Pareja

"Mi marido no tiene amigos": por qué muchos hombres más allá de los 50 van dejando de lado su vida social

'Escenas de un matrimonio', de Ingmar Bergman. Telecinco.es
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En algunos matrimonios de mediana edad, llegado el viernes por la tarde, el hombre se instala en el sofá sin ningún plan a la vista. No parece especialmente triste. Tampoco dice que se sienta solo. Simplemente no tiene a quién llamar. La mujer, en cambio, maneja una agenda llena de cafés, comidas, cenas grupos de WhatsApp y amigas a las que puede llamar cuando necesita desahogarse. La escena puede parecer anecdótica hasta que con los años se repite con más frecuencia. Los hijos crecen, los compañeros de trabajo desaparecen de la vida cotidiana, los amigos de juventud se mudan o dejan de verse y la pareja acaba ocupando casi todo el espacio social.

A partir de los 50, cuando la jubilación empieza a asomar en el horizonte y las obligaciones familiares cambian de naturaleza, esa estrechez en la vida social puede hacerse mucho más visible. Y surge una pregunta incómoda: ¿Por qué tantos hombres llegan a la madurez con una red de amigos mucho más pequeña de la que tenían décadas atrás?

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La periodista Mónica Corcoran Harel parte de esa pregunta en un reciente artículo publicado en The Cut, titulado 'Mi marido no tiene amigos'. Su marido, Gadi, es deliberadamente la excepción al título. Tiene amigos, queda con ellos, participa en un programa de YouTube con otros hombres, juega al póquer con antiguos compañeros y mantiene rituales sociales propios. Ella agradece profundamente que sea así, porque si su marido tiene amigos ella no tiene que ser su única fuente de conversación, entretenimiento, intimidad y apoyo emocional.

Corcoran Harel observa que algunas mujeres de su entorno viven la situación opuesta. Sus maridos han ido perdiendo amigos y no parecen demasiado interesados en recuperarlos. Algunas cuentan que sus parejas dejaron de salir con amigos después de casarse o tener hijos. Otras dicen que después de una mudanza nunca hicieron el esfuerzo de construir nuevas relaciones.

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Ellas, entretanto, mantienen sus propias redes sociales. Algunas terminan sintiéndose culpables cuando salen con amigas y dejan a sus parejas en casa. Otras intentan introducir a sus maridos en nuevos círculos, organizar cenas, empujarles a conversar con otros hombres o incluso buscarles actividades. Es decir, la responsabilidad de mantener conectada a la pareja puede acabar recayendo también sobre quien sí tiene vida social.

Existe incluso un nombre para ese trabajo invisible. El término es 'mankeeping' y fue acuñado en 2024 por Angelica P. Ferrara y Dylan P. Vergara, investigadores vinculados a Stanford, en un artículo publicado en 'Psychology of Men & Masculinities'. Lo utilizaban para describir el trabajo que realizan algunas mujeres para compensar las carencias de las redes sociales de los hombres y reducir las consecuencias de su aislamiento sobre la pareja y la familia.

Este concepto no presenta la amistad como una cuestión puramente individual. Si un hombre deja de llamar a sus amigos, no organiza encuentros y no busca nuevas relaciones, la consecuencia puede acabar afectando también a su pareja. Y si ella empieza a organizar por él esa vida social, aparece una nueva forma de trabajo relacional que no estaba prevista en el reparto de tareas.

Una investigación del Survey Center on American Life publicada en 2021 encontró que el 85% de los hombres casados decía que su cónyuge era la primera persona a la que recurriría ante un problema personal, frente al 72% de las mujeres casadas. Eso no es necesariamente malo. Una pareja puede ser, y probablemente deba ser, una fuente fundamental de apoyo. La dificultad aparece cuando es la única.

En ese caso, la relación matrimonial puede funcionar como una especie de red social concentrada en una sola persona. Mientras el matrimonio permanece estable, esa dependencia puede pasar inadvertida. Pero una separación, una enfermedad o la muerte de la pareja pueden dejar al descubierto la fragilidad de los vínculos externos. Pero, ¿por qué algunos hombres llegan a esa situación? ¿Qué mecanismos psicológicos y sociales intervienen en la desaparición progresiva de sus amistades?

