Ser abuelo ya no significa lo mismo que hace 30 años: el cambio de papel que describen los sociólogos
En apenas tres décadas, se ha pasado de un segundo plano a ocupar una centralidad funcional inédita
No es la edad: esto es lo que realmente afecta a tu energía diaria
Hubo un tiempo, no tan remoto, en que la palabra abuelo remitía a una silueta relativamente inmóvil dentro del organigrama familiar: figura respetada pero periférica, consultora de asuntos morales, presencia estacional en los almuerzos del domingo. Esa iconografía, forjada en la España rural del último tercio del siglo XX, ha entrado en una obsolescencia acelerada. Los sociólogos que estudian las transformaciones intergeneracionales lo formulan sin ambigüedad, afirmando que en apenas tres décadas, se ha pasado de un segundo plano a ocupar una centralidad funcional inédita, hasta el punto de convertirse en pieza central de las familias en su día a día.
Los números detrás de la mutación
El Centro de Investigaciones Sociológicas, ha realizado un estudio sobre edadismo, arrojando que casi la mitad de los abuelos españoles, el 46,7%, participan actualmente en el cuidado cotidiano de sus nietos mientras los padres trabajan.
Es más, el porcentaje de abuelos que han participado en algún momento en el cuidado de los nietos, asciende al 85% de los encuestados, mientras que solo el 15% no ha participado nunca. Y la intensidad no admite matices de ese 85% que cuida de sus nietos, el 28,6% declara hacerlo todos los días, y otro 39,2% lo hace varias veces a la semana.
A esto hay que añadirle una realidad biográfica. En España, una de cada cinco personas tiene más de 65 años y el 80% de ellas son abuelos. Además, da igual el género, ya que apenas existen diferencias en este sentido a la hora de ayudar con la crianza de los nietos, y el promedio de tiempo dedicado por estos mayores a su cuidado es de 16 horas semanales.
Por otra parte, el estudio SHARE, realizado sobre más de 5.500 abuelos de edades comprendidas entre los 60 y los 85 años en once países, aporta una mirada comparada. Su análisis concluye que los europeos pasan ahora más tiempo con sus nietos y que, pasados los 70, la función del abuelo es más destacada. La investigación desactiva una hipótesis intuitiva, la de que los abuelos cuidan como cálculo estratégico para ser cuidados después, y remite el fenómeno a la teoría del rol sociológico, que enmarca la implicación en la reconfiguración estructural de la vida familiar contemporánea.
Además, se añade otro dato importante: cuando nacimos nosotros, nuestros abuelos tenían una esperanza de vida de aproximadamente 10/15 años tras la jubilación, y hoy día la están fijando en 30 años tras superar la vida laboral activa. El abuelo del siglo XXI ya no es un intervalo breve al final de la biografía del nieto: es una figura contemporánea a él durante décadas.
Un cambio que no es solo cuantitativo
Los expertos han tratado de encontrar las razones que explican este cambio, y han dado con cuatro puntos en común que nos hacen entender los porqués de esto. El primero es educativo, ya que mientras los abuelos de generaciones anteriores en su mayoría, contaban únicamente con educación básica o primaria, los abuelos contemporáneos han accedido a estudios secundarios e incluso universitarios, lo que les ha permitido desarrollar una visión más amplia del mundo y mantenerse intelectualmente activos durante más tiempo.
El segundo eje es afectivo. Frente al arquetipo previo, los abuelos eran figuras más distantes y formales. En cambio, los abuelos de hoy suelen establecer vínculos afectivos más estrechos, participando activamente en la vida emocional y cotidiana de sus nietos.
El tercer punto hace referencia a la tecnología, ya que una vez superada la etiqueta de paleolíticos digitales, en la actualidad muchos abuelos han aprendido a utilizar dispositivos digitales, redes sociales y herramientas de comunicación virtual.
El último punto que explica este giro es quizás el más importante, y es el aspecto vital. Frente al estilo de vida más sencillo y pasivo de anteriores generaciones de abuelos, limitándose a funciones tradicionales dentro del hogar, emerge una generación que lleva vidas activas, independientes y comprometidas con su entorno, alineada con el paradigma del envejecimiento activo.
El cambio, pues, no consiste en que los abuelos hayan ganado importancia decorativa, sino que consiste en que han sido incorporados, a veces con alegría, a veces por necesidad, al núcleo operativo de la familia contemporánea. Y esa condición, por primera vez estructural, exige un contrato social que todavía está por escribir.
