Jacobo García, la vida al límite de un corresponsal: "Hay historias que no he contado nunca, prefiero que vivan solo dentro de mi"
El periodista resume dos décadas en América Latina en 'Años Luz' (Anagrama), un libro en el que caben desde golpes de estado hasta desastres naturales, pasando por una entrevista (fallida) con Shakira
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MadridDurante un momento de la entrevista con el periodista Jacobo García (Monforte de Lemos, Lugo, 1976) surge la duda del porqué de título de su libro Años Luz, subtitulado como Dos décadas de una crónica latinoamericana y editado por Anagrama (ganador del 7º Premio Anagrama de Crónica / Fundación Giangiacomo Feltrinelli). Al final, surgen dos ideas: una, que tiene que ver con la sensación para un corresponsal de que los años fuera duran más; y otra, con la sensación de que lo que sucede en América Latina pasa a mucha distancia de nosotros, los lectores españoles.
Después de más de dos décadas recorriendo América Latina y cubriendo algunos de los principales acontecimientos internacionales, García está de vuelta en España. Pero sigue dando testimonio de lo vivido allí en Años Luz, que recoge experiencias, encuentros y aprendizajes de una vida dedicada al periodismo sobre el terreno. Pero el libro también habla de lo que queda fuera de campo: las conversaciones que uno decide guardar, los compañeros que ya no están y la huella que imprime en uno haber vivido durante años al otro lado del mundo.
Después de tantos años fuera, recorriendo países y cubriendo acontecimientos sobre el terreno, ¿qué es lo que más echas de menos de aquella etapa?
Lo que más echo de menos son los reportajes sobre el terreno. A este lado, el politiqueo ocupa demasiado espacio, así que, sí, echo de menos ese contacto con el barro, por decirlo de alguna manera.
Después de tanto tiempo viviendo de un lado para otro, ¿cómo se vuelve a una vida más ordenada? ¿Te ha costado adaptarte?
Sí, me está costando. Cuando vivía fuera, tenía mucho contacto con España. Leía la prensa, escuchaba la radio y seguía la actualidad, así que cuando volví, pensé que lo hacía a un país que conocía. Sin embargo, cuando regresas, te das cuenta de que no lo conoces tan bien y de que te has perdido muchas cosas que han ocurrido durante los últimos veintitantos años. Además, el país ha cambiado, pero tú también lo has hecho. Me está costando incluso afinar el olfato periodístico, que era algo que creía que tenía bastante perfeccionado. Está siendo una transición un poco extraña, tanto en lo personal como en lo profesional.
Después de haber cubierto conflictos en América Latina, Asia o Ucrania, ahora te ocupas también de cuestiones como la crisis de la vivienda en España. ¿Cambia tu perspectiva sobre los problemas cuando has visto situaciones tan distintas en otras partes del mundo?
La verdad es que no soy un adicto a la adrenalina. No voy buscando conflictos allá por donde voy ni ha sido mi voluntad nunca dedicarme exclusivamente a cubrir guerras o situaciones problemáticas, aunque en América Latina me ha tocado contar muchos conflictos. Ahora me ha tocado trabajar con un tema como la crisis de la vivienda, que me parece interesantísimo. Lo que ocurre es que son problemáticas menos evidentes que otras que he cubierto en América Latina. Allí puedes encontrarte con una caravana de diez o doce mil migrantes que avanza hacia Estados Unidos, o con un volcán cuya erupción tienes delante de los ojos. En esos casos, el trabajo consiste en ir y contarlo.

