INVERSIÓN

Cómo invertir con cabeza a partir de los 50: “Decir ‘lo dejo en el banco’ ha empobrecido a generaciones”

Dos hombres, frente a la pantalla de un ordenador portátil
Repasamos algunas nociones básicas de inversión. (Getty)
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A los 50 uno ya no quiere fuegos artificiales. Quiere estabilidad y dormir tranquilo. Y, si nos plantamos en los 65 con algo más que una pensión incierta y buenos recuerdos, mejor que mejor. Durante años, invertir parecía cosa de otros: de jóvenes agresivos (con conocimientos o sin ellos), de expertos financieros o de ese cuñado que habla de criptomonedas en todas las comidas familiares. Pero algo está cambiando. Cada vez más personas en la franja de los 45 a los 55 se hacen la misma pregunta incómoda: ¿Habré llegado tarde?

Gregorio Hernández, inversor y autor de ‘La riqueza empieza en tu cabeza’, lo tiene claro: no. “Quince años es mucho tiempo”, afirma. “Hay una cosa que tiene que entender la gente: al dinero le da igual la edad que tengamos”.

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Y esa idea, tan simple como contundente, desmonta uno de los grandes mitos que paralizan a quienes nunca han invertido. Pero antes de hablar de acciones, dividendos o rentabilidades, Hernández pone el foco en algo menos técnico pero mucho más incómodo: la responsabilidad personal.

“Hay gente que ve lo de invertir como algo excéntrico, como el que hace windsurf o colecciona relojes. Pero no es una afición. Es imprescindible para tu vida, para que esté ordenada”, explica. “Tienes que darte cuenta de que el responsable de tu vida eres tú”, zanja.

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Hay gente que ve lo de invertir como algo excéntrico, como el que hace windsurf o colecciona relojes. Pero no es una afición. Es imprescindible para tu vida

A los 50 ya no sirve mirar atrás y culpar al sistema educativo por no haber enseñado finanzas personales, aunque estés convencido de ello. Es el momento de pasar a la acción. “No vale decir que no te educaron financieramente. Eso a los demás les da igual. A quien le importa es a ti”, insiste.

El error silencioso

Durante décadas, el patrón fue claro: ahorrar y dejar el dinero en el banco. Seguridad ante todo. Pero esa seguridad tiene un enemigo invisible pero implacable: la inflación.

“Decir ‘como no sé nada, lo dejo en el banco’ ha empobrecido mucho a la sociedad durante generaciones”, sostiene Hernández. El razonamiento es incómodo, pero él lo respalda con datos macroeconómicos: Europa ahorra más que Estados Unidos en porcentaje de salario, pero invierte menos en bolsa. Resultado: menos riqueza acumulada. Ahorrar no basta. Hay que poner el dinero a trabajar.

Y aquí entra la segunda gran clave: no se trata de invertir en cualquier cosa, sino en algo que se pueda entender y valorar. Muchos potenciales inversores se escudan en la falta de conocimientos. “No inviertas en lo que no conoces”, dice el consejo clásico, también de cuñado en cena de Nochebuena, pero esta vez con algo más de consistencia o valor. Hernández está de acuerdo, pero añade un matiz: “Es una afirmación correcta, pero no vale no querer conocer las inversiones”.

Si no has aprendido hasta ahora, el momento es este. “Tu vida es tu responsabilidad. A nadie le van a importar tus excusas. Lo bueno es que aún estás a tiempo”, señala Gregorio.

Así es, la buena noticia es que, a los 50, se suele tener algo que no se tiene a los 25: capacidad de ahorro más estable y una visión más realista del futuro, con un extra de experiencia que en cualquier ámbito viene bien y el de la economía no iba a ser menos. Lo que falta, a menudo, es método.

La trampa de la adrenalina financiera

Vivimos en una era de titulares llamativos: bitcoin se dispara, una criptomoneda se multiplica por diez, el primo de un amigo ha convertido 5.000 euros en 70.000. Es difícil no sentir el cosquilleo. Pero aquí está el eje que propone Hernández: “Eso está bien para el que busque la adrenalina, pero no para vivir de ello”, sentencia.

