Entrevistas

El mecánico que heredó 150 motos clásicas y lo dejó todo para recorrer el mundo con ellas: “La gente flipaba”

Daniel Rubio con su padre, que heredó la colección de su padre. (Foto: cedida)
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La historia de Daniel Rubio huele a gasolina y caucho, a aceite y líquido de frenos. Y suena a cadena, a llave inglesa y a derrapes. Es una vida ligada a las motos desde mucho antes de que él siquiera tuviera consciencia. Mucho antes incluso de que él naciera, porque la pasión de los Rubio viene de mucho antes. Concretamente desde que su abuelo abrió Motos Girona en Barcelona en 1962.

Un negocio familiar que aún sigue adelante con su tío y sus primos y en el que tanto su padre cómo él aprendieron los secretos para ‘operar’ a una moto. Parecía el camino natural, una tradición familiar que podía continuar durante décadas. Pero Daniel tenía otros planes. «No quería estar toda mi vida de nueve de la mañana a ocho de la tarde en un mismo sitio trabajando y sin poder hacer nada más que trabajar. Ir al trabajo, volver y así todos los días», explica a Uppers.

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Daniel decidió emprender su propio camino y encontró empleo en un taller de camiones, en el área de posventa. Mientras cumplía con sus obligaciones, sin embargo, seguía creciendo una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza: viajar, conocer otros países y hacerlo, siempre que pudiera, en moto. No tenía los ahorros necesarios para lanzarse a una aventura de esas características sobre dos ruedas, así que encontró una alternativa. Viajaría de mochilero, pero con una condición: «En cada país que vaya tengo que alquilar una moto y recorrerlo en moto».

La oportunidad de acercarse a ese sueño llegó también a través de su familia. Cuando su padre se jubiló, ambos decidieron poner en marcha Nostalgy Motos para gestionar una colección de alrededor de 150 motos antiguas, algunas restauradas y otras pendientes de recuperar. El proyecto consistía en venderlas, aunque mientras tanto Daniel siguió trabajando en el taller de camiones mientras ahorraba para financiar su aventura. Entonces llegó el momento de tomar una decisión que iba mucho más allá de cambiar de empleo.

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«Le dije a mi padre que había llegado el momento de cumplir el sueño por el que llevaba toda la vida trabajando. Primero con la familia, luego con él y después con los camiones. Era el momento. Era ahora o nunca. Irme y viajar, como siempre había querido», recuerda. Para hacerlo tuvo que reorganizar su vida: también dejó a su pareja de entonces, con la que llevaba muchos años, y el piso que compartían. Eran decisiones importantes, pero tenía claro qué quería hacer. «Era viajar y explorar».

Después llegaron Tailandia, Malasia, Singapur e Indonesia. En Tailandia alquiló una Honda CBR 150R para recorrer la zona de Mae Hong Son, conocida por sus carreteras repletas de curvas. También fue enlazando islas en moto. En Bali volvió a subirse a una motocicleta para explorar la isla a su ritmo y calcula que recorrió más de 3.000 kilómetros. «Me la recorrí entera, entera, entera y descubrí sitios realmente bonitos donde apenas había turismo y sitios realmente salvajes», cuenta.

Sin visión y sin cobertura en Vietnam

No todas las etapas se hicieron sobre dos ruedas. En Kuala Lumpur coincidió con un amigo que estaba dando la vuelta al mundo y decidió continuar con él sin alquilar una moto. En Corea también viajó de mochilero porque el alquiler se le iba de presupuesto.

En los viajes, las averías podían convertirse en una molestia o en el comienzo de una historia inesperada. Durante una de sus rutas por el norte de Vietnam, Daniel terminó en una montaña cubierta de niebla, con una visibilidad de apenas un par de metros, sin cobertura y conduciendo una pequeña scooter por caminos de piedra y arena. Se equivocó de dirección varias veces y acabó preguntando a los habitantes de la zona, que apenas podían comunicarse con él. Fueron horas tensas hasta que consiguió salir de aquella situación.

En otra ocasión, una rueda pinchada le llevó hasta el taller de un hombre mayor en Ha Long Bay. El mecánico tuvo que cambiar los radios de la rueda trasera y reparar la cámara. Por el trabajo le cobró unos ocho euros. Pero el recuerdo que conserva Daniel no tiene que ver con el precio, sino con la persona que encontró al otro lado del mostrador. «Me recordó muchísimo a mi abuelo y me hizo mucha ilusión esa escena».

