Andre Yarham fallece por demencia a los 24 años y dona su cerebro a la ciencia: "Si sirve para ayudar a otros"

Una imagen de Andre Yarham
Una imagen de Andre Yarham. Samantha Fairbairn
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Andre Yarham tenía tan solo 22 años cuando le diagnosticaron demencia frontotemporal, una forma rara de la enfermedad causada por una mutación proteica. Con 23 años ya vivía en una residencia de ancianos. La enfermedad no le dio tregua, pero, como confiesa su madre, "aún se podía oír su risa". Así se le ve en las fotos. El rostro de un joven convertido en anciano, pero con una sonrisa de niño grande.

Con solo 24 años, el 27 de diciembre, Yarham moría, pero dejaba un último regalo al mundo y a todos los que le rodeaban, un gesto de enorme generosidad. De amor. Donaba su cerebro a la ciencia para que fuera investigado. Como relata su propia madre a la BBC, desolada tras una batalla inhumana, "si en el futuro eso puede ayudar a una familia a pasar unos años más con sus seres queridos, entonces valdrá la pena".

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Una contracción inusual en el cerebro

Andre Yarham, residente de Dereham, Norfolk, tenía tan solo 22 años cuando acudió al médico después de que su madre, Samantha Fairbairn, notara que se estaba volviendo olvidadizo y que su comportamiento era inapropiado en algunas ocasiones. Algo estaba pasando con su hijo. "Un día iba a la ciudad a comprar algo, o se suponía que iba a la tienda, y de repente tomaba el autobús", recuerda Fairbairn.

Las exploraciones revelaron una contracción inusual del cerebro, por lo que fue derivado al Hospital Addenbrooke de Cambridge, donde le diagnosticaron demencia. Su madre reconoce que en ese momento sintió tanta ira como tristeza. Su hijo era tan joven.

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La enfermedad no le dio tregua pero no pudo con su "sonrisa y su sentido de humor"

La enfermedad avanzó rápida, la silla de ruedas se volvió compañera, y finalmente, Yarham se convirtió en ese joven que vivía en una residencia de ancianos. Su dependencia era total. Por eso ahora su madre, al menos, se siente reconfortada con su gesto. Porque, como ella misma ha sufrido en sus carnes, la demencia, aunque nos creamos lo contrario, no entiende de edad.

Lo que nunca pudo la enfermedad fue arrebatar a Yarham, según su madre, su personalidad, su propio ADN. "Conservó su personalidad, su sentido del humor, su risa y su sonrisa" hasta el final. Un mes antes de morir, Yarham perdió el habla y solo podía emitir sonidos.

“La demencia es una enfermedad muy cruel”, confiesa Fairbairn. “Y no se la deseo a nadie. Las personas con cáncer pueden recibir radioterapia, quimioterapia. Con la demencia, no hay nada.” Por eso, el gesto de su hijo, donar su cerebro para ser estudiado por la ciencia, puede ser un primer paso que ayude a otros enfermos en el futuro.