Las criptomonedas están bien para el que busque la adrenalina, pero no para vivir de ello

La frase resume una diferencia fundamental. Las criptomonedas —como otros activos puramente especulativos— pueden generar grandes ganancias. También grandes pérdidas. Son una montaña rusa emocional. “Cuando sube, te pones contento. Cuando baja, te deprimes”, describe. Y el problema no es solo la volatilidad. Es la ausencia de rentas.

Para vivir de una inversión necesitas ingresos periódicos. Si no, tendrás que vender parte del activo para pagar tus gastos. “Y ahí no sabes cuánto vender cada mes ni cuánto vas a vivir”, advierte. “La adrenalina vende. Las rentas pagan facturas”, puntualiza..

“Al final vas a vivir de las rentas”, repite Hernández como una idea central. El concepto puede sonar antiguo, pero es profundamente práctico. Significa que el capital invertido genera ingresos periódicos —por ejemplo, dividendos— sin necesidad de vender el activo principal.

“Si a los 65 tienes que vender participaciones de un fondo cada mes, ves cómo el número baja: 10.000, 9.950, 9.920… Eso es angustioso”, afirma. En cambio, “si mantienes tus acciones y consumes los dividendos, el patrimonio permanece”.

“No es lo mismo ver que cada vez tienes menos participaciones que seguir teniendo las mismas acciones y vivir de lo que generan”, explica. Para quien tiene por delante 25 o 30 años de jubilación, esa diferencia no es menor. Y si el futuro es tan esperanzador como parece, quizá esos 30 años terminen por ser 40 o 50. ¿Qué pasa entonces?

La longevidad cambia el juego

Nuestros padres podían calcular una jubilación de 10 o 15 años. Hoy, una persona que se retire a los 65 puede vivir hasta los 90 o más. “Si durante 30 o 40 años te vas a estar comiendo lo que ahorraste durante toda tu vida laboral, son décadas angustiosas. Necesitas una renta que suba por encima de la inflación para vivir tranquilo”, advierte Hernández.

El enfoque cambia radicalmente: no basta con acumular un patrimonio. Hace falta que ese patrimonio produzca ingresos crecientes. Y eso requiere tiempo. Por eso empezar a los 50 no es tarde, pero sí es urgente.

¿Cuánto hay que ahorrar?

No existe una cifra mágica. Depende del nivel de vida deseado. Pero sí existe una lógica. “Si empiezas con cero rentas, tu objetivo tiene que ser que esas rentas vayan creciendo hasta que sean suficientes para vivir como tú quieras”, explica Hernández.

En términos prácticos, ahorrar una parte constante del sueldo durante 15 o 20 años e invertir en activos que generen ingresos puede permitir llegar a la jubilación con una renta complementaria significativa.

La clave no es un porcentaje de rentabilidad puntual —que puede variar según el año—, sino la tendencia de las rentas a lo largo del tiempo. “No hay que obsesionarse con ganar un 50% un año. Eso no va a pasar todos los años. Lo importante es que las rentas crezcan a un ritmo que, en tu horizonte de vida, te permita vivir de ellas”, apunta Hernández.

No hay que obsesionarse con ganar un 50% un año

¿Y qué pasa con el contexto? Para alguien sin demasiados conocimientos, sin duda, puede suponer un freno. Guerras, crisis, elecciones. Parece que nunca es buen momento.

Siempre ha habido problemas. Desde la Segunda Guerra Mundial hasta las crisis financieras recientes, la historia está llena de sobresaltos. Y, sin embargo, a largo plazo, invertir ha sido mejor que no invertir. El momento en que alguien diga que ya está todo tranquilo y no va a haber ningún follón no va a llegar nunca”, afirma.

El momento en que alguien diga que ya está todo tranquilo y no va a haber ningún follón no va a llegar nunca

La cultura financiera actual ha puesto de moda, o al menos sobre la mesa de quien se interesa por el tema, el riesgo extremo, pero la jubilación no se construye con épica sino con estrategia. Y por ahí aparece la idea de que empezar a los 50 no debe consistir en intentar recuperar el tiempo perdido con apuestas agresivas. “Consiste en aceptar que quedan 15 años y que pueden ser suficientes para levantar una segunda columna de ingresos basadas en las rentas”, comenta Gregorio.

Se trata de entender que la riqueza no empieza en el mercado, sino en la cabeza. Y que, como dice Gregorio Hernández, “al dinero le da igual tu edad; lo que importa es que empieces”.