Diferencias fiscales entre autónomos y sociedades: situaciones en las que compensa dar el salto

Muchos profesionales retrasan el cambio a una Sociedad Limitada (SL) por desconocimiento o por temor a la burocracia.
Muchos profesionales retrasan el cambio a una Sociedad Limitada (SL) por desconocimiento o por temor a la burocracia.. Unplash
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Constituirse como autónomo sigue siendo la vía más habitual para iniciar un negocio en España. La rapidez de los trámites, la menor carga administrativa y la posibilidad de empezar a facturar en pocos días hacen de esta fórmula la más elegida por miles de emprendedores cada año.

Sin embargo, conforme la actividad crece y los beneficios aumentan, mantener esa estructura puede dejar de ser la opción más eficiente desde el punto de vista fiscal, financiero y empresarial.

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Muchos profesionales retrasan el cambio por miedo a la burocracia o por pensar que todavía no ha llegado el momento.

Según datos del INE, más del 60% de los negocios en fase de crecimiento continúa operando como autónomo más tiempo del recomendable, una decisión que en muchos casos termina traduciéndose en una mayor factura fiscal.

El crecimiento del negocio marca el momento de plantearse el cambio

Dar el salto a una Sociedad Limitada no es solo cosa de impuestos. También influye en la capacidad de crecimiento de la empresa.

Según datos del INE Empresas, las sociedades limitadas con un único fundador crecen un 28% más rápido que muchos negocios que permanecen como autónomos.

Además, informes del Consejo General de Economistas señalan que el 55% de los autónomos con beneficios elevados paga más impuestos de los necesarios por no constituir una sociedad cuando su actividad ya lo justificaría.

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La financiación también cambia. El Banco de España apunta que las sociedades tienen un 40% más de posibilidades de acceder a financiación bancaria que los trabajadores por cuenta propia.

Y claro, una diferencia importante cuando llega el momento de ampliar instalaciones, contratar personal o invertir en nuevos proyectos.

Las diferencias fiscales y legales entre ambas figuras

La primera gran diferencia afecta a la responsabilidad patrimonial. Mientras el autónomo responde con todos sus bienes personales frente a las deudas derivadas de la actividad, en una Sociedad Limitada la responsabilidad queda limitada, con carácter general, al capital aportado.

La tributación también cambia de forma significativa. El autónomo declara sus beneficios mediante el IRPF, un impuesto progresivo cuyos tipos pueden alcanzar el 47% dependiendo del nivel de ingresos y de la comunidad autónoma.

En cambio, la Sociedad Limitada tributa mediante el Impuesto sobre Sociedades, cuyo tipo general es del 25%.

Las señales que indican que ha llegado el momento de crear una SL

No existe una cifra universal que obligue a cambiar de modelo, aunque hay expertos que sitúan el punto de inflexión entre los 40.000 y 50.000 euros de ingresos anuales o, especialmente, cuando el beneficio neto comienza a situarse entre los 45.000 y los 60.000 euros.

También conviene valorar el cambio cuando el negocio asume contratos de mayor responsabilidad, existe un riesgo jurídico creciente o se necesita reinvertir parte de los beneficios.

En una sociedad, los beneficios que permanecen dentro de la empresa permiten planificar mejor futuras inversiones y el crecimiento del negocio.

La planificación también resulta fundamental para optimizar la retribución del socio. El administrador puede combinar salario y dividendos dentro del marco legal, una fórmula que ofrece más posibilidades de organización fiscal que el régimen del trabajador autónomo.

Los nuevos costes y cómo evitar errores durante la transición

Constituir una Sociedad Limitada implica asumir nuevas obligaciones. Según el Colegio de Registradores de España, el desembolso inicial suele situarse entre los 300 y los 600 euros, incluyendo notaría, inscripción registral, gestoría y demás trámites de constitución.

A partir de ese momento aparecen gastos periódicos relacionados con la contabilidad, la presentación de impuestos, el depósito de cuentas anuales y el cumplimiento de las obligaciones mercantiles. Ese incremento del gasto debe verse compensado por un ahorro fiscal y por una estructura empresarial más eficiente.

Pero ojo, que también hay fallos frecuentes durante la transición. Mezclar las cuentas personales con las de la empresa, mantener hábitos propios del autónomo, no diferenciar el papel de socio y administrador o copiar estructuras diseñadas para otros negocios son errores que pueden generar problemas fiscales y legales.