Rosa León: “Yo grabé ‘Al alba’ diez años antes que Aute”
La cantantautora regresa al disco más de veinte años después con un homenaje a María Elena Walsh, recuerda sus años junto a Aute y reivindica la importancia de las palabras frente a la cultura del “usar y tirar”
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Esta historia comienza así. En 1974, la poeta argentina María Elena Walsh llegó a España buscando una cantante para un programa infantil de Televisión Española (Cuentopos). Rosa León todavía no había grabado discos para niños, ni se imaginaba haciéndolo, ni sospechaba que aquella mujer va a cambiarle media vida. Ramón Arcusa (El Dúo Dinámico) la llama por teléfono y le dice que una autora quiere conocerla. Le manda canciones; Rosa las escucha en casa y se queda clavada. “Dije: ‘Joder, esta tía tiene un talento que se sale del mapa’”.
Quedan para cenar, y Walsh le habla de los niños, de la cultura, de la importancia de hacer canciones inteligentes para quienes todavía están aprendiendo a hablar y a mirar el mundo. Rosa León escucha aquella especie de sermón laico mientras la otra va disparando argumentos como una ametralladora pedagógica. “Me convenció de que había que cantar para niños. Me fue dando la charla, pum, pum, pum, pum… y dije: ‘Pues ahí voy’”.
Han pasado cincuenta años de aquello y Rosa León, de 74, vuelve ahora al disco con Cartas de amor a María Elena Walsh, un homenaje a la escritora y compositora argentina producido por Alejo Stivel y acompañado por voces como Joaquín Sabina, Víctor Manuel, Rozalén, Andrés Suárez o El Kanka.
El regreso llega después de más de dos décadas sin publicar canciones nuevas y tras una vida donde a Rosa le ha dado tiempo a ser cantante, actriz, presentadora, concejala, diputada, gestora cultural y directora del Instituto Cervantes en Dublín. Vamos, que entre disco y disco casi le caben varias reencarnaciones completas.
¿Un disco?
“Yo no pensaba volver a cantar. Estaba dirigiendo el Cervantes y luego trabajando aquí con Luis García Montero. Y, de repente, Alejo me propone hacer el disco. Yo pensé que él quería grabarlo conmigo a medias, pero me dijo: ‘No, no, mejor tú con invitados’. Y yo le decía: ‘Pero vamos a ver, ¿a quién le va a interesar que yo haga un disco ahora? Estoy fuera de la música desde hace muchísimo tiempo’”.
Stivel insiste. Rosa termina entrando al estudio y empiezan a elegir canciones y amigos. “La verdad es que los invitados son todos amigos. A Rozalén sí la conocía. A Andrés Suárez le admiraba muchísimo. Y de El Kanka soy súper fan. Son gente que quiero y que me quiere. Sin esa ayuda, no sé si el disco hubiera tenido sentido”.
El resultado tiene bastante de reparación cultural. Porque Rosa León lleva media vida convencida de que en España nunca se ha entendido del todo la dimensión gigantesca de María Elena Walsh, convertida en Argentina en una especie de institución sentimental, literaria y moral. “En Argentina María Elena es Dios. No solo tiene himnos y canciones infantiles. Es premio nacional de poesía, novelista, autora de canciones de adultos impresionantes. Todo lo que escribió conforma a una persona con un talento muy fuera de lo normal”.
Entonces empieza a recordar canciones y versos casi de memoria. Habla de “El 45”, aquella canción donde Walsh mezcla adolescencia e Hiroshima dentro de la misma letra, o de “Endecha española”, que Rosa León cantó y que termina con una declaración de amor al idioma castellano. “María Elena es mucho más que una cantante o una cantautora. Es una persona indispensable en la cultura en español”.
La conversación va avanzando entre recuerdos, nombres propios y una sensación bastante agradable de sobremesa larguísima, de esas donde uno empieza hablando de discos y acaba aterrizando en la Transición, en Luis Eduardo Aute o en la decadencia de ciertas letras actuales. Rosa León habla rápido, enlaza historias y conserva esa mezcla tan española de intelectualidad y calle que ya casi no se fabrica.
Cuando sale el tema de la música de ahora, no adopta exactamente el discurso apocalíptico del “todo es basura”, aunque algunas cosas la desesperen bastante. “Hay letras del rap o del trap o de lo urbano que me espantan. Hay un tratamiento de la mujer bastante penoso en muchas canciones. Ahora, ojo, no todo es así. El Chojín me parece un tío listísimo y con unas letras estupendas. Depende del valor que se le da a la palabra”. Luego remata: “Las malas letras entran y salen, son como clínex, de usar y tirar”.
Ella sigue defendiendo la canción construida alrededor del texto, aunque insiste en que la música importa exactamente igual. “Una magnífica letra con una horrenda música no funciona. El resultado tiene que ser una canción. Yo he trabajado mucho poniendo música a poesía y tengo clarísimo que no puedes destrozar un texto. Pero tampoco puedes aburrir a la gente”.
Rosa y Aute
Ahí aparece inevitablemente Luis Eduardo Aute, figura decisiva en los comienzos de Rosa León y uno de los grandes fantasmas luminosos de aquella generación de cantautores españoles. “Cuando yo conocí a Aute, él no cantaba todavía. Quería que yo cantara sus canciones. Me pasé un año entero yendo a su estudio, viendo temas, trabajando con él. Hay canciones que ensayamos muchísimo y luego ni grabé. Yo grabé ‘Al alba’ antes que él. Cuando él la grabó, diez años después, la canción ya era súper conocida”.
En aquella generación todo acababa desembocando tarde o temprano en la política igual que ahora todo termina desembocando en el algoritmo o en la ansiedad. Rosa León formó parte de la izquierda cultural de la Transición, aunque ella prefiere quitarle solemnidad al asunto. “Yo me hice trotskista igual que me podía haber hecho del Atlético de Madrid. A los quince años, ¿qué sabía yo? Lo que sí sé es que molesté muchísimo a mi padre”.
La historia tiene bastante miga: hija de un policía ultraconservador, sexta de siete hermanos y estudiante brillante, Rosa termina metida en grupos políticos clandestinos mientras en casa aquello cae como una bomba de mano en mitad del comedor. “Mi padre era muy, muy, muy de derechas. Muchísimo. Y entonces la policía vino a buscarme porque yo me había metido en un grupo político. Imagínate la mezcla”. Se ríe. “Mi padre se debatía entre darme con el zapato y una cierta admiración”.
Durante aquellos años llegó incluso a estar en libertad provisional y con el pasaporte retirado, aunque insiste en que nunca utilizó eso como propaganda alrededor de sus canciones. “Yo vendía canciones. Nunca vendí mi vida privada ni mi situación política. Otra cosa es mi compromiso personal”.
Compromiso que sigue manteniendo hoy, aunque ya desde bastante distancia respecto a la política institucional. “A la política le falta un poco de todo”, dice. “Pero también he conocido muchísima gente estupenda dentro de la política. Lo que pasa es que las noticias siempre son los horrorosos”.
Mientras habla, Rosa León salta de María Elena Walsh a Aute, de los niños a la poesía, de la televisión pública de los setenta al trap contemporáneo, y uno tiene la sensación de estar escuchando no solo a una cantante, sino a una mujer que ha atravesado varias Españas distintas sin perder del todo el humor ni la curiosidad. Quizá por eso este disco suena menos a regreso nostálgico que a conversación retomada. Como esos amigos a los que uno deja de ver veinte años y, aun así, a los cinco minutos ya están hablando exactamente donde lo dejaron la última vez.
