Los trucos de ‘Lucía, mi pediatra’ para lidiar con los cambios de tu hijo adolescente: "Necesita afecto, pero también límites”

Hablamos con la autora de 'Adolescencia' (Planeta) sobre cómo poner límites, acompañar y proteger a los hijos sin convertirlo en una batalla constante
Por qué tu hijo adolescente se empeña en cortarse el pelo como los de su clase: "No ridiculices su forma de encajar"
Cuando los hijos llegan a la adolescencia los padres descubren, de pronto, que las certezas de la infancia ya no sirven demasiado. El niño que contaba sus secretos puede encerrarse en su habitación, el que aceptaba las normas empieza a discutirlas y el que buscaba refugio en la familia ahora mira hacia sus amigos o a las redes sociales.
Acompañar a los hijos en este complicado tránsito exige aprender un nuevo lenguaje sin renunciar a algo esencial: seguir siendo un lugar seguro al que puedan volver. Porque no es una etapa exenta de riegos. La ansiedad y la depresión, la presión estética, el bullying, las relaciones afectivas o el uso excesivo de la tecnología plantean nuevas preguntas a las familias.
Hablamos con la pediatra y divulgadora Lucía Galán Bertrand, también conocida como 'Lucía, mi pediatra' y autora del libro 'Adolescencia' (Planeta), para saber qué hay detrás de algunas de estas conductas, qué señales deberían encender las alarmas y, sobre todo, cómo pueden los padres poner límites, acompañar y proteger sin convertir la adolescencia en una batalla constante.
Muchos padres boomers o de la Generación X crecimos con una educación más autoritaria que la actual. ¿Dónde está el equilibrio entre darles libertad y pasarnos de inflexibles?
Venimos de un modelo bastante autoritario: “porque lo digo yo”, “mientras vivas bajo mi techo…”. Y ahora, quizá por miedo a repetir aquello que vivimos, a veces nos hemos ido al extremo contrario: evitar cualquier conflicto, negociar absolutamente todo o confundir acompañar con permitir.
Y nuestros hijos necesitan otra cosa. Necesitan afecto, escucha y respeto, sí, pero también límites. Un adolescente todavía no tiene un cerebro adulto y, aunque reclame libertad, necesita adultos que ejerzan de adultos.
Para mí el equilibrio está en una frase: libertad progresiva, responsabilidad progresiva. Cuanto más demuestras que sabes cuidarte y tomar buenas decisiones, más espacio ganas. Y habrá límites no negociables cuando esté en juego su seguridad, su salud o el respeto a los demás.
Danos tres pautas para seguir siendo una figura de referencia cuando nuestros hijos parecen escuchar más a sus amigos, a los influencers o a cualquier persona antes que a nosotros
La primera: no compitas con sus amigos. En la adolescencia el grupo de iguales adquiere una importancia enorme porque están construyendo su identidad. Que sus amigos ocupen ahora mucho espacio no significa que nosotros hayamos dejado de importar. ¿Qué podemos hacer? Interesarnos por su mundo sin invadirlo ni desacreditarlo. En lugar de decir: “Es que esos amigos no me gustan nada”, podemos preguntar: “¿Qué es lo que más te gusta de estar con ellos?” o “¿Qué piensas de esa reacción tan agresiva que tuvo Nacho esta tarde a la salida del instituto? Me sorprendió un poco ¿y a ti?”. Cuando sienten que no vamos a juzgar inmediatamente a las personas que son importantes para ellos, es mucho más probable que nos sigan dejando entrar.
La segunda: escucha más de lo que sermoneas. Si cada vez que te cuenta algo recibe inmediatamente un juicio, una lección o un “ya te lo dije”, dejará de contártelo. Una estrategia muy sencilla es preguntar antes de responder: “¿Quieres que te dé mi opinión o prefieres que simplemente te escuche?”. Muchas veces no buscan que resolvamos el problema, sino poder contarlo sin sentirse examinados. Y cuando de verdad necesitan ayuda, si hemos sabido escuchar antes, acudirán a nosotros con mucha más facilidad.
