Viajes

Récord de vuelos en el mundo: todo lo que antes era normal en un avión y hoy parece una locura

'Mad Men', el glamour de volar. AMC
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El pasado 23 de julio quedó marcado como el día con mayor tráfico aéreo comercial de la historia. La plataforma Flightradar24 contabilizó 153.359 vuelos comerciales en apenas 24 horas, un récord que refleja hasta qué punto el avión se ha convertido en un medio de transporte cotidiano para millones de personas.

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Sin embargo, basta con retroceder unas décadas para descubrir que viajar en avión era una experiencia completamente distinta. Quienes hoy superan los 50 años probablemente recuerden escenas que entonces no llamaban la atención y que, vistas desde la perspectiva actual, resultarían impensables. Algunas desaparecieron por motivos de seguridad; otras, por razones de salud o simplemente porque las aerolíneas cambiaron su modelo de negocio.

Fumar entre las nubes

La imagen del avión envuelto en una ligera nube de humo formó parte del paisaje aéreo durante décadas. Existían filas reservadas para fumadores, aunque el humo terminaba extendiéndose por toda la cabina. Los reposabrazos incorporaban ceniceros y era habitual que las azafatas pasaran ofreciendo cigarrillos en algunas rutas internacionales.

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Las restricciones llegaron de forma gradual durante los años 80 y 90 hasta desembocar en la prohibición total del tabaco en los vuelos comerciales. Curiosamente, muchos aviones siguen llevando ceniceros en las puertas de los baños. No es un anacronismo, sino una exigencia de certificación aeronáutica para que, si alguien incumple la prohibición, pueda apagar el cigarrillo de forma segura.

Llamar a la puerta de la cabina... y entrar

Hubo un tiempo en el que los niños podían visitar la cabina durante el vuelo. En muchos casos era el propio comandante quien invitaba a pasar, enseñaba los mandos e incluso entregaba pequeñas alas de plástico como recuerdo.

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, aquella costumbre desapareció prácticamente por completo. Las puertas de la cabina pasaron a ser blindadas, permanecen cerradas durante el vuelo y los protocolos de acceso son extremadamente estrictos.

Botellas, colonias y bebidas sin límites

Hasta comienzos del siglo XXI nadie medía el tamaño del bote de champú ni obligaba a guardar los líquidos en una bolsa transparente. Era posible subir con una botella de agua, un perfume recién comprado o una bebida adquirida antes del embarque.

Las limitaciones actuales nacieron en 2006 tras descubrirse un complot terrorista que pretendía utilizar explosivos líquidos en vuelos transatlánticos. Desde entonces, el famoso límite de 100 mililitros se convirtió en una rutina para millones de viajeros, aunque algunos aeropuertos empiezan a eliminarlo gracias a los nuevos escáneres de seguridad.

El bar libre existía... y era gratuito

En los años dorados de la aviación comercial, especialmente entre las décadas de 1960 y 1980, muchas compañías convertían el servicio a bordo en una parte esencial del viaje.

Se servían comidas completas con vajilla de porcelana, bebidas alcohólicas sin coste adicional y, en rutas largas, era habitual que el pasajero pudiera repetir copa de vino, whisky o champán sin que nadie sacara un terminal de pago. La llegada de las aerolíneas de bajo coste cambió el panorama. Hoy muchas compañías cobran incluso por un café o una botella de agua.

Las despedidas llegaban hasta la puerta del avión

Hoy despedirse suele significar un abrazo antes del control de seguridad. Durante muchos años era muy diferente. Familiares y amigos podían acceder libremente a la zona de embarque, acompañar al viajero hasta la misma puerta del avión e incluso verlo subir por la escalerilla antes de saludar por última vez. En algunos aeropuertos era habitual quedarse observando el despegue desde muy cerca.

Las navajas viajaban en el equipaje de mano

Aunque existían controles de seguridad, eran mucho menos estrictos. Pequeñas navajas, tijeras o herramientas de bolsillo podían viajar en cabina sin generar demasiada preocupación. Las comidas se servían con cuchillos, tenedores y cucharas metálicas. En primera clase e incluso en muchas rutas de clase turista era lo habitual.

Después de 2001, la normativa internacional endureció enormemente los objetos permitidos a bordo. Hoy incluso una pequeña hoja puede suponer la retirada del equipaje en el control. Y predominan los cubiertos de plástico, madera o materiales compostables, especialmente en vuelos de corta distancia.

Bastaba con enseñar un documento

Durante buena parte del siglo XX el proceso de identificación era sorprendentemente sencillo. En muchos vuelos nacionales apenas se comprobaba la documentación y el embarque se realizaba con controles muy básicos. Hoy la identificación del pasajero forma parte de un sistema mucho más complejo que incluye listas de seguridad, verificaciones documentales y múltiples controles antes de acceder al avión.

Billetes de papel y sin móvil

Antes del embarque electrónico había otro pequeño ritual. El pasajero llevaba un billete de cartón con varias hojas autocopiativas que el personal iba arrancando en cada fase del viaje. No existían tarjetas de embarque en el teléfono ni aplicaciones que avisaran del cambio de puerta. Si se perdía el billete, comenzaba un auténtico quebradero de cabeza.

Vestirse para volar

Viajar en avión era un acontecimiento social. Muchos hombres embarcaban con traje y corbata; las mujeres lucían vestidos elegantes, sombreros o guantes. No era una obligación escrita, pero sí una norma social bastante extendida.

Hoy predominan la ropa deportiva, las zapatillas cómodas y las sudaderas pensadas para soportar varias horas de vuelo sin renunciar al confort.

Más espacio para estirar las piernas

Quien conserve billetes antiguos quizá recuerde que los aviones llevaban menos pasajeros que ahora. El espacio entre filas era considerablemente mayor porque las compañías competían ofreciendo comodidad más que capacidad. Con el paso del tiempo, la necesidad de rentabilizar cada vuelo hizo que muchas aerolíneas añadieran más asientos y redujeran el espacio disponible para las piernas, especialmente en clase turista.

Paradójicamente, los aviones modernos son más grandes y eficientes, pero el pasajero medio suele disponer de menos centímetros que hace cuarenta años.

El comandante hablaba mucho más

En una época sin internet, sin pantallas individuales y sin mapas interactivos, la voz del comandante era casi el único vínculo con lo que ocurría fuera.

Era habitual escuchar explicaciones sobre la ruta, la altitud, las ciudades que se sobrevolaban o las condiciones meteorológicas. En algunos vuelos incluso se invitaba a mirar por una determinada ventanilla para contemplar una cordillera o un monumento. Hoy esos anuncios suelen limitarse a la información imprescindible.