Jubilación

José Luis y sus Chaquetillas, se jubila un icono tras 70 años vistiendo a restaurantes: “Nací en la propia tienda”

José Miguel López, dueño de José Luis y sus Chaquetillas, en el interior de la tienda
José Miguel López, dueño de José Luis y sus Chaquetillas, en el interior de la tienda.. (Uppers)
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La entrada de la tienda José Luis y sus Chaquetillas (en el número 42 de la calle Ave María) permanece cerrada desde el verano, cuando su dueño anunció que ponía punto y final a su trayectoria. Pocos ceses de negocio han generado tanta curiosidad, teniendo en cuenta, sobre todo, que era un comercio enfocado al público profesional, sobre todo hostelería.

Pero era inevitable esbozar una sonrisa al pasar por delante del escaparate. "José Luis y sus Chaquetillas" suena, inevitablemente, a comercio de otro tiempo y, era hasta el pasado mes de julio, un reducto de una época en la que el centro de Madrid era territorio cien por cien castizo. Nada que ver con el Lavapiés globalizado de hoy en día.

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José Miguel López (Madrid, 1956), es el actual dueño de la tienda, hijo del José Luis con el que se inició la historia de este negocio. Nos invita a pasar a través del portal, que huele a curry. Una vez dentro, nos asomamos a un local inmenso con varias estancias, un sótano y tal cantidad de prendas colgadas que uno llega incluso a dudar de que haya cerrado.

Además de toda la ropa, también sobrevive maquinaria: una bordadora que ocupa todo el lateral de una habitación, una impresora de gran tamaño, varias cortadoras antiguas. "El otro día un antiguo colaborador se llevó una", explica López. Y, por supuesto, cajas y bolsas de plástico con un diseño que luce atemporal, con un encanto retro innegable. La entrevista discurre en el mostrador principal, flanqueados por dos retratos del propio José Luis y una célebre fotografía de un concurso de camareros. 

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Un rincón de la tienda presidido por el retrato del fundador de José Luis y sus Chaquetillas

¿Cómo empezó la historia de José Luis y sus Chaquetillas?

La creó mi padre en el año 1956 en el número 48 de la calle del Olivar, número 48, que es paralela a esta. Allí estuvimos unos 10 o 12 años aproximadamente. Era más pequeña pero es que, además, servía de vivienda para toda la familia. No solamente viví allí: nací allí, en la trastienda.

Después nos pasamos a la calle del Ave María, al número 42. Posteriormente abrimos el local de al lado y después cerramos estos dos locales y nos fuimos enfrente, a uno mucho más grande. Finalmente volvimos aquí, a esta tienda, y aquí hemos estado siempre desde 2013.

¿Siempre ha sido un negocio familiar?

Sí, siempre ha sido un negocio familiar. Mi padre, mi madre y mi hermana han trabajado aquí, además de mi. La marca siempre ha sido la misma y se ha ido continuando durante generaciones. Esa ha sido también una de las claves para mantenernos tantos años.

¿A qué se han dedicado principalmente durante estas siete décadas?

Sobre todo a la ropa de hostelería. Nuestro modelo estrella siempre ha sido la típica chaquetilla de camarero, con pantalón negro, camisa blanca y lazo negro, un clásico. Con el tiempo se fueron incorporado las chaquetillas de colores, los chalecos, los delantales, las camisetas y los polos. Pero también hemos hecho otro tipo de trabajos. Últimamente, por ejemplo, estábamos trabajando mucho para músicos de orquesta. También hemos trabajado para circos y para cine.

Imagino que habrán trabajado para muchísimos establecimientos de Madrid

Sí, para muchísimos. Por ejemplo, para todos los restaurantes José Luis. Mi padre diseñó la chaquetilla que llevaban y estuvimos muchísimos años trabajando con ellos.También para otros como Casa Hortensia, para muchos hoteles... No solo les cortábamos la ropa, sino que en muchas ocasiones el cliente nos daba un dibujo o un logotipo y nosotros terminábamos el diseño aquí, para personalizar las prendas.

José Miguel López, junto a la imponente bordadora de José Luis y sus Chaquetillas

¿Cómo se organizaba la producción de las prendas?

Nosotros cortábamos aquí y muchas de las prendas se confeccionaban en talleres autónomos. Otra ropa la comprábamos directamente de fábrica. Mi labor era la de hacer las marcadas. Antiguamente, siempre estaba con el metro marcando las telas y dejándolas preparadas para que viniera el cortador y las cortara. Después eso cambió y empecé a hacerlo por ordenador: imprimíamos el patrón, lo poníamos encima de la tela y se cortaba. También me ocupaba de pagos y de la dirección de la empresa.

¿Han cambiado mucho las modas y los tejidos en la ropa de hostelería?

Sí, ha habido muchos cambios. Nosotros siempre hemos tenido una línea clásica, pero hemos ido adaptándonos. Hubo una temporada en la que se vendían muchísimo unas prendas para verano, combinadas en varios colores, pensadas para llevar solamente con la camisa, sin chaqueta. Y en los últimos tiempos también hemos hecho muchos delantales.