Y la tercera: sé coherente. Podemos decirles muchas cosas, pero aprenden muchísimo más observándonos. Si quiero que mi hijo gestione bien el móvil, cuide sus relaciones o trate a los demás con respeto, tendrá que verlo también en mí. No podemos pedirle que deje el teléfono durante la cena mientras nosotros contestamos mensajes, ni exigirle que gestione bien su enfado si nos ve perder los papeles constantemente. La autoridad se construye también con el ejemplo. Seguimos siendo su faro, aunque durante una temporada parezca que navegan mirando hacia otro lado.
Tres señales de alerta que nos permitan distinguir una crisis adolescente pasajera de un problema psicológico que necesita atención profesional, especialmente cuando nuestro hijo parece estar bien de puertas afuera
Más que fijarnos en un comportamiento aislado, debemos observar la intensidad, la duración y el impacto que está teniendo en su vida.
Me preocuparía especialmente un cambio mantenido respecto a cómo era nuestro hijo: aislamiento creciente, irritabilidad o tristeza persistentes, abandono de actividades que antes disfrutaba, alteraciones importantes del sueño o la alimentación, caída brusca del rendimiento, consumo de sustancias, autolesiones o verbalizaciones de desesperanza.
Y algo muy importante: que un adolescente se ría con sus amigos, vaya al instituto o suba vídeos sonriendo no significa necesariamente que esté bien. Muchos chicos sostienen una aparente normalidad fuera de casa mientras sufren muchísimo por dentro. Ante frases como “no puedo más”, “no valgo para nada”, “ojalá no estuviera aquí” o cualquier referencia a hacerse daño o morir, hay que preguntar directamente y buscar ayuda profesional. Preguntar por suicidio no induce al suicidio; puede abrir una puerta para pedir ayuda.
La presión estética ya no procede únicamente de las revistas o la televisión, sino de Instagram, TikTok y los filtros. ¿Qué indicios pueden alertarnos de que una preocupación por la alimentación, el peso o el aspecto físico está evolucionando hacia un trastorno serio?
Cuando la preocupación empieza a ocupar demasiado espacio mental y a condicionar la vida cotidiana. Por ejemplo, eliminar cada vez más alimentos, saltarse comidas, comer a escondidas, obsesionarse con calorías o etiquetas, pesarse repetidamente, hacer ejercicio de manera compulsiva o sentir una culpa intensa después de comer.
También debemos estar atentos a cambios en la forma de vestir para ocultar el cuerpo, evitar comer en familia o con amigos, compararse constantemente, mirarse o evitar mirarse al espejo, cambios importantes de peso o una insatisfacción corporal cada vez mayor.
Y no debemos esperar a que exista una pérdida de peso llamativa. Los trastornos de la conducta alimentaria pueden aparecer en cuerpos de cualquier tamaño. Cuanto antes detectemos el problema y pidamos ayuda especializada, mejor será el pronóstico.
¿Qué podemos hacer cuando vemos que nuestro hijo se relaciona con un grupo que consideramos perjudicial, sin provocar que se cierre todavía más?
Lo primero es evitar atacar frontalmente a sus amigos. Si empezamos con “ese chico no me gusta” o “tus amigos son una mala influencia”, probablemente lo primero que hará nuestro adolescente será defenderlos y dejar de contarnos cosas.
Es mucho más útil hablar de conductas concretas: “Desde que sales con ellos llegas a casa angustiado”, “he observado que estás faltando a clase” o “me preocupa que estés haciendo cosas que antes decías que no querías hacer. ¿Te encuentras bien, cariño? Estoy un poco preocupada”.
Y, paralelamente, abrir el campo: favorecer deporte, otras actividades al aire libre, en familia, viajes, otros grupos de amigos y otros espacios donde pueda conocer gente diferente. No siempre conseguimos que un adolescente abandone una amistad diciéndole que la abandone. Muchas veces lo conseguimos.
¿Cómo debemos reaccionar si nuestro hijo nos cuenta que está siendo acosado? ¿Qué es lo primero que necesita escuchar de nosotros?