Amistades masculinas y actividades compartidas

El investigador Geoffrey L. Greif, profesor de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Maryland, exploró las amistades masculinas en profundidad en su libro 'Buddy System: Understanding Male Friendships', y llegó a la conclusión de que no todas los vínculos afectivos necesitan expresarse mediante largas conversaciones emocionales para ser significativos. Dos hombres pueden mantener una relación estrecha jugando al golf, saliendo en bicicleta, cocinando o viendo partidos de fútbol. La actividad compartida proporciona un contexto de confianza y continuidad.

El problema aparece cuando desaparece esa actividad. Una lesión puede terminar con el grupo de senderismo. La jubilación puede separar a los compañeros de trabajo. Una mudanza puede romper las rutinas de una pandilla que llevaba décadas reuniéndose. Si la amistad estaba sostenida principalmente por el contexto, reconstruirla requiere encontrar nuevas ocasiones de encuentro. Y eso puede resultar especialmente difícil para quienes no están acostumbrados a tomar la iniciativa social.

No se trata de que los hombres necesiten obligatoriamente hablar de sus sentimientos con sus amigos. Se trata de que necesitan conservar espacios donde puedan encontrarse, compartir experiencias y desarrollar confianza.

La masculinidad tradicional puede dificultar la intimidad

Por otra parte, la psicología lleva décadas estudiando cómo determinadas normas culturales sobre la masculinidad influyen en la expresión emocional y en la búsqueda de apoyo. La idea de que un hombre debe ser autosuficiente, controlar sus emociones y resolver sus problemas por sí mismo puede dificultar que reconozca sus necesidades afectivas o que las comparta con otros hombres. Esto no significa que los hombres sean menos capaces de intimidad, sino que algunos han aprendido a relacionarse dentro de unos códigos que no siempre facilitan expresar vulnerabilidad.

Una investigación cualitativa dirigida por el profesor Paul Willis, de la Universidad de Bristol, estudió las experiencias de hombres de entre 65 y 95 años que vivían solos en Inglaterra e identificó tres patrones recurrentes. Algunos hombres mantenían silencio sobre su soledad y su malestar; otros intentaban sobreponerse mediante la autosuficiencia, mientras que algunos recurrían a distracciones domésticas que proporcionaban alivio temporal sin resolver la falta de conexión.

Un hombre puede no decir "me siento solo". Puede decir que está aburrido, que no tiene ganas de salir, que sus amigos están demasiado ocupados o que prefiere quedarse en casa. Y puede que ni siquiera identifique esas sensaciones como una necesidad de conexión. La autosuficiencia, cuando se convierte en una obligación permanente, puede terminar dificultando el acceso a aquello que necesitamos de los demás.

Elegir mejor las relaciones

Hay, sin embargo, una explicación psicológica que invita a no interpretar toda reducción de la vida social como un problema. La psicóloga Laura L. Carstensen, de la Universidad de Stanford, desarrolló la teoría de la selectividad socioemocional, una de las propuestas más influyentes para comprender cómo cambian las relaciones a lo largo de la vida.

Según esta teoría, la percepción del tiempo disponible influye en nuestros objetivos sociales. Cuando somos jóvenes y sentimos que tenemos un futuro amplio por delante, tendemos a buscar experiencias, información y nuevas relaciones. Cuando percibimos que el tiempo es más limitado, damos mayor prioridad a los vínculos emocionalmente significativos. En otras palabras, con la edad podemos preferir menos relaciones, pero más satisfactorias.

Un hombre de 50 años que conserva dos amigos íntimos, disfruta de su tiempo en casa y no desea ampliar su círculo social no tiene necesariamente una vida social deficitaria. Puede haber elegido una red más pequeña que responde perfectamente a sus necesidades. Otro hombre de la misma edad puede tener exactamente el mismo número de amigos, pero echar de menos las relaciones que ha perdido y no saber cómo recuperarlas. La diferencia no está en la cantidad de contactos, sino en la satisfacción con los vínculos disponibles.

A los 50, 60 o 70 años, mantener amistades requiere intención, una cierta predisposición. Hay que llamar, proponer encuentros, recuperar contactos y encontrar actividades compartidas. No siempre es sencillo, especialmente cuando se han pasado décadas dejando que el trabajo y la familia organicen los encuentros. Pero tampoco es necesario reconstruir una vida social multitudinaria. A veces basta con recuperar una amistad antigua, incorporarse a una actividad regular o volver a llamar a ese compañero al que hace años que no vemos.