En cuanto a los tejidos, cuando yo empecé lo que me enseñaron era a buscar una relación entre calidad y precio: dar una buena calidad a un buen precio. Eso, hace 20 o 25 años, o incluso más, se acabó. Desde entonces cada vez quedaba más el precio, precio, precio.

Antes se utilizaban tejidos fabricados aquí en España. Una parte venía de Salamanca, de Béjar, pero donde más había era en Cataluña, en toda la zona de Terrassa. Había muchísimas fábricas y con una calidad extraordinaria.

Después empezaron a venir productos más baratos de China y de otros países. Por ejemplo, las camisas antes se hacían aquí y últimamente se fabricaban en Marruecos, China y otros lugares, a precios muchísimo más baratos.

¿Eso hizo cada vez más difícil mantener un negocio como este?

Sí, hubo mucha competencia de precios. El pequeño comercio empezó a tener problemas cuando llegaron las grandes superficies. Después llegaron los productos chinos, que también obligaron al comercio a adaptarse y a comprar productos más económicos.

Y ahora está Internet, que lo hace todavía más complicado. Nosotros hemos podido mantenernos porque llevamos muchísimos años y tenemos clientes de muchísimos años. También porque hemos ido evolucionando.

¿Cómo ha cambiado el barrio durante estos 70 años?

Ha cambiado mucho. Cada vez han quedado menos negocios tradicionales.

Yo recuerdo que cuando mi madre salía de trabajar podía ir a la calle de la Fe y encontrar panadería, carnicería... O podía ir a la calle Lavapiés, donde había pescadería, carnicería, panadería. Había de todo y no necesitabas moverte mucho para hacer la compra.

En los años 70, por ejemplo, en la plaza de Lavapiés había Modas Helen, Almacenes La Luna y otras tiendas de ropa. Había unas cinco tiendas de confección en un espacio muy pequeño. También había sastres que trabajaban en los pisos y modistas.

Nosotros tuvimos además otra tienda en Tirso de Molina, Viste Bien, que estuvo abierta desde 1983 hasta 2023. Estaba dedicada principalmente a la ropa de vestir, aunque también vendíamos hostelería y ropa de trabajo.

En aquella época había muchas más tiendas de textil en la zona. En Tirso de Molina había bastantes, en la calle Magdalena había varias y en Duque de Alba también.

Una de las clásicas cajas de la tienda, con un delicioso estilo retro

¿Cree que la desaparición de estos comercios tradicionales han cambiado también la identidad del barrio?

Sí. A la gente le gustan los comercios de toda la vida, aunque no hayan sido clientes, como en nuestro caso. Y eso se nota ahora que hemos cerrado.

Como llevamos aquí 70 años, quieras o no, nos conoce todo el mundo. Me paran por la calle y me preguntan qué tal la jubilación. Yo les digo: "¡Pero si llevo dos días!" (Risas).

También han venido personas a la tienda y muchos me dicen que les da pena que cerremos, aunque no hayan comprado nunca aquí ni tengan nada que ver con la hostelería.

¿Cuándo llegó la decisión de cerrar? ¿Ha sido por falta de trabajo?

No, no ha sido por falta de trabajo. Ha sido por jubilación. La siguiente generación no ha querido continuar y la familia ha tirado por otros lados.

Si esto fuera un boom, si fuera como era antes, quizá tendría sentido continuar, pero ya no es igual. Seguía habiendo clientes, pero había bajado mucho el volumen.

En su momento llegamos a tener unos ocho trabajadores. Últimamente éramos cuatro trabajadores y mi hermana, cinco.

¿Qué va a pasar ahora con todo el género y la maquinaria que tienen?

Ese es el trabajo que tengo ahora. Tengo tres almacenes y están llenos de género.

Tengo muchas prendas hechas, pero sobre todo piezas de tela. Algunas son de lana y de mucha calidad, pero ya no se utilizan tanto como antes. Eran tejidos fabricados en España y de una calidad extraordinaria, pero el precio se disparó. Empezaron a venir productos más baratos de China y de otros países y se quedaron un poco apartados.

Ahora tengo que ver qué hago con todo ese material y con las máquinas.

¿Y qué pasará con el local?

Todavía no lo sabemos.Yo preferiría que siguiera siendo un comercio, en lugar de convertirse en una vivienda. Ahora, cada vez que cierra un comercio, muchas veces acaba convirtiéndose en una vivienda.

Después de 70 años, ¿cree que echará de menos la tienda?

Yo creo que sí, porque le he echado muchas horas. Hemos vivido muchas cosas aquí y hemos conocido a muchísima gente. Ha sido toda una vida dedicada al negocio. Pero creo que era un buen momento para jubilarme y cerrar. La siguiente generación no ha querido continuar, en parte porque ya no es un negocio tan bueno como era antes. Pero tengo pocas dudas de que echaré de menos el trajín diario de la tienda.