Lo primero que necesita escuchar es: “Te creo. No hay nada malo en ti. Gracias por contármelo. No es culpa tuya y no estás solo. Vamos a ayudarte. Estamos juntos en esto”
Parece sencillo, pero es importantísimo. Muchos niños y adolescentes tardan semanas o meses en contarlo porque sienten vergüenza, miedo a que la situación empeore o incluso culpa. Por eso nuestra primera reacción no puede ser un interrogatorio ni un “¿pero por qué no me lo habías dicho antes?”. Tampoco un “ignóralos”, “defiéndete” o “son cosas de niños”. El acoso no es un conflicto entre iguales que tengan que resolver solos.
Después toca escuchar, recoger información, guardar pruebas si las hubiera, comunicarlo al centro educativo y activar los protocolos. Y valorar cómo está emocionalmente nuestro hijo. No basta con conseguir que cese el acoso; hay que reparar también el daño que ha dejado.
¿Y si descubrimos que nuestro hijo está participando en conductas de acoso? ¿Cómo intervenimos?
Esta es una de las situaciones más difíciles para unos padres, porque la primera reacción muchas veces es negarlo: “Mi hijo no haría eso”. Pero negar, minimizar o justificar lo ocurrido no le ayuda. Tenemos que transmitir dos mensajes simultáneamente: “Te quiero y voy a estar a tu lado, pero esta conducta es inaceptable.” Querer a nuestros hijos no significa justificar todo lo que hacen.
Hay que averiguar qué ha ocurrido, colaborar con el centro, establecer consecuencias proporcionadas y trabajar la responsabilidad y la reparación del daño. Pero también preguntarnos qué hay detrás: ¿busca aceptación del grupo?, ¿imita comportamientos?, ¿hay dificultades emocionales?, ¿falta de empatía?, ¿también está sufriendo?
Y evitaría etiquetarlo: un adolescente que ha acosado no está condenado a ser “un acosador” para siempre. No queremos humillarle; queremos que comprenda el daño causado, saber si responde a un dolor interno suyo que desconocemos, que asuma su responsabilidad y aprenda una manera diferente de relacionarse.
Tenemos que hablar de pornografía antes de que la pornografía hable con ellos. Porque si nosotros no ocupamos ese espacio educativo, probablemente lo ocupará internet
En cuanto a la educación sexual, ¿qué tres ideas fundamentales debemos transmitirles sobre el respeto a los límites propios y ajenos?
La primera: tu cuerpo es tuyo y el cuerpo del otro es del otro. Nadie tiene derecho al cuerpo de otra persona por ser su pareja, porque antes haya dicho que sí o porque anteriormente hayan tenido relaciones.
La segunda: el consentimiento tiene que ser libre, claro y reversible. Se puede cambiar de opinión en cualquier momento. Un “sí” de ayer no significa un “sí” hoy. Y el silencio, el bloqueo o la duda tampoco significan consentimiento.
Y la tercera: no solo hay que aprender a decir “no”; también hay que aprender a escuchar el “no” del otro. Y esto es fundamental. La educación sexual no debería reducirse a hablar de embarazos o infecciones. Tenemos que hablarles de deseo, respeto, buen trato, responsabilidad, reciprocidad y cuidado. Porque eso también es educación sexual.
¿Cómo hablar con los hijos de pornografía y de los modelos de sexualidad que pueden encontrar en internet sin recurrir únicamente al miedo o la prohibición?
Tenemos que hablar de pornografía antes de que la pornografía hable con ellos. Porque si nosotros no ocupamos ese espacio educativo, probablemente lo ocupará internet.
Y yo suelo explicarlo con una comparación sencilla: la pornografía es una ficción creada para excitar; no es un tutorial sobre cómo son las relaciones sexuales reales, del mismo modo que una película de acción no nos enseña a conducir.
A partir de ahí podemos hablar de todo lo que normalmente no aparece en el porno: consentimiento real, comunicación amorosa, afecto, ternura, preservativos, inseguridades, cuerpos diversos, respeto a los límites de cada uno, tiempos y ritmos y placer compartido. Y también explicar que determinados contenidos pueden presentar como normales conductas agresivas o relaciones de poder que no deberían trasladarse a la vida real.
