Salud

Los médicos alertan del aumento de casos de hígado graso en personas que apenas beben alcohol

No siempre se queda en una simple acumulación de grasa
No siempre se queda en una simple acumulación de grasa. Freepik
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El hígado graso siempre ha estado asociado al consumo excesivo de alcohol. Es una enfermedad que muchas personas vinculaban automáticamente a décadas de abuso de bebidas alcohólicas y problemas hepáticos avanzados. No obstante, los especialistas llevan mucho tiempo observando un fenómeno que cada vez es más preocupante: miles de personas están desarrollando hígado graso pese a consumir poco alcohol o incluso no beberlo nunca.

De hecho, la llamada enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD, por sus siglas en inglés), anteriormente conocida como hígado graso no alcohólico, se ha convertido en la enfermedad hepática crónica más común del mundo. Los expertos estiman que afecta a entre el 30% y el 40% de los adultos y que su incidencia continúa aumentando impulsada por factores como la obesidad, el sedentarismo, la resistencia a la insulina y determinados hábitos alimentarios.

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El hígado graso ya no depende únicamente del alcohol

El hígado tiene una función fundamental en el metabolismo de grasas, azúcares y nutrientes. Cuando durante años recibe más energía de la que el organismo es capaz de usar de forma correcta, comienza a acumular grasa en sus células. Esa acumulación es precisamente lo que se conoce como hígado graso.

Aunque el alcohol puede provocar este problema, hoy se sabe que también puede aparecer por causas metabólicas completamente independientes del consumo de bebidas alcohólicas. De hecho, la enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica consiste precisamente en la acumulación de grasa en el hígado en personas que no presentan un consumo significativo de alcohol. No beber alcohol no garantiza un hígado sano.

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Uno de los mayores problemas del hígado graso es que suele avanzar durante años sin generar síntomas claros. En sus fases iniciales, muchas personas no sienten absolutamente nada. Además, cuando aparecen síntomas, suelen ser poco específicos como cansancio persistente, sensación de malestar general, molestias en la parte superior derecha del abdomen o fatiga inexplicable.

Es precisamente por eso, por lo que muchos casos se descubren de manera casual durante una analítica o una ecografía realizada por otro motivo. Muchas personas pueden convivir con ella sin ser siquiera conscientes de ello.

Las bebidas azucaradas están en el punto de mira

Uno de los factores que más preocupa actualmente a los expertos tiene relación con las bebidas azucaradas. Diversos estudios epidemiológicos han confirmado la relación entre el consumo habitual de refrescos y otras bebidas con alto contenido en azúcar y el desarrollo de enfermedad hepática grasa. El consumo frecuente de refrescos puede ser uno de los principales detonantes de acumulación anormal de grasa hepática. Pero, el problema no es únicamente la cantidad de azúcar.

Las bebidas azucaradas aportan grandes cantidades de calorías de absorción rápida sin generar demasiada saciedad. Esto favorece alteraciones metabólicas, resistencia a la insulina y acumulación de grasa tanto en el tejido adiposo como en órganos como el hígado. La propia Organización Mundial de la Salud ha alertado del impacto que el consumo de bebidas azucaradas tiene sobre enfermedades relacionadas con la obesidad, la diabetes tipo 2 y la enfermedad hepática metabólica.

A pesar de que las bebidas azucaradas reciben gran parte de la atención, los especialistas insisten en que el hígado graso no suele depender de un único alimento o bebida. Se trata más bien de una combinación de factores relacionados con el estilo de vida moderno: un exceso de ultraprocesados, sedentarismo, sobrepeso, obesidad abdominal, resistencia a la insulina, hipertensión y alteraciones del metabolismo. En otras palabras, el hígado graso suele ser una manifestación más de un problema metabólico global.

¿Por qué preocupa tanto a los especialistas?

La principal razón es que el hígado graso queda siempre en una simple acumulación de grasa. En algunos pacientes la enfermedad evoluciona hacia formas más agresivas caracterizadas por inflamación, fibrosis y daño progresivo del tejido hepático. Con el paso del tiempo, esa evolución puede desembocar en cirrosis, insuficiencia hepática, cáncer de hígado o necesidad de trasplante.

Además, existe otro problema importante. Las personas con hígado graso presentan un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, que constituyen la principal causa de muerte en estos pacientes.

Por otro lado, otro de los aspectos más sorprendentes para muchas personas es que el hígado graso no afecta únicamente a quienes tienen obesidad. Aunque el riesgo aumenta claramente con el exceso de peso, algunos pacientes pueden desarrollar la enfermedad pese a mantener un peso aparentemente normal. Por lo que, los expertos piensan que factores como la predisposición genética, la distribución de grasa corporal, la resistencia a la insulina o determinados hábitos alimentarios también pueden influir en su aparición.

Lo bueno es que el hígado tiene una capacidad notable de recuperación cuando el problema es detectado a tiempo. Los especialistas coinciden en varias medidas clave como reducir el consumo de bebidas azucaradas, limitar alimentos ultraprocesados, mantener un peso saludable, realizar ejercicio físico regularmente, seguir patrones alimentarios equilibrados, como la dieta mediterránea y controlar factores de riesgo como diabetes o hipertensión.