Corimbo: la Ribera del Duero estrena vino rosado
Agustín Santolaya y Bodegas La Horra presentan el Corimbo Rosado Reserva 2023, que recuerda a los claretes históricos castellanos
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La cita con Agustín Santolaya y Bodegas La Horra era en la Vinoteca Privada del Grupo Paraguas para la presentación de un vino nuevo. Bueno, en realidad, la presentación fue más una forma de entender un territorio. Una explicación pausada sobre cómo la elegancia puede abrirse paso incluso en una tierra acostumbrada al músculo, la concentración y la potencia.
Agustín, posee esa rara virtud de los grandes bodegueros: habla de viñas, de temperaturas y de clima, de horizontes calcáreos o de barricas usadas, pero en realidad está hablando de paisaje, de memoria y de tiempo. Uno sale de escucharlo con la sensación de que el vino no nace en una bodega sino en una conversación muy larga entre la tierra y quienes la observan con paciencia. Algo parecido a aquello que escribió el poeta y ensayista francés Philippe Jaccottet: “La verdadera profundidad está en la transparencia”.
Porque Santolaya, además de ser uno de los grandes nombres del vino riojano contemporáneo, va camino de convertirse en miembro del cuerpo noble de la Ribera del Duero burgalesa. Llegó desde Haro con el conocimiento acumulado de Roda, pero tuvo la inteligencia de no intentar imponer una mirada. Escuchó, comprendió y finalmente tradujo. Esa es quizá la gran virtud de Bodegas La Horra: haber llevado una sensibilidad riojana a la Ribera sin traicionar jamás el alma ribereña.
La elección de La Horra nunca fue casual. Allí, en ese norte burgalés donde la altitud modera los excesos y las noches conservan una frescura casi montañesa, encontraron aquello que buscaban: viejos viñedos de tinta fina, suelos profundos donde conviven arenas, fondos arcillosos y horizontes calcáreos, y una climatología capaz de regalar tensión y finura. Agustín Santolaya suele explicar que querían una Ribera donde se pudiera beber el paisaje con transparencia. Y quizá sea exactamente eso lo que ocurre aquí.
La zona más atractiva de este sector de la denominación tiene algo de geografía secreta. Entre La Horra, La Aguilera, Roa, Anguix, Gumiel de Mercado o Quintana del Pidio, el Duero dibuja uno de sus tramos más nobles. Allí aparecen pequeños cursos de agua, vaguadas frescas, pinares y páramos elevados que suavizan los rigores continentales. El río —esa respiración húmeda que atraviesa el viñedo— y la altitud introducen matices que alejan los vinos del exceso de madurez y los acercan a una expresión más precisa, más afinada, más larga.
Mirando las copas sobre la mesa uno recordaba algunos cuadros de Giorgio Morandi: naturalezas silenciosas, colores tenues, objetos aparentemente quietos donde sin embargo late una profundidad secreta. Porque también este Corimbo Rosado parece construido desde la contención y el matiz. Nada sobra.
El nuevo rosado de la Ribera
Y apareció el vino: Corimbo Rosado Reserva 2023. Solo pronunciar el nombre ya parece una provocación en una región donde el rosado fue durante décadas una presencia permanente. Este vino no quiere parecerse a nadie. Ni busca la moda de los rosados pálidos ni pretende seducir desde la frivolidad estival. Nace de tinta fina y pasa quince meses en barrica usada. Una declaración de intenciones.
En la copa muestra un color intenso, luminoso, de esos que recuerdan a los claretes históricos castellanos. En la nariz aparecen el albaricoque, el melocotón, las flores secas y una leve sensación mineral que remite al suelo calizo del que procede. Hay profundidad, pero también ligereza. Hay volumen, pero también una vibración fresca que sostiene el conjunto. Un vino que parece caminar sobre una cuerda floja entre la memoria y la modernidad.
Mientras acompañaba un gazpacho de sandía y una delicada cecina de wagyu, el rosado mostraba precisamente eso que Agustín persigue desde hace años: textura sin pesadez, amplitud sin exceso, llegada sin artificio.
El vino tenía algo de ciertas películas de Theo Angelopoulos: lentas, elegantes, atravesadas por una melancolía luminosa en la que el tiempo parece moverse de otra manera. No buscaba el impacto inmediato sino esa emoción lenta que permanece después. También podía recordar a aquellas piezas tardías de Arvo Pärt, donde el silencio importa tanto como la música y donde cada nota parece suspendida en el aire como una gota de luz.
Corimbo y Corimbo I
Después llegaron las verticales de Corimbo y Corimbo I. Las añadas fueron sucediéndose junto a buñuelos de bacalao, patacones de yuca con berenjena, rollitos de pato, kofta de cordero, cochinita pibil y quesos. Pero la conversación regresaba una y otra vez al rosado. A esa pequeña revolución silenciosa. Quizá porque en el fondo representa algo más profundo que un lanzamiento. Es la madurez de un proyecto.
Cuando Roda desembarcó en la Ribera del Duero buscaba una interpretación distinta de la tempranillo. Quince años después ya no parece un invitado. Parece alguien que ha aprendido el idioma local hasta hacerlo suyo.
En un momento de la conversación, Santolaya habló de frescura, de precisión y de elegancia. Mario Rigoni Stern decía que “el paisaje entra en el hombre y se convierte en memoria”. Tal vez eso explique la emoción que producen ciertos vinos: no saben solo a fruta o a crianza, saben también a los lugares de los que proceden.
Mientras hablaba, Agustín recordaba que el vino debe reflejar el paisaje. Y uno pensaba que eso mismo sucede con las personas. Hay hombres que terminan pareciéndose a los territorios que aman. Quizá por eso él conserva algo de los viñedos que cultiva: serenidad, profundidad y una elegante resistencia al ruido.
Y quizá por eso este Corimbo Rosado Reserva 2023 no es únicamente un vino. Es la prueba de que la Ribera del Duero también sabe susurrar. Como en esos adagios finales de Gustav Mahler donde la música parece alejarse lentamente hacia otro lugar, dejando apenas un hilo de emoción suspendido en el aire. Esa sensación de belleza crepuscular, de algo que se desvanece mientras todavía ilumina.
Corimbo Rosado es la última luz sobre los páramos de Burgos. El eco de una conversación feliz que regresa muchos años después y que continúa sonando en algún lugar secreto del alma.