Prohibir sin explicar puede conseguir únicamente que dejen de hablarnos del tema. Nuestro objetivo no debería ser solo controlar lo que ven, sino proporcionarles criterio para interpretar lo que ven.
¿Es conveniente establecer límites horarios y espacios libres de pantallas? ¿Cómo hacerlo sin que las normas se conviertan en una batalla diaria?
Sí, porque hay momentos que debemos proteger: el sueño, las comidas, el estudio, el deporte, las relaciones familiares y el tiempo de descanso sin estimulación constante.
Pero hay algo fundamental: funcionan mucho mejor las normas familiares que las normas impuestas exclusivamente al adolescente. Por ejemplo: en casa no hay móviles durante la cena; por la noche se cargan fuera de las habitaciones; cuando alguien está hablando contigo, no estás mirando constantemente la pantalla. Y eso nos incluye a los adultos.
Porque resulta difícil pedirle a un adolescente que deje el móvil mientras nosotros contestamos WhatsApps durante toda la cena.
También conviene explicar el porqué y revisar progresivamente los límites a medida que aumenta su responsabilidad. El objetivo final no es criar adolescentes vigilados, sino adultos capaces de autorregularse.
Tres preguntas que recomiendes hacer a nuestros hijos de forma habitual para que se abran con sinceridad sobre cómo se encuentran
Primero diría algo importante: no hace falta convertir cada llegada del instituto en un interrogatorio. Muchas de las mejores conversaciones con adolescentes aparecen de lado: conduciendo, paseando al perro, cocinando o compartiendo cualquier otra actividad. Así que estate atento, yo las llamo las ventanas de oportunidad, porque son auténticas ventanas de comunicación que se abren de vez en cuando: cuando lo recoges del entrenamiento, por la noche justo cuando entras a darle un beso… ¡No las desaproveches!
Una pregunta sencilla sería: “¿Qué ha sido lo mejor y lo peor de tu día?”. Es mucho más fácil responder a eso que al clásico “¿qué tal el instituto?”, que casi siempre termina en un “bien”.
Otra: “¿Hay algo que te esté preocupando últimamente?”. A veces añadimos: “No tienes que contármelo ahora, pero si lo necesitas, estoy aquí”. Y dejamos la puerta abierta.
Y una tercera que a mí me parece maravillosa: “¿Quieres que te ayude a buscar una solución o prefieres que simplemente te escuche?” Porque los adultos tenemos una tendencia enorme a resolver cuando muchas veces nuestros hijos solo necesitan sentirse escuchados.
No dejes de llamar a su puerta solo porque durante un tiempo parezca que no quiere abrirla
¿Qué mensaje le darías a un padre o una madre de 50 años que siente que ha perdido la conexión con su hijo adolescente y no sabe cómo recuperarla?
Le diría que no dé la relación por perdida. La adolescencia puede producir una sensación muy desconcertante. Aquel niño que entraba en nuestra habitación para contarnos absolutamente todo ahora cierra la puerta, contesta con monosílabos y parece preferir a cualquier persona antes que a nosotros. Y muchos padres lo viven casi como un pequeño duelo.
Pero hay algo que debemos entender: alejarse de nosotros forma parte del proceso de crecer; dejar de necesitarnos, no. No intentemos recuperar al niño que fue. Intentemos conocer al adolescente que tenemos delante. Interesémonos genuinamente por lo que escucha, lo que ve, las personas que le importan, lo que le preocupa y lo que sueña, aunque no siempre lo comprendamos.
Y no esperemos una conversación espectacular que repare de repente todos estos meses de distancia. Los vínculos se recuperan en lo pequeño: sentándonos cinco minutos en el borde de su cama, compartiendo una serie, llevándolo en coche, dando un paseo, preparando juntos algo que le gusta o estando disponibles cuando, inesperadamente, decide hablar.
Y sobre todo le diría: no dejes de llamar a su puerta solo porque durante un tiempo parezca que no quiere abrirla.
Nuestros hijos adolescentes necesitan separarse de nosotros para descubrir quiénes son. Nuestra tarea no es impedir que se alejen. Nuestra tarea es conseguir que sepan que, cuando necesiten volver, aquí seguimos y seguiremos siempre. Incondicionalmente.
