Vinoteca

La Cata del Barrio de la Estación: la fiesta del vino más bonita del mundo

La sinfonía de los sentidos: vinos participantes en esta fiesta del vino en La Rioja.. Gastro Mediaset
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Hay una cadencia poética en el viaje que une Logroño con Haro. No es un simple trayecto; es una transición de la prisa a la pausa, un deslizarse entre viñedos que custodian el horizonte como soldados de sarmiento y hojas verdes. Al subir al autobús por la mañana, no solo empezábamos a desplazarnos en el espacio, sino también en el tiempo. Apenas cuarenta minutos separan ambas ciudades, pero durante una jornada de junio la distancia parecía transformarse en un puente entre la vida cotidiana y una pequeña utopía enológica donde el tiempo adoptaba otro ritmo. Íbamos de camino a una de las celebraciones colectivas más hermosas de la cultura del vino. 

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Porque La Cata del Barrio de la Estación, conocida internacionalmente como la 'Haro Station Wine Experience', no es un festival al uso. Tras más de una década de trayectoria desde la fundación de su Asociación en 2007, el evento ha alcanzado su sexta edición demostrando que, como los buenos reservas que allí descansan, crece y mejora con la madurez. El pasado sábado, más de 3.500 personas —que agotaron las entradas a los pocos minutos de salir a la venta— abarrotaron las calles, jardines y plazas adoquinadas que se extienden entre la mayor densidad de bodegas centenarias del mundo.

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La sinfonía de los sentidos: doce copas y la vanguardia del sabor

La jornada se articuló como un festín inigualable donde cada asistente pudo degustar doce grandes vinos: dos joyas seleccionadas meticulosamente por cada bodega, CVNE, Gómez Cruzado, La Rioja Alta, Bodegas Bilbaínas, Muga y RODA. Pero en este rincón riojano, el vino nunca viaja solo. Para la ocasión, el Barrio se convirtió en el escenario de una auténtica revolución gastronómica que bien podría haber ilustrado una naturaleza muerta de Luis Egidio Meléndez, pero en su versión más contemporánea. 

Cada botella nos contaba una historia distinta. Algunas hablaban de cosechas memorables. Otras de generaciones enteras dedicadas a la viña. Otras, simplemente, la de quienes se sientan juntos alrededor de una mesa.

En esta fiesta el gran protagonista de la jornada no es solo el vino. Es la amistad. La que reaparece cada dos años. La que se cita en una esquina de Logroño para compartir coche o asiento de autobús. La que se fortalece durante una comida improvisada. La que descubre que una copa puede ser un magnífico pretexto para conversar durante horas.

Una constelación de chefs con estrella Michelin de La Rioja y regiones vecinas diseñó bocados exclusivos para armonizar con los caldos. Los restaurantes Ikaro, Nublo y Ajonegro elevaron el estandarte riojano, mientras que El Serbal (Cantabria) junto a Cobo Estratos y Erre de Roca (Castilla y León) aportaron su visión vanguardista del territorio y el producto.

Desde el sorprendente maridaje de sorbete de vino tinto con láminas de chocolate Perú de Kankel Bean To Bar, hasta las tradicionales paellas de carne y verduras de Delicious Gastronomía, el paladar de los asistentes experimentó un vaivén de emociones idéntico al de los personajes sibaritas en 'El festín de Babette'. Una comunión perfecta donde la sofisticación técnica no logró eclipsar la pureza de la tradición local. 

Cada edición parece una película distinta y, sin embargo, conserva siempre el mismo argumento. Uno podría imaginarla filmada por el italiano Ermanno Olmi, tan atento a la dignidad de los oficios y a la belleza de las cosas sencillas, que habría encontrado en estos jardines, en estas conversaciones lentas y en estos atardeceres riojanos una luz capaz de detener el tiempo. Aquí el vino nunca es solo vino. Es memoria. Es paisaje. Es conversación.

Mientras las copas se llenaban y vaciaban, mientras los grandes reservas dialogaban con las nuevas interpretaciones del territorio, los mencionados cocineros convertían la gastronomía en un segundo lenguaje capaz de explicar la Rioja desde la emoción. Las bodegas abrían sus puertas y mostraban sus secretos: toneles, galerías, trasiegas, fotografías, historias familiares y esa mezcla de conocimiento y paciencia que ningún algoritmo podrá reproducir jamás.

Como escribió con precisión el poeta y periodista gastronómico riojano Lorenzo Cañas: El vino es la única obra de arte que se puede beber, un paisaje concentrado en una copa que nos habla de la tierra y de los hombres que la sufrieron y la amaron”.

Y entonces llegó la tarde. El sol comenzó a descender sobre las bodegas centenarias. Las sombras se alargaron. Las últimas copas encontraron su momento. Los abrazos empezaron a anunciar despedidas provisionales. Los jardines recuperaron lentamente la calma. Era la hora del regreso.

El regreso al atardecer: la amistad vestida de vino

En el cielo, la luz del atardecer teñía de cobre los viñedos. Los montes se difuminaban lentamente y la Rioja parecía transformarse en uno de esos paisajes melancólicos pintados por Darío de Regoyos. Entonces fue el momento de comprender el verdadero secreto de esta celebración:

No son solo las bodegas. No son únicamente los grandes vinos. Ni siquiera la impecable organización de un evento que, después de más de una década de existencia, continúa creciendo, afinándose y mejorando en cada edición hasta convertirse en una referencia internacional. El secreto está en otra parte.

En la capacidad de recordarnos que todavía existen lugares donde la excelencia no está reñida con la hospitalidad. Donde la cultura puede ser una fiesta. Donde la tradición sigue viva porque continúa emocionando. Y así, cuando las luces de Logroño volvían a aparecer en el horizonte y terminaba el viaje, tuvimos la sensación de regresar de un lugar que existe realmente, aunque por momentos parezca imaginario.

Sin embargo, lo que convierte a esta cita en "la fiesta del vino más bonita del mundo" no es solo la excelencia técnica de sus botellas o el virtuosismo de sus cocineros. Es la atmósfera. Es el "espíritu del Barrio", como bien define Mayte Calvo de la Banda, presidenta de la Asociación, donde la música en directo y la cultura fluyen con la misma generosidad que el líquido en las copas. Es la complicidad compartida entre perfectos desconocidos que brindaban bajo el cielo limpio y caluroso de Haro. 

En el autobús de vuelta, la cálida melancolía de la mañana se transmutaba en un bullicio satisfecho. Las risas eran más sonoras, los lazos de la amistad se sentían más firmes y el paladar aún conservaba el eco del tempranillo y el roble.

Entonces recordé la cita del escritor y guionista riojano Rafael Azcona, quien solía evocar la sobria felicidad de su tierra: "En La Rioja, el vino no se bebe para olvidar, sino para recordar que estamos vivos y que la vida, cuando se comparte, pesa la mitad".

Con el murmullo de la ciudad de fondo y los corazones contentos, la sexta edición se despidió dejando una certeza inquebrantable. Las miradas ya están puestas en el horizonte de 2028, año en el que se celebrará la séptima edición de una cita que ya es de culto. El Barrio de la Estación volverá a esperar, inmortal y eterno, listo para recordarnos por qué el vino es, ante todo, el arte de encontrarse.