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Cómo y en qué invertir en 2026, según un experto: "Activos como el bitcoin continúan actuando como termómetro de liquidez"

Análisis de las tendencias inversoras en los mercados internacionales en 2026. Reuters
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Ya entrado el 2026, los mercados financieros encaran una fase distinta, más exigente y menos indulgente con los errores. La tendencia general sigue siendo alcista, pero ya no basta con “seguir invertido” sin criterio. Así lo advierte Javier Molina, analista de mercados de eToro, quien subraya que el nuevo año obliga a combinar disciplina, diversificación y una gestión real del riesgo. “La clave no es adivinar el próximo movimiento, sino participar con disciplina y gestión real del riesgo”, resume.

Tras varios ejercicios marcados por un liderazgo extremadamente concentrado en unas pocas grandes tecnológicas, el consenso del mercado apunta a una posible rotación. Sin embargo, Molina matiza que “una rotación real solo funcionará si el resto del mercado demuestra crecimiento de beneficios, no solo un relevo narrativo”. Es decir, no basta con que otros sectores tomen el testigo en el discurso: deben demostrarlo en resultados.

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Un mercado alcista, pero con valoraciones exigentes

Las valoraciones de las compañías de crecimiento siguen siendo elevadas, aunque todavía están respaldadas por ganancias sólidas. Por ello, el experto no plantea un abandono del liderazgo tecnológico, sino un ajuste inteligente: “Más que abandonar el liderazgo, la clave está en diversificar sin diluir calidad, incorporando sectores como salud y negocios con visibilidad de ingresos. No es un giro brusco, es un ensanchamiento del riesgo”.

En otras palabras, 2026 no exige salir del mercado, sino entenderlo mejor. La disciplina será más importante que nunca en un entorno donde las valoraciones están estiradas y el margen de error se reduce. “Indexar funciona, y muy bien, pero comprar sin criterio cuando las valoraciones están estiradas es perseguir mercado, no invertir”, advierte Molina.

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La política monetaria añade complejidad al escenario. El mercado descuenta pocos recortes adicionales y una tasa neutral que podría resultar menos cómoda de lo esperado. La liquidez no desaparece, pero sí se modera. “La liquidez sigue ahí, pero los bonos empiezan a exigir más disciplina. No es un cambio de régimen, es una advertencia temprana”, señala el analista.

Este matiz es relevante para este experto ya que los inversores ya no pueden confiar únicamente en un entorno monetario menos cómodo para sostener las valoraciones. La selección de activos y la gestión del riesgo vuelven a ocupar un papel central.

Bitcoin como termómetro de liquidez

En este contexto, los activos alternativos también ofrecen señales útiles. “Activos como bitcoin continúan actuando como termómetro de liquidez y apetito por riesgo”, explica Molina. Su comportamiento reciente lo confirma: estabilidad en precios, pero con una divergencia notable entre bitcoin y ethereum en términos de flujos.

En bitcoin, el 94 % de los últimos trades son compras, concentradas en tickets pequeños y en exchanges dominados por inversores minoristas. No se observa distribución institucional, pero sí una ausencia de compras agresivas desde plataformas profesionales. Esto sugiere un mercado sostenido por el retail mientras el capital institucional espera confirmación.

Ethereum, en cambio, muestra el patrón opuesto: “El 99% de los últimos trades son ventas, con flujo automatizado, presión constante y sin defensa clara del precio”. Su estructura técnica refleja más resistencia que soporte, reforzando su debilidad relativa frente a bitcoin.

La microestructura también aporta pistas: ambos activos han vivido una caída rápida con volumen elevado, seguida de un rebote técnico y una fase actual de compresión con volumen colapsado (−85%). Este tipo de entorno suele anticipar movimientos relevantes cuando aparece un catalizador.

Desde un punto de vista técnico, Molina identifica niveles clave: bitcoin necesita superar los 94.000 dólares con aumento de volumen para despejar el camino hacia los 100.000. Por abajo, los 84.000 dólares actúan como soporte de corto plazo, mientras que los 80.000 son la referencia crítica. Perderlos abriría la puerta a descensos hacia los 76.000 y 73.000 dólares.

Más allá de los precios, el analista advierte que el riesgo real no reside en una recesión clásica, sino en un deterioro no lineal del mercado laboral. Las empresas están cada vez más centradas en proteger márgenes, lo que genera una clara diferenciación entre compañías con balances sólidos y aquellas que dependen de promesas de retorno futuro.