Vinos

La Barcelona Wine Week premia a las mujeres más destacadas del mundo del vino

Carme Ruscalleda, que recibió el premio desde la cocina. Cedida
Manuel Villanueva
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En la Barcelona Wine Week huele a mar y a vino bueno. Estos son días en los que el Auditori de Premsa se convierte en un pequeño altar laico en el que se brinda. Así sucedió ayer en la segunda edición de los Premios Isabel Mijares de Mujeres del Vino, celebrada en el corazón de este certamen: una ceremonia que no solo repartió galardones, sino que descorchó historias.

Porque el vino, como la vida, no se entiende sin relatos. Y estos premios son precisamente eso: once relatos distintos que dibujan el mapa emocional y profesional del vino contemporáneo. Desde la cepa hasta la copa, desde la tierra volcánica de Lanzarote hasta una sala de catas en Londres.

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Decía María Zambrano que “escribir es defender la soledad en la que se está”. Y quizá hacer vino también sea eso: defender una forma de estar en el mundo. Cada una de las premiadas parece haberla encontrado su manera.

Ahí está Marta Casas, viticultora en el Penedès, que habla con las viñas como quien habla con la familia. O Amor López, sembrando futuro en los suelos imposibles de Lanzarote, donde el vino nace y resiste. O Carmen Garrobo, mejor sumiller, que traduce emociones líquidas en palabras comprensibles para el resto de los mortales.

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La gala, conducida por Meritxell Falgueras y Anne Cannan, tuvo algo de sobremesa elegante: ese momento en el que ya no importa tanto la etiqueta como la conversación. Se premió la enología, la investigación, el enoturismo, la comunicación, la gastronomía… pero sobre todo se celebró algo más profundo: la diversidad real de perfiles que hoy sostienen el sector.

Como Carme Ruscalleda, que recibió el premio desde la cocina, ese otro laboratorio donde el vino encuentra su pareja ideal de baile. O Amaia Soto, divulgadora incansable, que recuerda que el vino también necesita narradores, no solo productores.

También fueron reconocidas María del Yerro, como directora de bodega; Mayte Calvo, de bodegas Bilbaína, en la categoría de enología; Carmen Bengoechea, por su contribución al enoturismo; y Adriana Ochoa, por su trabajo en investigación vitivinícola. Cuatro miradas distintas sobre una misma pasión: hacer que el vino sea conocimiento, experiencia, ciencia y viaje.

Y luego está ella: Jancis Robinson, crítica británica, Mujer del Año, innovadora e inspiradora. Una mujer que ha enseñado al mundo entero a mirar el vino sin prejuicios, con rigor y con placer. Como diría Virginia Woolf, “no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”. Jancis lleva décadas demostrando que tampoco al paladar, ni la memoria organoléptica.

Lo bonito de estos premios no es solo quién los recibe, sino lo que simbolizan: que el vino ya no es un club privado, ni un discurso en voz grave, ni una mesa solo de caballeros con chaqueta y corbata. El vino es hoy una conversación coral, femenina, plural y valiente. Es barro, viña, laboratorio y mucha, mucha comunicación.

Y mientras las copas tintineaban, uno tenía la sensación de que Isabel Mijares (pionera, maestra, referencia) estaba de algún modo presente. Sonriendo. Porque al final, como escribió Idea Vilariño, “el vino también es una forma de decir te quiero”. Y esta gala fue exactamente eso: una declaración de amor al talento, a la tierra… y a todas las mujeres que la están haciendo fermentar.