Deporte

Julio García Mera o el difícil paso de jubilarte del deporte de élite: “Pasas de ser el dominador al novato”

Julio García Mera en la presentación de su libro
Julio García Mera en la presentación de su libro, ‘Cuando el deporte te abandona’. Julio García Mera
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¿Qué pasa cuando un deportista decide retirarse? ¿Qué pasa por su cabeza para decidir que ese es el momento adecuado para frenar y bajarse del único mundo que había conocido hasta ahora? Y lo más importante, ¿cómo afronta una nueva vida totalmente diferente a la que había llevado hasta entonces? Preguntas que no tienen una respuesta sencilla y que dibujan un panorama de incertidumbre para aquellas personas que han vivido a la velocidad de vértigo a la que se mueve el deporte profesional.

Cuestiones que aborda desde su experiencia Julio García Mera (Madrid, 53 años) con su libro ‘Cuando el deporte te abandona’. Una obra en la que la leyenda del fútbol sala (dos veces campeón del mundo y tres veces campeón de Europa con la Selección Española, además de ganar 5 Ligas, 5 Copas de España, 6 Supercopas y 3 Copas Intercontinentales con el Inter Movistar) trata de poner el acento en las dificultades del deportista profesional cuando tiene que adaptarse a un nuevo mundo.

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“En España es más difícil ser empresario y autónomo que campeón del mundo”. Es una frase a la que el exjugador de fútbol sala recurre con asiduidad. Es su forma de bajar el balón del deporte profesional al suelo. “Te lo explico muy sencillo, muy rápido. Si tienes cierto talento en un deporte, tú entrenas, vas mejorando y ese entrenamiento te va haciendo mejor, te vas metiendo en categorías superiores. Primero juegas el Campeonato de Madrid, luego es el Campeonato de España, luego ya eres internacional. Y sin embargo en España, por mucho que lo hagas bien en tu empresa, utilices el compliance, te apoyes en consultoras… nadie te asegura que vas a tener éxito. Ni de coña”.

Porque, cuando el deporte te abandona, lo hace sin pedir permiso en la mayoría de los casos. Y ese es precisamente el matiz que marca toda la diferencia. “Si tú decides abandonarlo, es el final soñado de todos los deportistas. Pero lo normal no es eso”, explica García Mera. Lo habitual es otra cosa: una lesión, un despido, una llamada incómoda. “Yo siempre digo que alguien o algo te derribará. En la vida se pasa y en el deporte también”.

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Ahí empieza todo. O termina. Según se mire.

Julio García Mera, el capitán de la España campeona del Mundo

El problema, como explica el exjugador, no es solo dejar de competir, sino dejar de ser. “Una parte tan importante de tu vida, que es el deporte profesional, en el que se identifica tanto el hacer con el ser, de repente te lo quitan”. Y claro, pasa lo que pasa: “Te quedas con un problema de identidad importante, a veces sin estar preparado”.

Descubriendo una nueva identidad

A partir de ese momento, el relato se vuelve menos épico y bastante más humano, porque lo que aparece no es un deportista colgando las botas con música de fondo, sino alguien intentando entender quién es cuando desaparece aquello que le definía. “Se te pone boca abajo la vida. O boca arriba, depende cómo lo veas”, y en esa frase cabe la desorientación y la sensación de haber perdido un idioma propio, porque el deporte de élite tiene mucho de código interno que fuera no siempre aplica y obliga a reaprender lo cotidiano desde cero, sin red y sin mapa.

Ese vértigo no se combate solo con actitud, porque el cuerpo sigue pidiendo competición y la cabeza sigue recordando lo que era vivir en el filo, así que el vacío no es solo de agenda, sino de sentido y de propósito. “Los momentos competitivos culmen, la presión, ese bicho que te devora por dentro, que al mismo tiempo te hace vivir”, resume, dejando claro que lo que realmente se pierde no es tanto el foco como la intensidad con la que se vivía todo.

El siguiente paso, el de la transición, es probablemente el más incómodo, porque implica aceptar que pasas de dominar un entorno a no entender del todo el siguiente. “Pasas de ser el experto, el dominador, a ser el bisoño, el novato”, lo que en la práctica significa empezar de nuevo sin la red de seguridad que te daba el talento trabajado durante años, con la sensación de que todo lo aprendido pierde valor o, al menos, deja de ser suficiente en un contexto que no entiende de medallas ni de títulos.

Esa pérdida de control se mezcla con una paradoja que define al deportista: toda su vida ha sido un entrenamiento para resistir, para insistir cuando todo invita a parar, y de repente se le pide lo contrario. “Te has levantado una y mil veces, piensas que va a haber la mil dos”, y por eso cuesta tanto identificar el momento de parar, porque el mismo carácter que te llevó arriba es el que ahora te impide soltar.

García Mera disputa un balón

En su caso, además, su retirada no fue una ruptura total, sino una continuidad que desde fuera parecía un premio. Pasó a un cargo en su propio club, pero sin poder vivirlo igual. De ahí ese primer pensamiento cuando lo tuvo que dejar. “Me estaban robando la vida, mi deporte. Si yo es lo que amo, ¿cómo me quitan esto?”, recuerda, evidenciando que el cambio no siempre se percibe como oportunidad cuando llega envuelto en una pérdida emocional tan clara.

Un proceso que requiere acompañamiento

Con el tiempo, la perspectiva cambia, y lo que al principio era vacío empieza a llenarse con herramientas que ya estaban ahí. “Tienes muchas destrezas que no sabes que las tienes, pero poco a poco vas descubriendo que están ahí”, explica, y ese descubrimiento progresivo permite reconstruir una identidad fuera del deporte sin renunciar del todo a lo anterior, trasladando hábitos, disciplina y formas de relacionarse que siguen siendo útiles en otros entornos profesionales.

El problema es que ese proceso no siempre se hace acompañado, pese a que ahora haya más recursos que nunca. “Al final, afortunadamente la sociedad se ha dado cuenta que hay que proteger al deportista. Ayudarle y acompañarle. Ahora bien, yo creo que el deportista, volviendo a las paradojas, que más lo necesita es el que menos acude a ellas”, reconoce, en una reflexión que apunta directamente a una cultura en la que pedir ayuda sigue viéndose como una debilidad cuando en realidad es parte del aprendizaje necesario para afrontar ese cambio de vida.

Mientras tanto, el deporte sigue evolucionando. “Se ha mejorado mucho en todos los aspectos”, dice, pero también deja una reflexión interesante: “El talento se ha hecho uniforme”, en un sistema que prioriza la eficacia frente a la singularidad y reduce el margen para lo diferente, para lo inesperado, para ese jugador que rompe esquemas y que hoy parece cada vez más raro dentro de estructuras cada vez más controladas.

En ese escenario, la vida después del deporte no deja de ser otra competición, menos visible pero igual de exigente, donde ya no hay títulos en juego pero sí estabilidad, sentido y equilibrio, y donde la incertidumbre sustituye a las certezas que antes marcaban el camino. “Ahora es otro deporte, que es la vida. Y en la jungla te comen”, resume, dejando claro que el verdadero reto no es dejar de jugar, sino aprender a hacerlo en un tablero completamente distinto, con reglas nuevas y sin el ruido familiar del pasado.