Argentina cabe en una copa
II Salón de Vinos Argentinos en Madrid reunió a 35 bodegas, más de 900 profesionales y aficionados
Comer en Bodegas Buezo, donde el tiempo cuenta una manera de hacer vino
El pasado lunes 19, en Madrid se abría una ventana al sur. No daba al Atlántico, aunque desde ella se pudiera viajar desde las cumbres del Noroeste argentino hasta los confines patagónicos, detenerse en la costa y volver a Mendoza siguiendo el rastro de una cepa o la intuición de un enólogo. El II Salón de Vinos de Argentina reunió en el Hotel Nômade Temple a 35 bodegas, más de 900 profesionales y aficionados, y de 250 referencias. Pero las cifras, por sí solas, apenas dan noticia del viaje: lo importante era mirar de nuevo.

Durante demasiado tiempo, el vino argentino llegó a España con una imagen recortada: malbec, tintos de gran cuerpo y parrillas encendidas. Una estampa hospitalaria pero insuficiente para contar un país que ha aprendido a hablar con muchas voces. En el salón aparecieron Mendoza, Salta y Patagonia, junto a territorios menos frecuentados, como la costa atlántica. Cambiaban la altitud, el viento, la latitud y la manera de entender cada parcela. También cambiaba el relato: ya no se trataba de reconocer un estilo, sino de seguir sus diferencias.
Impulsado por Pilar Oltra (Vinology), sumiller y empresaria argentina residente en España desde hace más de dos décadas, el encuentro buscó acercar las bodegas a quienes deciden qué vinos entran en las cartas, en las tiendas y en las conversaciones. Por los pasillos coincidieron productores, importadores, distribuidores, sumilleres, restauradores y periodistas. El vino, que suele hablar en singular cuando se descorcha, se mostró allí como una conversación plural y colectiva.
La nómina de bodegas daba cuenta de esa amplitud: Catena Zapata, El Enemigo, Zuccardi, Trapiche, Rutini, Matías Riccitelli, Domaine Bousquet o Bressia, entre otras. Cada nombre traía consigo una geografía y una manera de leerla. En el salón, el mapa no se desplegaba sobre una mesa: se dibujaba en las copas, con sus acentos, sus pausas y sus diferencias.

Valeria Gamper, Mejor Sommelier de Argentina en 2019 y de las Américas en 2022, condujo dos catas magistrales con la participación de enólogos. “Argentina, de Norte a Sur”, puso en escena los contrastes de aquel territorio enorme; “Vino argentino. El vino de ahora”, enlazó la memoria de la viticultura con sus búsquedas contemporáneas. Entre ambas sesiones cabía una idea sencilla: la tradición no es una habitación cerrada, sino una puerta que todavía permanece abierta.
Por un momento, me vino a la cabeza aquella frase de la película 'El secreto de sus ojos': “No se puede cambiar de pasión”. La pasión, en este caso, tenía varias formas y variedades. Puede ser la paciencia de la altura, la decisión de acercarse al mar o el trabajo de quien escucha una viña antes de intentar explicarla. Y acaso Fito Páez lo diría con la generosidad de una invitación: “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. En una feria de vinos, ofrecerlos significa también ofrecer una mirada nueva.
La primera edición, celebrada en Madrid en octubre del año pasado, convocó a más de 750 profesionales y grandes aficionados. Esta segunda amplió la asistencia y sostuvo el propósito: que el mercado español conozca mejor una viticultura en transformación. El embajador argentino, Wenceslao Bunge Saravia, acompañó la inauguración junto a Oltra. Al día siguiente, la ruta continuó en Vinology con una cata y cena de Matías Michelini, dedicada a otra forma de mirar Gualtallary.
Unos días después, este salón nos ha dejado en la memoria el temblor de una copa, el nombre de una región que todavía no sabíamos pronunciar, la curiosidad por un vino que obliga a cambiar de idea. Argentina se acercó a Madrid con sus distancias y sus diferencias. Y Madrid, por unas horas, tuvo el tamaño de un país.
