La recomendación es poner la temperatura del termo entre 55 y 60 grados
Gas o electricidad: qué sistema resulta más eficiente para calentar agua en una vivienda media
El termo eléctrico de casi todas las viviendas españolas viene ajustado de fábrica a una temperatura por encima de la que hace falta. Setenta, setenta y cinco, incluso ochenta grados. Nadie lo toca. La imagen mental del cuadrante con la aguja al fondo transmite una sensación de reserva confortable, de agua caliente asegurada. Y en la factura eléctrica, esa aguja cuesta hasta un 20% más de lo necesario al mes. El gesto que muchos hogares pasan por alto es sencillo, gratuito y reversible, y pasa por bajar el termostato a la horquilla que los ingenieros del sector recomiendan desde hace años, entre cincuenta y cinco y sesenta grados centígrados.
Para calcular lo que consume un termo eléctrico, Repsol difunde en su portal técnico una fórmula que cualquier usuario puede aplicar: litros del termo multiplicados por 0,001166 multiplicado por la diferencia entre la temperatura del agua fría de entrada y la temperatura seleccionada. La constante 0,00116 es la energía en kilovatios hora necesaria para calentar un litro de agua un grado centígrado.
Cuanto mayor es el salto térmico que exige el usuario al aparato, mayor es la energía que consume. Y cuanto mayor es la temperatura de acumulación, mayor es la pérdida por dispersión térmica del propio depósito, que trabaja sin parar para compensar el enfriamiento que le provoca el aire ambiente. Los técnicos lo llaman consumo en reposo. En un termo estándar de ochenta litros supone entre uno y medio y dos kilovatios hora al día. Un tercio del gasto total en agua caliente sanitaria de una vivienda media puede corresponder solo a esa dispersión.
Ese consumo de fondo es el que se contiene bajando el termostato. Un termo ajustado a cincuenta y cinco grados no solo calienta menos, sino que también pierde menos calor cada hora. Un ajuste a cincuenta grados es más que suficiente para la mayoría de los usos domésticos y compatible con la ducha diaria de la mayor parte de las familias. La ducha típica se toma en torno a los treinta y ocho grados, mezcla de agua caliente con agua fría del grifo. Cada grado por encima de esa referencia que se acumule en el depósito es un grado que el termo tiene que producir y mantener durante toda la jornada, sin uso real posterior.

El límite que sí conviene respetar
Existe, sin embargo, una razón sanitaria por la que el termostato no debe bajar más allá de cierto umbral. La bacteria Legionella pneumophila, causante de la neumonía atípica del mismo nombre, prolifera con particular eficiencia en agua estancada por debajo de los cincuenta grados centígrados. Por eso el sector recomienda no descender de los cincuenta y cinco grados como temperatura de acumulación en el interior del termo, aunque el agua se consuma después a cuarenta después de mezclarse con el suministro frío del grifo.
Esa doble consideración, el techo por eficiencia y el suelo por seguridad sanitaria, define una horquilla operativa muy precisa. Cincuenta y cinco a sesenta grados. Con esa configuración se obtiene el mejor equilibrio entre consumo, confort y prevención de riesgos infecciosos.
Un segundo gesto multiplica el efecto del primero. Los termos modernos incorporan un temporizador digital que permite programar los ciclos de calentamiento en las franjas horarias en las que la electricidad es más barata. Los usuarios con tarifa PVPC disponen de un tramo valle nocturno cuyo precio del kilovatio hora suele ser sensiblemente inferior al de las horas punta. Programar el termo para que caliente el agua durante ese tramo, típicamente entre las 24:00 y las 8:00, y desactivarlo durante el día, permite acumular el volumen necesario a coste reducido y aprovecharlo durante la jornada sin volver a activar la resistencia. La combinación de las dos decisiones reduce, según los cálculos de la mayoría de comercializadoras, entre un quince y un veinticinco por ciento del gasto mensual en agua caliente sanitaria de una vivienda que hasta entonces operaba en régimen convencional.
Ninguna de las dos operaciones exige realizar un desembolso. La primera se ejecuta en el propio termostato del aparato, con un giro de rueda o unos toques en la pantalla táctil. La segunda depende de que el termo disponga de programadoro, en caso contrario, de la instalación de un temporizador enchufable que ronda los quince o veinte euros. La factura del mes siguiente será más baja sin que el usuario haya percibido nada distinto en la temperatura del agua caliente que sale por el grifo.