También conoció a un guía que organizaba excursiones en moto por Ha Giang. El hombre se sorprendió al descubrir que Daniel estaba recorriendo aquella zona por su cuenta y con una Honda Wave 110 cargada con todo su equipaje. Terminaron tomando un café y hablando durante horas sobre las motos y las rutas. «El tío flipaba con que yo fuera con una Wave 110 por Vietnam, por todas las cuestas que hay y por cómo son las carreteras», recuerda.

Esos encuentros explican por qué el viaje terminó siendo mucho más que una sucesión de destinos. Daniel descubrió que podía disfrutar de la soledad sin renunciar a conocer gente. «Soy un tío muy social y me encanta socializar y pasarlo bien, pero agradecí mucho el querer estar solo, querer conocerme más a mí mismo». Y añade una reflexión que resume buena parte de su experiencia: «Valoro mucho la soledad y el tener la cabeza tan amueblada como para estar bien tú solo. No necesitas siempre a alguien a tu lado».

De las motos clásicas a una granja de cerdos

A su regreso del sureste asiático, Daniel aceptó una oferta de trabajo en Dinamarca. Quería seguir practicando inglés y ahorrar después del viaje. El empleo, sin embargo, estaba lejos de cualquier imagen aventurera: trabajaba como peón en una granja de cerdos, alimentando a los animales, limpiando los establos y pesándolos. Vivía con otros trabajadores en una casa apartada de todo y pagaba 300 euros al mes por su habitación.

La experiencia fue dura. «Estar todo el día solo trabajo, casa, casa, trabajo», resume. Pensaba quedarse tres meses, pero una discusión con el encargado precipitó su salida después de aproximadamente uno. No se arrepiente. «Fue una experiencia un poco dura porque no podías hacer nada de ocio. Era trabajar y trabajar con gente danesa, que a veces no es la más simpática del mundo. Es una experiencia más en mi vida, bastante random, pero también me sirvió para darme cuenta de lo que hay por el mundo. Me enriqueció mucho, la verdad, no la cambiaría».

De vuelta, retomó la colaboración con su padre en Nostalgy Motos. La colección se había reducido, pero todavía quedaban más de un centenar de motocicletas por vender o restaurar. Su padre le pidió ayuda para dar un impulso al proyecto, y Daniel decidió quedarse una temporada. Volvió a publicar contenido en Instagram y la respuesta fue mucho mayor de lo esperado. La cuenta comenzó a atraer la atención de numerosos aficionados, interesados tanto en las motos como en la historia que había detrás de ellas.

Porque cada motocicleta conserva una parte de la memoria familiar. Hay modelos que no quieren vender, como la MV Agusta relacionada con los primeros años del taller y con los recuerdos de su abuelo. También está la Iso 125 con la que su padre aprendió a montar en moto de pequeño, en el pueblo. Daniel, por su parte, quiere conservar un sidecar que le recuerda cuando su padre iba a buscarle al colegio y al fútbol. «La gente flipaba», cuenta.

Y ahí viene el siguiente proyecto de Daniel. Quiere restaurar un sidecar Nieper que la familia conserva desde hace años e intentar convertirlo en una especie de camper. La idea es utilizarlo como casa y dar la vuelta a España recorriendo pueblos, especialmente aquellos que están abandonados o han perdido buena parte de sus habitantes.

«Está muy de moda darse la vuelta al mundo, ir a muchos sitios fuera de España, pero creo que España es un país que los mismos españoles a veces infravaloramos», reflexiona. Quiere viajar despacio, hablar con los vecinos y descubrir qué ha ocurrido en esos lugares, cómo viven quienes se han quedado y qué costumbres mantienen. También quiere conocer la diversidad cultural que encuentra al pasar de una comunidad autónoma a otra.

«Quiero hacerlo lento, tranquilo y con el sidecar, que será mi casa durante los meses que vaya recorriendo España por sus pueblos magníficos», explica. Después de abandonar una rutina que no le hacía feliz, recorrer miles de kilómetros por Asia y probar suerte en una granja danesa, Daniel vuelve al lugar del que partió, pero con otra perspectiva. Las motos siguen siendo el hilo conductor de su vida y el taller familiar, el punto de encuentro entre generaciones.