Ahí descubrí mi alma cabaretera. Empecé a llevar faldas, a pintarme los ojos y a dejarme ir, y descubrí muchas cosas de mí que no sabía que tenía”.

Entre esa comunidad divertida pasaban nombres como Javier Bardem, Woody Allen o Robert de Niro: “Imagínate que de pronto Robert De Niro se acerca a tu casa, tienes buen rollo, empiezas a alternar con él, a pasear, a tener comidas... Te vas a Nueva York, te invita a su casa y te recibe en pijama para ir al Metropolitan a ver un concierto. Tenemos una relación maravillosa y desde que nos conocimos hemos seguido manteniendo el contacto”.
No es el único nombre que le ha marcado estos años. Una vez una tal Rosalía hizo una audición para actuar en su cabaret. “Cuando la conocí, el club era de rhythm and blues, soul y funky, y ella hizo un repertorio que no tenía nada que ver con el estilo de la casa. Se ve —yo no me acordaba, me lo tuvo que recordar ella después— que cuando acabó y fui a pagarle le dije: «Hostia, muchas gracias por venir a casa, pero es que no das el perfil de esta casa. Lo siento, gracias por haber venido, pero creo que no te podré volver a llamar». Y ella se fue”, concluye entre risas este hostelero — al cual todavía le queda algún proyecto en la recamara— que decidió ir a contracorriente y ha conseguido devolver la sonrisa a mucha gente que ya no contaba con esa segunda oportunidad.