Cuentas que en ocasiones te ha costado mucho dormir, especialmente en México. ¿Cómo te ha afectado vivir durante tanto tiempo en lugares donde la incertidumbre forma parte de la vida cotidiana?
Es cierto: creo que duermo mejor desde que vivo en España (risas). Pero la falta de sueño no tiene que ver necesariamente con la violencia. Hay otras circunstancias que te mantienen alerta. Por ejemplo, cuando vives en una zona sísmica y tienes que tener preparada una bolsa junto a la puerta con el pasaporte, dinero, un botiquín y otras cosas que puedas necesitar en una emergencia. A veces pasaba un camión cerca de casa, la vivienda vibraba un poco y ya pensabas que podía ser un terremoto. Pegabas un salto.
En el libro aparecen historias que no llegas a desarrollar del todo y que nunca has publicado. ¿Qué tienen esas historias para que hayas decidido guardártelas?
A veces son historias que, si las pasas al papel, sientes que las vas a manosear o a distorsionar. Así que, por ahora, viven únicamente dentro de mí. A veces prefiero dejarlas ahí. Creo que me dan calorcito: me acompañan y forman parte de lo que soy. No significa que esté guardándome material para dos o tres libros más, porque tampoco estoy escribiendo mis memorias. Simplemente, hay cosas que no necesito contar.
Hablas de las dificultades económicas de trabajar como freelance. ¿Sigue compensando dedicarse a esto?
Es curioso, porque la etapa que recuerdo como la más complicada económicamente fue también la más feliz de mi vida. Podía pasar tres meses en Haití, cinco o seis meses en otros lugares y permanecer allí porque era freelance. Hoy eso es mucho más difícil. Los medios te mandan a un sitio, estás cuatro o cinco días y vuelves. Creo que el margen que te daba aquella precariedad, paradójicamente, te permitía meterte en un país hasta el tuétano. Y todo eso termina conformándote y formando parte de tu piel.
Tuve suerte de pertenecer a una generación que todavía podía vivir así, pero creo que ese mundo se ha ido desmoronando poco a poco. Hoy veo muy complicado trabajar así por las tarifas que hay.
En muchas de las historias que cuentas aparecen mujeres que luchan por encontrar a sus hijos, por defender los derechos humanos o por sostener a sus comunidades. ¿Qué has aprendido de ellas?
Suelo decir, medio en broma, que el machismo se inventó en España y se perfeccionó en América Latina. Pero es cierto que en muchos de los países que he cubierto, las mujeres están muy invisibilizadas en distintos ámbitos de la vida. Sin embargo, cuando voy a hacer un reportaje, muchas veces son las voces más valientes. He hecho numerosos reportajes sobre madres que buscan a sus hijos, pero no recuerdo haber hecho ninguno sobre hombres que hagan lo mismo.
Al final, en mis reportajes casi siempre termino trabajando con mujeres. En algunos reportajes he pasado diez días hablando exclusivamente con ellas: abogadas, fiscales, procuradoras y defensoras de los derechos humanos que se dedican a buscar a personas desaparecidas. Son mujeres que asumen una enorme responsabilidad, que se significan y que se exponen.
¿Por qué los personajes públicos y los artistas tienen esas dificultades para significarse políticamente o socialmente?
Creo que forman parte de una industria muy potente, que mueve a muchísima gente. Y cada vez vemos figuras internacionales más grises, más plásticas, cuyo objetivo parece ser no irritar a nadie, no molestar y evitar cualquier cosa que pueda provocar una cancelación.
Hace casi diez años, se celebró en la frontera entre Venezuela y Colombia un concierto por la paz en el que participaron artistas que se habían posicionado sobre la situación venezolana. Quise preguntarle a Shakira, por ser colombiana y por el impacto que había tenido la llegada de millones de venezolanos a su país, sobre aquella situación. Pero me invitaron a salir y en ese momento, te das cuenta de que, en ocasiones, estas estrellas ni siquiera son dueñas de sus propias palabras. Muchas figuras públicas optan por no decir nada que pueda incomodar a nadie.

En el libro recuerdas con mucho cariño la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. ¿Qué significó para ti aquella experiencia?
Creo que es una feria extraordinaria, además de un lugar especialmente divertido. Es divertida porque los escritores y la gente de la cultura se relajan y conviven mucho con los asistentes. Podías asistir a una charla y, después, encontrarte con García Márquez bailando salsa. Me dejó también unas cuantas arrugas, pero no por las preocupaciones, sino por haber disfrutado de todo aquello con una intensidad enorme. Querías estar en todas partes y no perderte nada.
Imagino que has conocido a muchos corresponsales de la vieja escuela...
Sí, tuve la suerte de conocer a muchos que se sabían los países en los que trabajaban al dedillo. Eran clases de historia con patas. Quizá no eran capaces de hacer un TikTok o un vídeo de análisis de cinco minutos, pero podían explicarte el significado de una victoria del PRI o la importancia de la llegada al poder de Lula. Muchos pasaban de los 60, pero no querían jubilarse.Cuando decidí volver a España, en parte lo hice porque no quería acabar así: viviendo durante cincuenta años en un país, sin saber muy bien cuándo dejarlo.
¿Crees que una de las cosas que más faltan hoy en el periodismo es precisamente contexto?
Sí, porque el periodismo también debería consistir en transmitir experiencia. Si hablamos del periodismo escrito, de las crónicas, ese aprendizaje resulta fundamental. En los medios de comunicación, el proceso ha sido especialmente dramático. Ha entrado gente mucho más joven, peor pagada y en una situación mucho más precaria. Hay muchos periodistas con enormes ganas de trabajar, pero se encuentran con una industria que termina devorando su vocación. Parece que importa más saber hacer un TikTok que haberse leído un libro de Martín Caparrós o de Leila Guerriero. Y no digo que los nuevos formatos no tengan valor: vivimos en este mundo y tenemos que trabajar con sus herramientas. Pero no podemos dejar de lado la lectura, el contexto y el conocimiento profundo de las historias.

De todas las figuras públicas que aparecen en el libro, ¿hay alguna que te haya impresionado especialmente?
Es difícil elegir una. Recuerdo con mucho cariño a Chavela Vargas y a Vicente Rojo, pintor y editor, de origen español y un tipo admirable. Pero también hay personas que no son famosas y que te enseñan muchísimo. Son, como decía Eduardo Galeano, los nadies: gente con dignidad, resistencia y una capacidad enorme para seguir adelante. Un ejemplo es Carlos Choc, un periodista mexicano que trabaja en un medio local. Es un tipo silencioso, discreto y que lucha solo por salvar su pueblo y defender su patrimonio. Y lo hace cobrando cuatro pesos, sin reconocimiento, demostrando una valentía y un coraje tremendos
Si ahora te dieran la opción de ir a cualquier lugar del mundo a contar historias, ¿cuál elegirías?
¡Qué buena pregunta! Creo que daría lo que fuera por contar la Cuba de ahora, el desmoronamiento que se está produciendo, porque es el fin de una etapa y es durísimo lo que se está viviéndose allí. Además, creo que está pasando con sordina, es una agonía en silencio... Un momento tan duro como interesante.

